Al intentar despegar los párpados siento que pesan toneladas. Enraizo mi postura sobre el blanco suelo de gres y los calambrazos descienden hasta cada uno de los dedos. Miro los surcos de mis manos. Soy todavía joven pero la piel comienza a agrietarse, empeorando cada segundo que respiro. Tengo las uñas llenas de marcas verticales como corteza de árbol, cutículas ásperas que nunca retiré. Deseo tener quince años de nuevo. Entonces el mundo era distinto; más grande, infinito, menos hostil.
He soñado contigo, tenía quince años y te tocaba la cara.
Antes de caer dormida imaginé rozar tus mejillas con la boca abierta, aspirando el olor de la típica colonia que todavía te compraba tu madre. He soñado que volvía a ser inexperta, que temblaba cuando alguien reposaba las manos en mi muslo sabiendo que ascendería hasta el punto de arco que formaban mis piernas. Me maquillaba para enmarcar una mirada furiosa de adolescente con las pupilas tan dilatadas que aseguraran fotografiar todos los colores de la escena.
Miro los surcos de mis manos que hace diez años todavía no existían. Una línea vital dibujada en las palmas que he intentado borrar decenas de veces. Me he oxidado sin oponer resistencia. Nunca más he vuelto a temblar de impaciencia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario