Los últimos rayos de sol inciden sobre el manto de calvas que inunda el fórum, en alguna hace un destello precioso que me incita a sacar una foto Instagram y ponerle un par de hashtags #Reflections #PS #lighting #Like4Like. Entradas incipientes y coronillas llenan las escaleras, señores con pantalones tobilleros y tote-bags han pedido vacaciones para estos tres días. Algunos han dicho que tenían una boda, han simulado una gastroenteritis o una gripe incapacitante, incluso que tenían al niño enfermo –ese mismo niño que este año no ha recibido la Play Station 4 por Navidad porque los Arctic Monkeys “sonaban” y como buen forero, ha comprado la entrada porsiacaso con la paga especial de enero-.
Es mi primer Primavera Sound y me siento un poco fuera de lugar, un patito feo. ¿Por qué hay tantas chicas con purpurina en la cara y vestidas casi de gala? Miro mis zapatillas Decathlon llenas de barro y me deprimo. Pienso que deberían poner en el FAQ, junto al decálogo de conducta, un código de vestimenta. Un fotógrafo capta con su cámara de tres mil euros los streetstyle de algunos asistentes. No hace fotos a ningún feo. Ese es el gran truco de los festivales, sacar solo a chicas y chicos despampanantes pasándoselo genial en los conciertos. Las calvas y yo seguimos en el anonimato, aceptando que nunca seremos un buen gancho para el festival.
Mi outfit también se debe a que me he chupado tres horas y media en un incomodísimo autobús ALSA para poder ver a Nick Cave. Tenía mis dudas, pero cuando gané el concurso del abono VIP, me sentí en la obligación de cumplir mi sueño millenial y ver a una de las pocas caras del punk-rock que no ha muerto (todavía) por las drogas. Pienso que ser joven y tener gustos de cuarentón es bastante caro. Desde que me he metido en esto de los festivales y malgasto mis escasos ingresos en hacerme la ruta del Bakalao indie, cuento cada mínimo gasto en horas trabajadas. El billete de ida me ha costado cinco horas trabajando como repartidora de flyers de una empresa de muebles sueca -you know what I mean-; el alojamiento en un zulo a seis paradas de metro del recinto, suponen unas cincuenta horas de fingir una sonrisa e informar sobre los nuevos cepillos eléctricos en el centro comercial de mi barrio; estos veinte centilitros de cerveza caliente que sujeto en la mano, media hora de dolores de espalda montando una torre de pañales en promoción.
Me llega un mensaje privado por Foroexiliados. Me dice que han quedado para ver a las Hinds. No me sorprendo. No entiendo la devoción que sienten por el grupo de la Cosials. Da igual dónde toquen, siempre habrá un Exiliado entre el público en cualquiera de sus conciertos. A mí me hacen gracia, pero nada más, así que me acerco a verles. Cuando llego nadie hace ademán de saludar. Tengo que decir “Hola, soy MissMonster” para que me reconozcan, nadie conoce ni mi nombre real, y hasta ahora, mi aspecto. Entonces exclaman un “Aaaah” y se acercan a darme dos besos. Empiezo a ponerles cara a la mitad de los usuarios con los que interacciono diariamente en los distintos hilos, con los que he discutido y con los que he bromeado en más de una ocasión. Les pregunto sobre su ruta del día, planificada e impresa en cuadrículas a color por horas y escenarios. Dicen que hasta que no salga Björk estarán en un bar de la zona cenando. Me indigno un poco.
¿En serio os vais a perder a Nick Cave?
Qué pesadita con Nick Cave, me dicen silenciosamente algunas miradas.
«Ya lo he visto en otro Primavera, en el Glastonbury y en un festival de nombre impronunciable de un país que no sé situar en el mapa.»
«Es que este disco es para escucharlo en sala, en directo se pierden los vibratos y los graves.»
«Prefiero ver a (introducir nombre de un grupo que está en la última línea del cartel y que no ha oído en la vida), es lo mejor de este año. De hecho, yo solo vengo a ver grupos pequeños.»
Sonrío y digo que yo sí que voy a verlo. A él y a The War on Drugs. Oigo un resoplido de buff, mierda mainstream. Me despido y les digo que me voy ya a coger buen sitio, que aún no sé por dónde se entra a la zona preferente del VIP. Queda todavía una hora para el inicio y decido comprarme un Redbull porque estoy muerta de sueño, llevo desde las cinco y media en pie por la emoción, el cansancio comienza a hacer mella. Conforme me acerco a la barra, veo a una chica con unos tacones altísimos caerse al suelo tras resbalarse con una de las baldosas sueltas del RayBan. Me río para mis adentros y agradezco millones llevar unas zapatillas feas pero cómodas.
