lunes, 28 de octubre de 2019

Una banda de chicas

Quiero montar una banda de chicas
ser la más punk
las cuerdas de nylon llenas de sangre
beber tercios en el impasse de cada canción

Quiero maquillarnos con smokey fantasía
labios burgundy
hacernos camisetas con el logo del grupo
pegatinas en la caja de la guitarra

Quiero escribir sobre el desamor en inglés
estribillos tontos
nos pagarán hoteles frente a la playa
acabaremos la noche en casa de algún random

¿Qué nombre usaríamos, quién será la frontwoman?
¿Nuestro gran featuring?
¿Primera entrevista?
Hola, buenos días, somos una banda de chicas
y pese a ser chicas, no tocamos solo para chicas
aunque sí hacemos música de chicas

Nos llamarán para festivales por aquello de la cuota
pero los cabezas siempre serán los chicos
nos quejaremos en directo y no querrán invitarnos más
hasta que volvamos con un hit del que nos cansaremos


¡Tocad «Misery in the dressing room»!



Al final del bolo tipos calvos nos darán clases gratuitas de música
Menuda chapa, solo quieren oírse a ellos mismos
huirán rápido al saber que nos van las chicas 
comentarán en sus webs y foros sobre quién la más guapa, buenorra, simpática
UFF yo melasfo pero menudo par de lesbianas

Seremos una banda de chicas
hasta que alguna nos deje porque su madre está enferma,
necesita prepararse esa oposición o dar a luz a una pequeña bestia
ya no podremos montar esa gira, dormir en la furgo,
ensayar en un bajo alquilado

Yo estuve en una banda de chicas
era súper punk
callos en los dedos de rasgar las cuerdas
me metía eme y xanax antes de encenderse los focos


lunes, 23 de septiembre de 2019

Prácticas en la sala de pediatría

mira cariño donde señala mi mano
quiero ver cómo respiras cómo
tus pequeños músculos se marcan cómo
la boquita se te pone azulada
no llores pequeña no puedo escuchar
los silbiditos aéreos
el lloro hecho cápsula
tienes los ojos acomillados
de tanto apretar el ceño
ningún cuerpo tan diminuto
debería almacenar Enfermedad
sollozas porque la aguja se ha hecho tu amiga
y no entiendes qué has hecho
para estar castigada tantos días
anclada a un gotero
unas gafas nasales
que no dejan de ahogarte




domingo, 1 de septiembre de 2019

Jamás he parido pero nací siendo madre



Jamás he parido pero nací siendo madre

Nadie me enseñó a alimentar a una cría y aún así las acuné hasta calmar el hambre

En mi pecho no se forma calostro pero es cobijo de cada ser indefenso, maltratado y abandonado

Fui el Sol al que siguen los tallos, creciendo altos y robustos, hasta terminar en hoja

