lunes, 18 de febrero de 2019

Si los chavales camelan pegándole un poco a la lejía o camelan pegándole a la mandanga ¡pues déjalos!

No me gusta despedirme ni las palabras inútiles de compromiso que dan a entender que los demás lamentan tu partida:
“Quédate, es una pena que te vayas ya”
“Vas a perderte lo mejor”
“Te echaremos de menos”
Sabía que no era así, que a todos les daba igual que me quedara o me fuera, que estaban tan drogados y concentrados en su propia existencia como para percatarse de la mía. Siempre me escabullía cuando nadie miraba, en un susurro. Cargué mi mochila repleta de ropa sucia de varios días y unas zapatillas llenas de tierra y restos pegajosos de garrafón. Empecé a andar antes de que alguien se diera cuenta de mi desaparición y, cuando ya estaba lo suficientemente lejos como para que nadie me viera, busqué en el Google Maps la estación más cercana. Envié mi ubicación en tiempo real a una amiga, me había acostumbrado a ese tipo de “precaución” cada vez que huía. Al marcharme sola se molestaban porque no avisaba, amenazando con que algún día me pasaría alguna desgracia por no decir nunca adónde me iba ni dónde estaba. En cierto modo tenían razón. Siempre quería desaparecer, pero durante un tiempo y en unas circunstancias muy concretas, volviendo como Lázaro en el plazo de días que me diera la gana.
Notaba la mucosa de la boca totalmente agrietada y herida, fruto de dos días sin beber algo que hidratara o comer algún alimento cocinado en más de cinco minutos. Mientras andaba, paseaba también la lengua por las paredes de mi boca, recorriendo los laberintos formados por las cicatrices de morderme los carillos. No me hizo falta emitir ningún sonido para saber que tendría disfonía la mañana siguiente. La sequedad de la garganta se extendía por todo el cuerpo, mi piel tenía el tacto de la polipiel vieja y mala de un sofá antiguo. Sentía haber envejecido diez años en menos de 48 horas.
El camino hasta la estación era una línea recta, un trayecto sumamente anodino, por lo que no pude evitar prender la mecha de aquella bomba.
Desperdicio mi tiempo con estas cosas y esta gente.
Somos tan aburridos que necesitamos beber hasta rozar el desmayo para sentir un poco de diversión.
No los aguanto cuando van drogados.
Cada paso equivalía a dos frases tajantes e hirientes en mi contra. Mi mente era una cabrona, pero una cabrona muy sincera. Sentenciaba que todas estas salidas eran un pésimo intento de olvidarme de quién era yo y de cómo era el mundo que me rodeaba. Como en un casino, las salas de fiestas no tenían ventanas que dieran al exterior y así, perder la noción del tiempo y del espacio; una caja de Schrödinger donde nada y todo existía mientras estuvieras entre esas cuatro paredes. A diferencia de mis compañeros, yo era demasiado consciente de ello, por lo que me asfixiaba saber que la vida corría fuera de nuestro espacio. Me sentía ridícula. Sentía que perdía mi tiempo en algo que no me gustaba con gente que no me importaba. Necesitaba salir de aquella caja pese a estar segura de que, una vez fuera, solo sería una tía patética, deprimida y llorica. Veía con ojos de ave nocturna aquella penosa escena: gente sudada y encocada bailando a destiempo un ritmo que nadie podría aguantar si todas sus funciones corticales estuvieran intactas; rituales de cortejo cutres para que alguien finja quererte durante un par de horas, veneno neurotóxico que te deje tan inconsciente como para descubrir que toda esa magia era en realidad un truco barato de aficionado.
Cuando aquello ocurría desaparecía sin despedirme porque no quería ser la niña cruel que desvelara al resto de compañeros que los Reyes Magos eran los padres. El peor título que una puede recibir es el de aguafiestas.

Esperé una hora en la estación hasta que el tren llegó. No contesté ningún mensaje. En casa me duché, arrastrando literal y metafóricamente toda la suciedad que cargaba mi cuerpo. Me prometí que no volvería a ser tan estúpida para meterme de nuevo en aquella caja negra, que hoy era domingo y se me perdonaban los pecados. Me hice aquella promesa siendo consciente de que la iba a romper, pero no hacérmela sería aceptar que me convertiría para siempre en un cadáver.

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