Recuerdo la primera vez que menstrué. No sabía que había sangre en mis bragas, solo noté un líquido denso, pegajoso y asqueroso que no sabía de dónde aparecía. Una escucha historias de viejas de trapos manchados de sangre roja, fresca, líquida y no imagina que la menarquia es una pasta marrón, más parecida al vómito o a esa palabra que todos sabemos pero no queremos nombrar que a la sangre. Volví a manchar un par de meses después, sin saber que menstruaba, solamente teniendo consciencia de que algo no iba bien allí abajo. Avergonzada digo que pasó más tiempo del necesario para por fin confesar a mi madre que creía que me había bajado la regla. La confirmación de la experta y a empezar el ritual de la vergüenza: compresas escondidas como poyos de coca, nada de blanco durante esos días, pánico de mancharte, mancharle a él si algún día me venía mientras estábamos follando.
Desconocí el funcionamiento de mi vulva hasta una charla en cuarto de la ESO, donde me hablaron del clítoris por primera vez. Había intentado masturbarme pero no sabía muy bien qué hacer hasta que en una de esas charlas que ciertos partidos de extrema derechas (perdón, CENTRO-derecha) califican de innecesarias me abrieron los ojos y guiaron metafóricamente mis manos. A los casi dieciséis años conocía cómo poner un condón, sobre la eyaculación masculina o las tropecientas ITS que puedes coger si juegas sin seguir las reglas, pero desconocía cómo masturbarme porque tenía pánico de preguntar a mis amigas. Las chicas no se masturban hasta que una decide contarlo y entre tímidas intervenciones acabamos confesando que nos hemos rozado con almohadas, que nuestros novios solo nos hacen el mete-saca y que andan más perdidos que nosotras. Las RRSS y cumplir años nos salvaron. Todas hablamos de los Satisfyer, de los descuentos en bolas chinas, vibradores, anillos, el secreto de los caramelos Halls negros. Ahora ya no te pones colorada si te preguntan qué te gusta, indicas claramente el qué, cómo y a qué ritmo.
Aun así, aunque el tabú de la regla y la masturbación femenina haya desaparecido en ciertos círculos, no tenemos ni idea de abortos, ciclos menstruales —que no menstruación— y cómo funcionan las pastillas anticonceptivas. Siguen metiéndonos el miedo en el cuerpo, imaginando que ir a abortar es el proceso traumático en el que te meten una aspiradora industrial por la vagina mientras tiemblas del dolor y del shock hemorrágico. ¿Cuántas de nosotras no hemos disfrutado del sexo por el miedo al embarazo? ¿Cuántas hemos oído hablar de las pastillas anticonceptivas como si fueran veneno? ¿Cuántas...? Muchas, todas.
La información es el mejor bálsamo del miedo. Compartamos experiencia, hagamos visible lo molesto, reduzcamos los bulos al absurdo y sobre todo, acompañemos a quien no ha podido recibir una educación sexual digna para que decida libremente y sufra lo mínimo posible.
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