He acogido en la madriguera a todos los niños perdidos, regándolos, curándolos

He mojado el pulgar para borrar la mancha

cepillar el pelo

cortar la hemorragia

quedándome sin saliva en cada beso que acontece la despedida

Lloré cuando silenciosos se marcharon

y con mis manos todavía temblorosas

cavé sus tumbas

limpié sus nichos




Podrán decir de mí muchas cosas pero jamás que no los cuidé lo mejor que supe

Siempre repartí la mejor parte entre ellos

alimentándome yo de migas

y como buena nodriza

traté a todos mis hijos por igual

martes, 30 de julio de 2019

Sobre coños, menstruación, aborto y demás parafernalia ginecológica

Recuerdo la primera vez que menstrué. No sabía que había sangre en mis bragas, solo noté un líquido denso, pegajoso y asqueroso que no sabía de dónde aparecía. Una escucha historias de viejas de trapos manchados de sangre roja, fresca, líquida y no imagina que la menarquia es una pasta marrón, más parecida al vómito o a esa palabra que todos sabemos pero no queremos nombrar que a la sangre. Volví a manchar un par de meses después, sin saber que menstruaba, solamente teniendo consciencia de que algo no iba bien allí abajo. Avergonzada digo que pasó más tiempo del necesario para por fin confesar a mi madre que creía que me había bajado la regla. La confirmación de la experta y a empezar el ritual de la vergüenza: compresas escondidas como poyos de coca, nada de blanco durante esos días, pánico de mancharte, mancharle a él si algún día me venía mientras estábamos follando.
Desconocí el funcionamiento de mi vulva hasta una charla en cuarto de la ESO, donde me hablaron del clítoris por primera vez. Había intentado masturbarme pero no sabía muy bien qué hacer hasta que en una de esas charlas que ciertos partidos de extrema derechas (perdón, CENTRO-derecha) califican de innecesarias me abrieron los ojos y guiaron metafóricamente mis manos. A los casi dieciséis años conocía cómo poner un condón, sobre la eyaculación masculina o las tropecientas ITS que puedes coger si juegas sin seguir las reglas, pero desconocía cómo masturbarme porque tenía pánico de preguntar a mis amigas. Las chicas no se masturban hasta que una decide contarlo y entre tímidas intervenciones acabamos confesando que nos hemos rozado con almohadas, que nuestros novios solo nos hacen el mete-saca y que andan más perdidos que nosotras. Las RRSS y cumplir años nos salvaron. Todas hablamos de los Satisfyer, de los descuentos en bolas chinas, vibradores, anillos, el secreto de los caramelos Halls negros. Ahora ya no te pones colorada si te preguntan qué te gusta, indicas claramente el qué, cómo y a qué ritmo.
Aun así, aunque el tabú de la regla y la masturbación femenina haya desaparecido en ciertos círculos, no tenemos ni idea de abortos, ciclos menstruales —que no menstruación— y cómo funcionan las pastillas anticonceptivas. Siguen metiéndonos el miedo en el cuerpo, imaginando que ir a abortar es el proceso traumático en el que te meten una aspiradora industrial por la vagina mientras tiemblas del dolor y del shock hemorrágico. ¿Cuántas de nosotras no hemos disfrutado del sexo por el miedo al embarazo? ¿Cuántas hemos oído hablar de las pastillas anticonceptivas como si fueran veneno? ¿Cuántas...? Muchas, todas.
La información es el mejor bálsamo del miedo. Compartamos experiencia, hagamos visible lo molesto, reduzcamos los bulos al absurdo y sobre todo, acompañemos a quien no ha podido recibir una educación sexual digna para que decida libremente y sufra lo mínimo posible.

miércoles, 3 de julio de 2019

Quiero escribir

Apunto pensamientos totalmente intrascendentes en los huecos en blanco que voy encontrando. Necesito hacer de mi existencia algo social y no desperdiciarla en privado, sentir que tengo algo que compartir. Escribo en Twitter que me siento agotada tras otra semana de exámenes, de dormir poquísimo por las peleas de mis gatos acrecentadas por el calor, sobre la impotencia que me causa no tener un sueldo que me permita comprarme unas zapatillas de más de cincuenta euros sin que me tiemblen las manos al copiar el número secreto de la tarjeta. Quiero escribir pero no tengo nada por lo que escribir. He cambiado de casa y de medicación este año y lo más relevante que puedo contar es que la abstinencia de los antidepresivos me provocan náuseas y calambres que descienden hasta las plantas de los pies. También escribí un poemario donde me abrí el tórax para expulsar todo el odio que sentía por mi madre —la real y la imaginada—, lo presenté a un concurso y nunca más me volvieron a contestar. En este tiempo sumo además un intento infructuoso de dejar los ansiolíticos cuando se me acabó la caja de Alprazolam 1mg. A pesar de luchar con medidas de higiene del sueño, meditación, dos sobres de valeriana cada noche o suprimir los máximos estímulos posibles, mi pastillero vuelve a estar lleno.

De vez en cuando pienso en ideas locas sobre relatos basados en hechos reales, cogiendo esas conversaciones en las que soy una oyente infiltrada o los desvaríos de algún profesor hasta las gónadas del resto de compañeros de su departamento. Quiero darles forma, escribir la gran novela española, estar en las listas de las mejores escritoras de mi generación. Pero  siendo sincera, nunca lo hago y acabo vomitando más contenido en la red formando un cardumen de opiniones e insultos anónimos de gente que siempre cree saber más que tú.

