Esta tarde, mientras le explicaba a mi madre qué es una queratosis seborreica, me he encontrado otra garrapata enganchada en la mejilla. Mimetizada con el resto de las pecas de mi cara y cuello, se situaba en el mismo lugar donde encontré a su compañera ayer. Angustiada por el asco y las posibles enfermedades transmisibles que este bicho pudiera pasarme, he visitado las dos primeras páginas de Google sobre garrapatas. Me dice mi madre que me las ha pegado la gata a la que he estado cuidando estos días, la misma gata que ellos rescataron de una muerte segura y que ahora pesa el doble que cuando la encontramos. Le explico que yo misma la desparasité, que probablemente las garrapatas se escondieron en el cuello vuelto de mi jersey cuando fuimos R. y yo a por espárragos. Nos adentramos por las zarzas, cruzamos el río y andamos por la maleza, a través de unas hierbas que nos llegaban por las rodillas. Entre bromas nos metíamos en la frondosidad de un campo descuidado, recogiendo nuestra futura cena con orgullo, riendo con “si es una polla, te folla” cada vez que alguno no veía algún espárrago bastante evidente.
Este año he(mos) huido
a la montaña. Entre tomateras secas y naranjos, hemos cuidado de nosotros y de los
gatos –que comenzaron odiándose y hoy, en su despedida, han dormido apretados
el uno contra el otro-. Antes evitaba venir, ahora la posibilidad de escapar
aquí es un pequeño salvavidas. Me gusta el campo, mi campo, porque allí nada cambia.
Sigue igual que los últimos quince años que veraneamos aquí. Ahora que las
cosas entre nosotros son turbulentas, venimos cada vez más. Es reconfortante
aferrarse a algo inmutable cuando todo a mi alrededor corre y se transforma a
una velocidad vertiginosa.
Me he dado cuenta
que no me gusta tanto el cambio, que me provoca náuseas. Pienso en cómo desde
mi barrio ya no se ve la huerta, en mi pelo que ya escupe alguna tímida cana,
en que dentro de pocos años seré médica y si estoy segura de ello. El pecho me
arde. Pienso también en mí, en la persona que me estoy convirtiendo y no puedo
evitar cuestionarme si es lo que esperaba, si cumple mis expectativas. Ya no me
duele tanto decir que no, que no soy como siempre he querido ser. Pienso también
que la convivencia va limando asperezas, que la aceptación es el mejor bálsamo.
Sea mi gato con esta gata abandonada; sea yo conmigo misma o con el mundo.
Me observo en el
espejo concienzudamente, rascando cada lunar de mi pálida piel en busca de otro
parásito camuflado y no puedo evitar reírme de mí misma. Todas las
preocupaciones que siempre me invaden han pasado a un segundo plano por una
maldita garrapata, he parado mi vida durante toda una tarde por un bicho de
poco más de tres milímetros. ¿No es poético el poder de la naturaleza?
Pelusa y Ardilla


No hay comentarios:
Publicar un comentario