Para qué coño me sirve el mindfulness, me pregunto. Tengo la espalda
pegada al respaldo de plástico rojo de la silla. Estiro las vértebras, noto
como van haciendo crac al ponerme totalmente recta. No llego bien al suelo por
lo que los pies me cuelgan a tres centímetros del piso, lo suficiente para
empezar a notar incomodidad y con ello, el agobio que me acompaña 24/7.
Cierro los ojos.
Me dice mi psicóloga que me relaje y haga consciente mi respiración, que me
centre donde la note más. Pongo un marcador imaginario en mi caja torácica e
intento centrarme en él.
Ahora insiste en que note qué dice mi cuerpo, las sensaciones físicas que
me invaden. Noto la opresión del pecho, tan constante ya que a veces se me
olvida que existe. Noto la espalda contracturada de estar en tensión, ardor en
la boca del estómago, dolor en los maseteros de tensarlos continuamente. Me
dice que no juzgue lo que siento, que sea consciente de ello y me ponga en la
posición más cómoda posible.
Sigo respirando.
Ahora habla sobre la sala en la que estamos. La biblioteca de salud mental en
la que nos vemos cada jueves desde hace tres meses. Soy consciente de mis
compañeros. X e Y se sientan cada uno en un lado, dejando una silla vacía entre
nosotros. Pienso que es curioso que las personas que más conocen mis miserias
marquen esta separación física. X tiene agorafobia. Y sufre TOC. Sé
prácticamente en qué trabajan, cómo se llaman sus padres, cuándo les
diagnosticaron y a qué atribuyen su ansiedad. Pero nunca nos tocamos. Dejamos
desde el primer día esta separación sin cuestionarla, no invadimos el espacio
de los demás.
La imagen de la habitación cada vez se difumina más. Imágenes geométricas
comienzan a dibujarse en mi cabeza. Triángulos, rombos, cuadrados. Empiezan a
llover rectángulos y pentágonos. Recuerdo pintar pentágonos en clase de
plástica cuando iba al instituto, trazar líneas uniendo los puntos que había
dibujado con el compás. Recuerdo que en esa misma asignatura una “amiga” me
tiró encima un bote de café instantáneo delante de toda la clase. Recuerdo aún
las lágrimas acumulándose mientras ella se reía y me decía que era una broma.
Qué hija de puta. Ahora es profesora. Es curioso que las personas que se
dedicaron a acosar a otros niños acaben haciendo magisterio. ¿Con quién comenté
eso? Ah sí, con mi novio. Fue una mañana en su casa mientras veíamos la
televisión. ¿Fue en invierno o en verano? Creo que verano porque llevaba
camiseta de manga corta. Además, ya estaba tratándome de la depresión. Joder,
hace ya casi un año que estoy en tratamiento. Recuerdo una noche que lloré
porque no quiso enseñarme qué llevaba en el bolsillo. Me doy vergüenza, me puse
como una loca. No sé cómo me aguantó. No sé cómo me aguanta. Si me puse así ese
día por una tontería si un día pasa algo serio no sé cómo reaccionaré. Porque
me va a dejar. Porque no valgo nada.
La psicóloga nos recuerda que dejemos pasar los pensamientos, que no
juzguemos, que no alimentemos la bola. Qué fácil es decirlo. Vuelvo a la
respiración.
Inspiro.
Espiro.
Sigo notando la opresión en el pecho. Solo noto eso. Los brazos y las
piernas se han derretido y mimetizado con el plástico rojo de la silla. Ya no
forman parte de mi cuerpo. Solo soy ese bocado en el corazón que me mantiene
despierta, rígida.
Vuelven las formas geométricas. También caras de conocidos. De nuevo los
juicios atacan. Pero no les dejo. No esta vez. Todos mis pensamientos llevan
adheridos una crítica que no puedo despegar. Si quiero evitar la crítica he de
evitar el pensamiento. No sigo las instrucciones de la psicóloga y me esfuerzo
por poner la mente en blanco. Que le follen al mindfulness.
Después de cinco minutos abro los ojos. Miro a X e Y, siguen con los párpados
cerrados. X tiene los puños tensos sobre el regazo.
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