Mañana anotaré aquella idea de una niña enviando polvos de talco en un sobre cerrado con destino Congreso de los Diputados, un burdo intento de amenaza terrorista por parte de una adolescente de catorce años. Río con los ojos cerrados imaginando la escena mientras intento conciliar el sueño, evocando el momento exacto donde el sobre es depositado en un buzón y la divertida espera hasta que los centros de análisis y diagnóstico microbiológico determinan que no hay esporas de bacterias potencialmente mortales en los pliegues de la carta.

Los hierros de los brackets se clavan en la mucosa de mi boca mientras aguanto una carcajada. R duerme a mi lado con sus tapones perfectamente encajados en los conductos auditivos. A mí me sobresalen porque tengo las orejas muy pequeñas, así que cualquier ruido se cuela entre el milímetro que queda entre mi piel y la espuma del tapón, impidiendo que caiga en un sueño profundo. Me desespera no poder dormir, escuchar el reloj de cuco de las vecinas dando cada cuarto de hora. Vuelvo a las viejas costumbres y salgo a hurtadillas de la cama de uno cincuenta para engullir una pastilla azulita que me proporcione al menos algo de sueño Delta.

Otra noche la misma sensación de vacío. Posiblemente mañana nunca llegue a anotar nada.

martes, 7 de mayo de 2019

Al intentar despegar los párpados

Al intentar despegar los párpados siento que pesan toneladas. Enraizo mi postura sobre el blanco suelo de gres y los calambrazos descienden hasta cada uno de los dedos. Miro los surcos de mis manos. Soy todavía joven pero la piel comienza a agrietarse, empeorando cada segundo que respiro. Tengo las uñas llenas de marcas verticales como corteza de árbol, cutículas ásperas que nunca retiré. Deseo tener quince años de nuevo. Entonces el mundo era distinto; más grande, infinito, menos hostil.

He soñado contigo, tenía quince años y te tocaba la cara. 

Antes de caer dormida imaginé rozar tus mejillas con la boca abierta, aspirando el olor de la típica colonia que todavía te compraba tu madre. He soñado que volvía a ser inexperta, que temblaba cuando alguien reposaba las manos en mi muslo sabiendo que ascendería hasta el punto de arco que formaban mis piernas. Me maquillaba para enmarcar una mirada furiosa de adolescente con las pupilas tan dilatadas que aseguraran fotografiar todos los colores de la escena.

Miro los surcos de mis manos que hace diez años todavía no existían. Una línea vital dibujada en las palmas que he intentado borrar decenas de veces. Me he oxidado sin oponer resistencia. Nunca más he vuelto a temblar de impaciencia.

viernes, 19 de abril de 2019

dónde está la Poesía

escucho Poesía en sus bocas
y quiero coserlas con gruesas puntadas.
escucho lamentos de aquellos
que jamás lloraron de pobreza.
escucho en su timbre
Plath, Sexton, Pizarnik, Machado, Lorca, Hernández.
no os pertenecen,
nunca fuisteis
Pueblo.

¿dónde está la Poesía
de las que tenemos herida la vida
y en la mano una raja
de trabajar para comer?

¿dónde está la Poesía
de las que nunca tuvimos
un cuarto propio
y escribíamos de oído
para garabatear en los descansos en el baño de la tienda?

¿dónde está la Poesía
de las que crecimos compartiendo libros,
bolígrafos,
cucharas
y cuadernos?

la Poesía no os pertenece,
nunca fue vuestra.

miércoles, 20 de marzo de 2019

Cuestiones banales

Recorro la lista de contactos de Whatsapp observando fotos de perfil y estados de mucha gente con la que no cruzo palabra desde hace años. Paro en la tuya. Clico, un chat se abre. Un mensaje que nunca contesté. Una hora de última conexión que jamás cambiará.
Pienso en ti y en toda la gente que fallece sin avisar. ¿Cuando eres consciente de que vas a morir borras tus redes sociales? Me invade esta cuestión tan tonta que sé que no tiene respuesta. 
Imagino a cientos de usuarios de Facebook e Instagram que fallecieron en la vida real pero en esta, donde somos capaces de entender la infinitud o viajar atrás en el tiempo, todavía existen. ¿Qué diferencia hay entre estar incomunicado y estar muerto? 
En internet siempre seremos inmortales.

domingo, 10 de marzo de 2019

Cada jueves aprieto la mano de mi abuela



Cada jueves aprieto la mano de mi abuela

acaricio sus uñas gruesas mientras cuece el puchero

durante el único momento que no tiembla

me besa en la mejilla y

susurra



Cuando muera enterradme con tu abuelo

meted sus huesos en una caja

colocadlos a mis pies

poned mi nombre

abrazado al suyo



Como última mujer de esta familia

seré yo

quien cada víspera de todos-santos

recuerde a sus hermanas

padres

marido

hijo no-nato

compre jacintos blancos

lave las sábanas donde reposó su cabello

y encienda una vela

por cada persona

que vivió en esta casa



Heredaré las fotos de las tías que nunca conocí

para llorarlas cada aniversario

y en blanco y negro

contaré a mis hijas

la historia de los anillos que visten mis manos



Escribiré las recetas de infancia

que asomada a la encimera aprendí

y aquellos trucos de vieja bruja

para no engrisecer la ropa blanca

y doblar las sábanas bajeras



Adoptaré sus plantas

para que vistan mi fachada

esperando que hablen de ella

que huelan a ella

que me acaricien como ella



Y la beso

como besan las madres a sus hijos

cada mañana al comprobar que siguen respirando



Y espero

como esperan los niños

desconocedores de los tres estados del tiempo

que el próximo jueves

nunca sea el último

miércoles, 27 de febrero de 2019

CRÍTICA CARTEL DEL PS 2019


WE FEM THE FUTURE, DON’T MAKE IT WORSE

El line-up del Primavera Sound 2019 se desvela con un video donde mujeres jóvenes corren por un túnel y junto a las pintadas ya existentes “Ens volem vives”, “Machete al machito”, “La por ha canviat de bàndol”, plasman el lema de este año “THE NEW NORMAL”. El cartel más femenino de la península comparte imágenes de axilas femeninas peludas, pezones sin pixelar y culos bamboleando al ritmo de música latina.

Bajo mi punto de vista, el Primavera Sound ha presentado un cartel muy acertado, con propuestas frescas, variadas y potentes, apostando por primera vez por la paridad real sin olvidarse de los grandes nombres internacionales ni de la escena urbana nacional actual. Ha acogido entre sus filas a los artistas con mejores discos del 2018 según la biblia musical del indie básico a.k.a. Pitchfork: Snail Mail, Rosalía, CupcakKe, Pusha T, SOPHIE, Julia Holter, Christine and the Queens... Su propuesta diaria es ecléctica, dando la oportunidad de elegir una ruta interesante sean cuales sean tus intereses.

Aun así, las críticas no se hicieron esperar vía RRSS por parte de los hombres blancos heterosexuales, los eternamente castigados e infrarrepresentados en los espacios artísticos. Podríamos decir que el autodenominado indie es a la música lo que el “aliado” al feminismo, un pozo de misoginia y clasismo tapizado con supuesta sabiduría. Este falso cascarón de erudición se hizo añicos al conocer que artistas como Cardi B, J Balvin, Carly Rae Jepsen, Robyn, Charlie XCX o Ivy Queen encabezarían el festival. Los defensores de la música más actual, que orgullosos hablaban de la posibilidad de descubrir grupos desconocidos en el Parc del Fórum de Barcelona, ahora caen en el insulto gratuito al percatarse de que su música se ha convertido en la “norma” y que hay muchísima variedad en el panorama actual como para traer todos los años a los mismos grupos y caer en el eterno déjà vu del festival-campo de nabos-guitarritas.

Mi sorpresa se hace mayúscula al leer en los medios que el Primavera Sound no cuenta con grandes “cabezones” como otros festivales españoles. ¿Tener a la ganadora del Grammy al mejor disco de rap del año o que el cuarto artista con más streamings de 2018 cierre el último día de este festival no es una propuesta suficientemente sólida? Los mismos usuarios que piden novedades se quejan porque los nombres confirmados son muy dispares y no cuentan con tantas viejas glorias como antaño.

