domingo, 10 de febrero de 2019

Siempre bajábamos al sótano del hospital

Siempre bajamos al sótano del hospital para comprar comida en las máquinas expendedoras, son más baratas que en el resto del edificio. Mientras disuelvo el azúcar con mi palito de plástico veo pasar decenas de cadáveres hacia la sala de autopsias. Pego entonces mi primer sorbo al café aguado observando este desfile fúnebre.

Me preguntan qué se siente al estar frente a un muerto como si fuera un estado distinto al de la vida, como si la muerte nos igualara a todos. No hay mentira más dolorosa que esa.

El olor de la sala de anatomía me colocaba como si se tratara de Ayahuasca, hablábamos en susurros para no despertar a los muertos. Mirar a la cara de los cadáveres me provocaba respeto, evitaba posar la mirada en aquellas canicas inertes por si alguno pestañeaba. Un cuerpo sin vida es muy parecido a uno con vida salvo por el apestoso formol que lo embadurna. A las ocho de la mañana entraba con mi bata y mis guantes y todavía somnolienta sobaba cada parte de un cuerpo que desconocía, palpando nervios, tendones y vísceras.

Me preguntan en ocasiones sobre ello, en cómo es convivir con la muerte. Hablo de ella y manos tontas buscan madera para evitar la mala suerte. ¿Es la muerte una cuestión de mala ventura? Cuando eres capaz de acariciar un neonato recién fallecido antes de meterlo en su ataúd minúsculo, la muerte no te da miedo. Es vivir lo que te aterra. 

El gran terror es vivir. Morir es pincharse el dedo con el huso de una rueca con la seguridad de que ningún príncipe desconsiderado aparezca. Por tanto, aprendí con ojos brillantes como circonitas los fármacos que podría escoger para acabar con mi vida de una forma indolora y apacible. Sin saltos al vacío. Sin desgarros de arterias. Sin ahorcamientos torpes desde la barra de una bañera.

No pude decidir sobre mi llegada, dejadme al menos escoger mi no-existencia.



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