Recuerdo correr por los pasillos del colegio
con mis compañeros cuando el timbre sonaba y bajar los últimos tres escalones
de un salto. Queríamos ser los primeros en llegar al campo de fútbol para que
los chicos de los cursos superiores no nos lo quitaran. Casi veinte jugadores
por equipo: un portero, más de siete defensas y el resto, delanteros. Los
conflictos entre clases se resolvían con un partido.
Otras veces, cuando no llegábamos a tiempo, nos
tocaba entretenernos con otras cosas. Entonces el patio se transformaba en un
escenario y nosotros, en actores. Me río yo de estos nuevos teatros de
improvisación sin escenografía. Durante la media hora del recreo fui madre,
bailarina, cantante, caballo o astronauta. Las mejores obras se representaron
entre aquellos muros.
Cuando nos cansábamos de hacer aquellos
teatrillos buscábamos otras formas de distraernos. Cada ciertos meses se ponía
de moda algún juguete nuevo y todos, como copias, jugábamos a lo mismo:
canicas, chapas, tazos, gogos, cartas magic, tamagotchis… El patio se llenaba
de círculos de niños. Nos reuníamos alrededor de los afortunados que tenían los
juguetes nuevos observando cómo los utilizaban, juntando tanto las cabezas que
parecía que la diversión fuera a transmitirse por ósmosis. Tal vez por eso
siempre había epidemias de piojos.
La idea de contagiarme me provocaba mucha
ansiedad. Tenía el pelo largo y rizado, por lo que sufrirlos era un calvario.
Lloraba como una descosida cuando mi madre me rociaba la cabeza con esa loción
que apestaba e irritaba los ojos. Pero lo peor eran los tirones que me daba
cuando me desenredaba el pelo y pasaba la liendrera con esas púas tan juntas.
Cuando me picaba mucho la cabeza y veía a algún compañero rascarse con
insistencia el cuero cabelludo, se me formaba un nudo en el estómago al pensar
la tortura que me esperaba al llegar a casa.
Por aquel entonces aún no conocíamos la
aprensión o los escrúpulos. Reptábamos por el suelo, hacíamos figuras con
barro, acariciábamos los gatos callejeros que se colaban por los huecos de las
verjas o jugábamos con las babosas sin hacer una sola mueca de asco. Pero, lo
que más disfrutábamos, era la pelusa blanca que aparecía cada mayo. El vilano
de los chopos cubría el suelo como si fuera un manto de nieve, acumulándose en
las esquinas, alcorques y bajo los bancos. Recogíamos un buen montón para
lanzarlo al aire y girar bajo él. “Nieve, nieve”, gritábamos riendo. De vez en
cuando aparecían algunas rojeces en el cuello provocadas por las pelusas que se
colaban por la camiseta.
También recuerdo al primer chico que me gustó.
Me viene a la mente su cara redonda y su nariz respingona. Llevaba unas gafas
metálicas azules y un cordón que unía las patillas para que no se le perdieran,
pues era un poco despistado. Se pasaba gran parte de las clases dormitando
sobre la mesa porque se quedaba hasta tarde viendo la televisión, sobre todo
los partidos del Valencia. Antes de que se cambiara de colegio me regaló el
peluche de un personaje de Disney. Era un niño muy tierno e inocente.
Pero no todos los chicos de mi clase eran así.
Antes de las vacaciones de navidad de cuarto
curso se les ocurrió la brillante idea de decirnos a todos que los Reyes Magos
no existían. Yo no me lo creí pero la idea estuvo rondándome varios días por
lo que, aprovechando un día que había ido al dentista con mi madre y mi hermano
no estaba, se lo pregunté. Mi madre me contó que grité tanto que todo el
autobús me oyó y se giró. Titubeó unos segundos avergonzada sin saber qué
contestar ante las indiscretas miradas de la gente.
Dos años después, cuando tenía once, a las
chicas de mi clase empezaron a crecerles los pechos y el pelo púbico, pero a mí
no. Cuando nos desnudábamos en los vestuarios observaba con envidia algunos
tímidos pelos que les aparecian en axilas e ingles mientras que mi piel seguía
igual de lampiña.
Los chicos, en cambio, empezaron a
desarrollarse más tarde, aunque algunos se saltaron la fase de latencia. Se
dedicaban a levantarnos las faldas cuando nos inclinábamos para beber de la fuente.
Y nosotras, que experimentábamos el pudor por primera vez, alisábamos
rápidamente la tela para que la ropa interior no se nos viera.
Recuerdo la ingenuidad con la que miraba el
mundo y lo pequeño que era para mí, resumiéndose a aquel patio donde crecí
durante nueve años.
Desde que dejé el colegio no he vuelto a
pisarlo jamás. De hecho, ningún niño lo ha hecho, pues lo cerraron al año
siguiente.
Actualmente es un centro de formación de
profesores. Ahora es un colegio sin niños.
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