Con bebida cargada, me acerco a la zona VIP. Enseño mi pulserita como si fuera un billete dorado y me dejan pasar a la parte de la gente rica e importante. Sigo sintiéndome un poco fuera de lugar. Veo a Carlitos de Cuéntame, a Jorge Cremades y demás influencers hablando entre ellos. Me pongo en una esquina y bebo a sorbos mi Redbull. Cuando me lo acabo en lo que me parece una hora miro el reloj y solamente han pasado diez minutos. Resoplo, me siento inquieta. No conozco a nadie y no sé qué hacer. Rebusco en los bolsillos y saco un par de tickets. Tal vez si bebo un poco se me quite la vergüenza y me anime a hablar con alguien. Una tras otra, noto como van desinhibiéndome, intoxicándome el hígado y llenando mi vejiga. Necesito ir al baño.
Los baños de un festival son como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar, si el que eliges incluye una desagradable sorpresa. Como hay varios vacíos, elijo el menos sucio, el que está al final de la fila. Entro, cierro y adopto la posición de la grulla para intentar tocar lo mínimo posible. Como era de esperar, no hay papel, pero una es precavida y en su mochila siempre lleva un kit de emergencias. Preparada para irme, mochila a la espalda y vejiga vacía, intento abrir la puerta.
Socorro.
Dios mío.
Siento que me falta el aire.
Noto que el espacio se reduce cada segundo que pasa y el calor me inunda hasta casi la asfixia. Aporreo la puerta al borde del llanto. El seguro se ha quedado atascado y no abre. Quedarme encerrada dentro de un Poly Klyn es junto a morir aplastada contra las vallas de la primera fila, uno de mis temores festivaleros. De repente me siento sucia, llena de orín y demás fluidos ajenos. La taquicardia bestial que sacude mi pecho acompaña a la batería del grupo que está tocando en este momento. Sí que es cierto que el sonido es mejor en esta zona, lo es tanto que mis gritos se ahogan entre los acordes de una guitarra eléctrica. Saco el móvil y desbloqueo la pantalla con los dedos temblorosos. Busco en la agenda el único contacto de los Exiliados que tengo. Llamo. No hay cobertura. Joder. Joder. Joder. Miro las rayitas del 4G, tampoco llega bien el internet. Vuelvo a aporrear la puerta con la esperanza de que alguna vejiga inquieta se aproxime a los baños y me oiga. El Redbull y las cinco cervezas que llevo en el cuerpo empiezan a hacer efecto sinérgico con la ansiedad descontrolada que me invade. Noto que la cabeza me da vueltas. Pienso que me siento y me relajo o me desmayaré y me abriré el cráneo contra el orinal sucio del baño. Inspiro. Espiro. Alguien me tiene que encontrar en algún momento, eso es seguro. Porque limpian los baños, ¿no? Consigo controlar la agitación respiratoria y el espacio diminuto vuelve a recuperar sus medidas reales. La música para de repente. Es mi momento. Cuando me levanto para volver a golpear la puerta, el sonido del exterior me aturde.
El piano y sintonizador de Anthrocene me desgarra. Acaba de empezar el concierto de Nick Cave. Me lo estoy perdiendo. Después de gastarme varios cientos de euros en viaje y alojamiento, ganar un abono y ajustarme el horario de exámenes para asistir al concierto del año, acabo sentada en un puto Poly Klyn en medio del show. Mientras vuelvo a vaciar la vejiga lloro afónicamente. Nick Cave acaba la canción y se hace el silencio. No sé si son las cervezas o mi afán de buscar entre la miseria algo de luz que me digo, oye, voy a disfrutarlo. ¿Qué más puedo hacer sino? Bajo la tapa del váter, me siento y vuelvo a controlar la respiración, dejo de notar los pitidos en los oídos y me concentro en la siguiente canción, Jesus Alone.
Pienso que, dentro de lo malo, la acústica del Poly Klyn está de puta madre y consigo captar bien cada palabra del barítono hasta los vibratos y los graves. Que posiblemente esté más cómoda y espaciosa que la gente del Fórum, y al menos estoy sentada.
Pienso que, dentro de lo malo, estoy en un sitio VIP.

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