Apunto pensamientos totalmente intrascendentes en los huecos en blanco que voy encontrando. Necesito hacer de mi existencia algo social y no desperdiciarla en privado, sentir que tengo algo que compartir. Escribo en Twitter que me siento agotada tras otra semana de exámenes, de dormir poquísimo por las peleas de mis gatos acrecentadas por el calor, sobre la impotencia que me causa no tener un sueldo que me permita comprarme unas zapatillas de más de cincuenta euros sin que me tiemblen las manos al copiar el número secreto de la tarjeta. Quiero escribir pero no tengo nada por lo que escribir. He cambiado de casa y de medicación este año y lo más relevante que puedo contar es que la abstinencia de los antidepresivos me provocan náuseas y calambres que descienden hasta las plantas de los pies. También escribí un poemario donde me abrí el tórax para expulsar todo el odio que sentía por mi madre —la real y la imaginada—, lo presenté a un concurso y nunca más me volvieron a contestar. En este tiempo sumo además un intento infructuoso de dejar los ansiolíticos cuando se me acabó la caja de Alprazolam 1mg. A pesar de luchar con medidas de higiene del sueño, meditación, dos sobres de valeriana cada noche o suprimir los máximos estímulos posibles, mi pastillero vuelve a estar lleno.
De vez en cuando pienso en ideas locas sobre relatos basados en hechos reales, cogiendo esas conversaciones en las que soy una oyente infiltrada o los desvaríos de algún profesor hasta las gónadas del resto de compañeros de su departamento. Quiero darles forma, escribir la gran novela española, estar en las listas de las mejores escritoras de mi generación. Pero siendo sincera, nunca lo hago y acabo vomitando más contenido en la red formando un cardumen de opiniones e insultos anónimos de gente que siempre cree saber más que tú.
Mañana anotaré aquella idea de una niña enviando polvos de talco en un sobre cerrado con destino Congreso de los Diputados, un burdo intento de amenaza terrorista por parte de una adolescente de catorce años. Río con los ojos cerrados imaginando la escena mientras intento conciliar el sueño, evocando el momento exacto donde el sobre es depositado en un buzón y la divertida espera hasta que los centros de análisis y diagnóstico microbiológico determinan que no hay esporas de bacterias potencialmente mortales en los pliegues de la carta.
De vez en cuando pienso en ideas locas sobre relatos basados en hechos reales, cogiendo esas conversaciones en las que soy una oyente infiltrada o los desvaríos de algún profesor hasta las gónadas del resto de compañeros de su departamento. Quiero darles forma, escribir la gran novela española, estar en las listas de las mejores escritoras de mi generación. Pero siendo sincera, nunca lo hago y acabo vomitando más contenido en la red formando un cardumen de opiniones e insultos anónimos de gente que siempre cree saber más que tú.
Mañana anotaré aquella idea de una niña enviando polvos de talco en un sobre cerrado con destino Congreso de los Diputados, un burdo intento de amenaza terrorista por parte de una adolescente de catorce años. Río con los ojos cerrados imaginando la escena mientras intento conciliar el sueño, evocando el momento exacto donde el sobre es depositado en un buzón y la divertida espera hasta que los centros de análisis y diagnóstico microbiológico determinan que no hay esporas de bacterias potencialmente mortales en los pliegues de la carta.
Los hierros de los brackets se clavan en la mucosa de mi boca mientras aguanto una carcajada. R duerme a mi lado con sus tapones perfectamente encajados en los conductos auditivos. A mí me sobresalen porque tengo las orejas muy pequeñas, así que cualquier ruido se cuela entre el milímetro que queda entre mi piel y la espuma del tapón, impidiendo que caiga en un sueño profundo. Me desespera no poder dormir, escuchar el reloj de cuco de las vecinas dando cada cuarto de hora. Vuelvo a las viejas costumbres y salgo a hurtadillas de la cama de uno cincuenta para engullir una pastilla azulita que me proporcione al menos algo de sueño Delta.
Otra noche la misma sensación de vacío. Posiblemente mañana nunca llegue a anotar nada.
Otra noche la misma sensación de vacío. Posiblemente mañana nunca llegue a anotar nada.
No dejes de escribir, eres la comprensión hecha letra. El lugar donde acudir cuando sabes que nadie entiende esto. Me siento vacía sí, llena de sentimientos en una vida vacía. No me falta nada y en cambio escribi mientras me esfuerzo por respirar.
ResponderEliminarSi escribir llena algún hueco de tu vida, no dejes de hacerlo por favor. No necesitas ser la famosa escritora que todo el mundo conoce, me quedo con la gran persona escritoria que quien la lee se siente en casa. Y no una casa donde sentirse identificado, sino, una casa donde puedes ser lo que quieras antes de volver a tu realidad.
Si volviese a tener 25 años, querría ser como tu.
ResponderEliminarHaz lo que quieras, pero hazlo.
Eres buena.
Gracias por esta pausa entre artículo y artículo.
Hasta la proxima.
Un saludo enorme!
Y no te preocupes que los exámenes terminan...