No me gusta despedirme ni las palabras inútiles de compromiso que dan a
entender que los demás lamentan tu partida:
“Quédate, es una pena que te vayas ya”
“Vas a perderte lo mejor”
“Te echaremos de menos”
Sabía que no era así, que a todos les daba igual que me quedara o me fuera,
que estaban tan drogados y concentrados en su propia existencia como para
percatarse de la mía. Siempre me escabullía cuando nadie miraba, en un susurro.
Cargué mi mochila repleta de ropa sucia de varios días y unas zapatillas llenas
de tierra y restos pegajosos de garrafón. Empecé a andar antes de que alguien
se diera cuenta de mi desaparición y, cuando ya estaba lo suficientemente lejos
como para que nadie me viera, busqué en el Google Maps la estación más cercana.
Envié mi ubicación en tiempo real a una amiga, me había acostumbrado a ese tipo
de “precaución” cada vez que huía. Al marcharme sola se molestaban porque no
avisaba, amenazando con que algún día me pasaría alguna desgracia por no decir
nunca adónde me iba ni dónde estaba. En cierto modo tenían razón. Siempre
quería desaparecer, pero durante un tiempo y en unas circunstancias muy
concretas, volviendo como Lázaro en el plazo de días que me diera la gana.
Notaba la mucosa de la boca totalmente agrietada y herida, fruto de dos
días sin beber algo que hidratara o comer algún alimento cocinado en más de
cinco minutos. Mientras andaba, paseaba también la lengua por las paredes de mi
boca, recorriendo los laberintos formados por las cicatrices de morderme los
carillos. No me hizo falta emitir ningún sonido para saber que tendría disfonía
la mañana siguiente. La sequedad de la garganta se extendía por todo el cuerpo,
mi piel tenía el tacto de la polipiel vieja y mala de un sofá antiguo. Sentía
haber envejecido diez años en menos de 48 horas.
El camino hasta la estación era una línea recta, un trayecto sumamente
anodino, por lo que no pude evitar prender la mecha de aquella bomba.
Desperdicio mi tiempo con estas cosas y
esta gente.
Somos tan aburridos que necesitamos beber
hasta rozar el desmayo para sentir un poco de diversión.
No los aguanto cuando van drogados.
Cada paso equivalía a dos frases tajantes e hirientes en mi contra. Mi
mente era una cabrona, pero una cabrona muy sincera. Sentenciaba que todas
estas salidas eran un pésimo intento de olvidarme de quién era yo y de cómo era
el mundo que me rodeaba. Como en un casino, las salas de fiestas no tenían
ventanas que dieran al exterior y así, perder la noción del tiempo y del espacio;
una caja de Schrödinger donde nada y todo existía mientras estuvieras entre
esas cuatro paredes. A diferencia de mis compañeros, yo era demasiado
consciente de ello, por lo que me asfixiaba saber que la vida corría fuera de
nuestro espacio. Me sentía ridícula. Sentía que perdía mi tiempo en algo que no
me gustaba con gente que no me importaba. Necesitaba salir de aquella caja pese
a estar segura de que, una vez fuera, solo sería una tía patética, deprimida y
llorica. Veía con ojos de ave nocturna aquella penosa escena: gente sudada y
encocada bailando a destiempo un ritmo que nadie podría aguantar si todas sus
funciones corticales estuvieran intactas; rituales de cortejo cutres para que alguien finja quererte durante un par de horas, veneno neurotóxico
que te deje tan inconsciente como para descubrir que toda esa magia
era en realidad un truco barato de aficionado.
Cuando aquello ocurría desaparecía sin despedirme porque no quería ser la
niña cruel que desvelara al resto de compañeros que los Reyes Magos eran los
padres. El peor título que una puede recibir es el de aguafiestas.
Esperé una hora en la estación hasta que el tren llegó. No contesté ningún
mensaje. En casa me duché, arrastrando literal y metafóricamente toda la suciedad
que cargaba mi cuerpo. Me prometí que no volvería a ser tan estúpida para
meterme de nuevo en aquella caja negra, que hoy era domingo y se me perdonaban
los pecados. Me hice aquella promesa siendo consciente de que la iba a romper,
pero no hacérmela sería aceptar que me convertiría para siempre en un cadáver.
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