En conclusión, diría que este cartel se ajusta a lo que 2019 pide: adaptarse a las nuevas formas de entender la música independientemente de si es trap, reggaetón o pop; dar voz a propuestas jóvenes y sobre todo, demostrar que hay mujeres en la música capaces de encabezar un festival de 200.000 asistentes sin que les tiemble el pulso. 

lunes, 18 de febrero de 2019

Si los chavales camelan pegándole un poco a la lejía o camelan pegándole a la mandanga ¡pues déjalos!

No me gusta despedirme ni las palabras inútiles de compromiso que dan a entender que los demás lamentan tu partida:
“Quédate, es una pena que te vayas ya”
“Vas a perderte lo mejor”
“Te echaremos de menos”
Sabía que no era así, que a todos les daba igual que me quedara o me fuera, que estaban tan drogados y concentrados en su propia existencia como para percatarse de la mía. Siempre me escabullía cuando nadie miraba, en un susurro. Cargué mi mochila repleta de ropa sucia de varios días y unas zapatillas llenas de tierra y restos pegajosos de garrafón. Empecé a andar antes de que alguien se diera cuenta de mi desaparición y, cuando ya estaba lo suficientemente lejos como para que nadie me viera, busqué en el Google Maps la estación más cercana. Envié mi ubicación en tiempo real a una amiga, me había acostumbrado a ese tipo de “precaución” cada vez que huía. Al marcharme sola se molestaban porque no avisaba, amenazando con que algún día me pasaría alguna desgracia por no decir nunca adónde me iba ni dónde estaba. En cierto modo tenían razón. Siempre quería desaparecer, pero durante un tiempo y en unas circunstancias muy concretas, volviendo como Lázaro en el plazo de días que me diera la gana.
Notaba la mucosa de la boca totalmente agrietada y herida, fruto de dos días sin beber algo que hidratara o comer algún alimento cocinado en más de cinco minutos. Mientras andaba, paseaba también la lengua por las paredes de mi boca, recorriendo los laberintos formados por las cicatrices de morderme los carillos. No me hizo falta emitir ningún sonido para saber que tendría disfonía la mañana siguiente. La sequedad de la garganta se extendía por todo el cuerpo, mi piel tenía el tacto de la polipiel vieja y mala de un sofá antiguo. Sentía haber envejecido diez años en menos de 48 horas.
El camino hasta la estación era una línea recta, un trayecto sumamente anodino, por lo que no pude evitar prender la mecha de aquella bomba.
Desperdicio mi tiempo con estas cosas y esta gente.
Somos tan aburridos que necesitamos beber hasta rozar el desmayo para sentir un poco de diversión.
No los aguanto cuando van drogados.
Cada paso equivalía a dos frases tajantes e hirientes en mi contra. Mi mente era una cabrona, pero una cabrona muy sincera. Sentenciaba que todas estas salidas eran un pésimo intento de olvidarme de quién era yo y de cómo era el mundo que me rodeaba. Como en un casino, las salas de fiestas no tenían ventanas que dieran al exterior y así, perder la noción del tiempo y del espacio; una caja de Schrödinger donde nada y todo existía mientras estuvieras entre esas cuatro paredes. A diferencia de mis compañeros, yo era demasiado consciente de ello, por lo que me asfixiaba saber que la vida corría fuera de nuestro espacio. Me sentía ridícula. Sentía que perdía mi tiempo en algo que no me gustaba con gente que no me importaba. Necesitaba salir de aquella caja pese a estar segura de que, una vez fuera, solo sería una tía patética, deprimida y llorica. Veía con ojos de ave nocturna aquella penosa escena: gente sudada y encocada bailando a destiempo un ritmo que nadie podría aguantar si todas sus funciones corticales estuvieran intactas; rituales de cortejo cutres para que alguien finja quererte durante un par de horas, veneno neurotóxico que te deje tan inconsciente como para descubrir que toda esa magia era en realidad un truco barato de aficionado.
Cuando aquello ocurría desaparecía sin despedirme porque no quería ser la niña cruel que desvelara al resto de compañeros que los Reyes Magos eran los padres. El peor título que una puede recibir es el de aguafiestas.

