lunes, 2 de mayo de 2016

Abel mató a Caín

Cuando vi a mi hermano esparcir el contenido de mi maletín nuevo de pintura sobre el sillón del abuelo supe que me odiaba, que nadie llegaría a sentir por mí algo tan fuerte como lo hacía él.

Su cara no era la que suelen tener los niños cuando hacen una travesura, no mostraba la típica sonrisa torcida que ponen cuando saben que los van a castigar, ni la ingenuidad de hacer algo sin saber que está mal. No. Sus manos gorditas y minúsculas recorrían la tapicería con rabia, arañando el asiento y el respaldo mientras apretaba los dientes con fuerza. Tenía la mirada ida, parecía enajenado. Estaba tan concentrado en estropear todo lo posible aquel sillón que no se dio cuenta de que yo estaba allí, mirando como sus manos dibujaban el inicio de una guerra que, a día de hoy, sigo sin saber por qué me declaró.

Paró de golpe y volvió suavemente a su posición neutral con la lentitud de un depredador. El vello de la nuca se me erizó y tuve mucho miedo, pensé que se había dado cuenta de que estaba observándole desde detrás de la puerta. Pero no giró la cabeza, dirigió su mirada a su obra unos segundos mientras permanecía quieto y silencioso.

 La pintura había calado tanto que, cuando se subió al sillón, empezaron a salir borbotones de colores por los costados y ensuciaron el suelo. Volvió a quedarse quieto mientras observaba, ahora desde otra perspectiva, el gran destrozo. Se bajó. Se limpió las manos con la cortina con tanta meticulosidad que parecía un adulto mas que un niño de cinco años; primero quitándose el exceso de pintura de las palmas y después, dedo a dedo, hasta que la tela chupó todo el color de éstos. Se quitó los calcetines sucios, los enrolló en una bola y los lanzó debajo del enorme aparador de madera, deshaciéndose así de la última prueba.

Antes de volverse a la habitación de mis abuelos, que era donde supuestamente estaba durmiendo, echó un último vistazo al sillón. Entonces giró su cabecita y miró donde yo estaba. Lanzó una de esas miradas que siempre me ponen los pelos de punta. Sus ojos marrones se clavaron en los míos pero no expresaban nada, como si el que me mirara fuera un cadáver. No sonrió ni movió un solo músculo de la cara. Se giró de nuevo y se fue, dejándome allí muerto de miedo. Él sabía que aquel sillón quedaría inservible, que mi abuela le tenía un especial cariño y que me acusarían a mí de haberlo hecho.
Antes de que pudiera moverme, mi abuela ya había entrado en el salón y había lanzado un grito de horror.

Me di cuenta entonces de que me había meado encima.


2 comentarios:

  1. M'agrada, manté molt bé la tensió narrativa i al mateix temps és descriptiu.
    Una abraçada

    He escrit alguna cosa nova al bloc
    poesia i relat

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