Esperé una hora en la estación hasta que el tren llegó. No contesté ningún mensaje. En casa me duché, arrastrando literal y metafóricamente toda la suciedad que cargaba mi cuerpo. Me prometí que no volvería a ser tan estúpida para meterme de nuevo en aquella caja negra, que hoy era domingo y se me perdonaban los pecados. Me hice aquella promesa siendo consciente de que la iba a romper, pero no hacérmela sería aceptar que me convertiría para siempre en un cadáver.

sábado, 16 de febrero de 2019

Estudio básico de la patología

Diagnóstico es el nombre de pila con el que te bautizan a los veinte años.

Lágrimas que te alimentan como si fueras un hongo.

La razón por la que te pones uñas de gel —a pesar de lo que diga C Tangana— y no dejarte cicatrices en el cuerpo.

La necesidad de saltar de un sexto piso porque un cráneo aplastado es más confortable que un cráneo lleno de eco.


Tratamiento es la diferencia entre el estar y el ser enferma. 

Destaparse de la tristeza para cubrirte de la más terrible anodinia.

Las náuseas y la confusión cuando olvidas la pildorita rosa.

Ir cada dos semanas a tu camello con título farmacéutico.





domingo, 10 de febrero de 2019

Siempre bajábamos al sótano del hospital

Siempre bajamos al sótano del hospital para comprar comida en las máquinas expendedoras, son más baratas que en el resto del edificio. Mientras disuelvo el azúcar con mi palito de plástico veo pasar decenas de cadáveres hacia la sala de autopsias. Pego entonces mi primer sorbo al café aguado observando este desfile fúnebre.

Me preguntan qué se siente al estar frente a un muerto como si fuera un estado distinto al de la vida, como si la muerte nos igualara a todos. No hay mentira más dolorosa que esa.

El olor de la sala de anatomía me colocaba como si se tratara de Ayahuasca, hablábamos en susurros para no despertar a los muertos. Mirar a la cara de los cadáveres me provocaba respeto, evitaba posar la mirada en aquellas canicas inertes por si alguno pestañeaba. Un cuerpo sin vida es muy parecido a uno con vida salvo por el apestoso formol que lo embadurna. A las ocho de la mañana entraba con mi bata y mis guantes y todavía somnolienta sobaba cada parte de un cuerpo que desconocía, palpando nervios, tendones y vísceras.

Me preguntan en ocasiones sobre ello, en cómo es convivir con la muerte. Hablo de ella y manos tontas buscan madera para evitar la mala suerte. ¿Es la muerte una cuestión de mala ventura? Cuando eres capaz de acariciar un neonato recién fallecido antes de meterlo en su ataúd minúsculo, la muerte no te da miedo. Es vivir lo que te aterra. 

El gran terror es vivir. Morir es pincharse el dedo con el huso de una rueca con la seguridad de que ningún príncipe desconsiderado aparezca. Por tanto, aprendí con ojos brillantes como circonitas los fármacos que podría escoger para acabar con mi vida de una forma indolora y apacible. Sin saltos al vacío. Sin desgarros de arterias. Sin ahorcamientos torpes desde la barra de una bañera.

No pude decidir sobre mi llegada, dejadme al menos escoger mi no-existencia.



jueves, 24 de enero de 2019

Grita afónica la herida

Grita afónica la herida
en el muslo que apoyo sobre otro muslo
queja silenciosa
ya no la oigo
arde la sangre
para ahogar esta voz

No estoy orgullosa de las hijas que he parido
pero nadie sabe lo que duele
cargar con esta piel
ellas me ayudan
mientras dura la vergüenza
—lo que tarda en desaparecer la cicatriz—
algunas se despiden
otras me acompañan toda la vida

Grita afónica la herida
que entre mis dedos estrangulo
no quiero que nadie la escuche
solo dice cosas horribles
así que secciono su aorta
para que desangre en segundos
brillantes palabras
manchan la carne

No hay nada más monstruoso
que una herida malcurada
los puntos ya no la cierran
sobresale la pus
por eso
para olvidarme de ella
rajo otras heridas
de bordes perfectos
de vidas cortas
que no derraman
perlas infectas