Las dos voces aparecieron
mientras veía el telediario, tan agudas al principio que pensó que era un
simple pitido localizado a ambos lados de la cabeza.
La voz de la sien derecha
fue la primera en articular algo entendible. Fue durante el repaso de la cartelera,
cuando anunciaban las películas que estrenaban aquella semana.
Concha, paralizada por el
miedo, escuchaba sin saber qué hacer. La voz iba comentando cada
película, aportando datos sobre el director de cada film, repasando las
críticas que diferentes medios habían realizado y, finalmente, exponiendo qué
era lo que esperaba de cada una de ellas.
Concha no entendía por qué
aquella voz había aparecido en lo más hondo de su cerebro, pero lo que más le
inquietaba era el porqué le hablaba de cine.
Y se lo preguntó.
— Porque eres una
ignorante. No entiendes nada de cine y deberías empezar a interesarte por él.
La voz comenzó a
enumerarle los grandes clásicos del cine y recalcó la necesidad de conocerlos.
Desde la horripilante ‘La parada de los monstruos’ hasta la dulce obra de ‘El
apartamento’.
Aquella voz era una
experta sobre el cine de primera mitad de siglo.
Entonces, la segunda voz
apareció.
— El cine de los 50 está
desfasado. Las mejores producciones son las de finales de siglo — contestó
notablemente enfadada.
Las voces comenzaron a
discutir entre ellas sobre qué periodo, película o director era el mejor.
— Casablanca — exclamó la
voz de la sien derecha.
— ¡Sobrevaloradísima!
—gritó la de la sien izquierda—. Es la trilogía de El Padrino, sin duda.
Concha seguía escuchando
la batalla que estaba teniendo lugar en su cabeza sin ser ella partícipe.
— Que opine ella —sugirió
la voz izquierda.
Concha abrió la boca
temerosa y musitó que no las había visto.
Las voces empezaron a
reprenderla al unísono, como si fuera un delito no conocerlas.
Las voces continuaron
discutiendo toda la noche y parte del día siguiente. Concha ya se había
acostumbrado a ellas y no les hacía caso, pero la continua charlatanería le
empezaba a provocar un intenso dolor frontal.
Aquel martes había bajado
a Valencia para realizar unas compras. Había recorrido todas las tiendas de la
calle Colón y el Bulevar, estaba agotada. Se le habían hecho las nueve y media
de la noche y decidió volverse a casa. Esperaba en la parada del autobús cuando
una de las voces gritó:
— ¡Casablanca!
Concha dirigió la mirada a
los paneles luminosos del cine de la acera de enfrente.
— No, no. Me duele la
cabeza. Quiero irme a descansar.
Las voces empezaron a
gritar de nuevo. ¿Cómo podía desaprovechar la oportunidad de ver Casablanca en
pantalla grande? Insistieron hasta que ella aceptó. Concha accedió con la
condición de que se callaran hasta el día siguiente.
Se sentó en las filas de
detrás con las bolsas de la compra. Comenzó la proyección.
El silencio de las voces
cinéfilas no duró más de diez minutos. Se levantó enfadada aunque le ordenaron
que se quedara.
— ¡Callad! ¡Callad!
Abrió la primera puerta
que encontró, se metió y cuando iba descendiendo las escaleras se dio cuenta de
que se había dejado las bolsas en la butaca. Corrió hacia arriba para intentar
que la puerta de emergencia no se cerrara pues no podría abrirla desde fuera.
Entonces resbaló.
Descendió toda la escalera. Cuando llegó al final, las voces habían desaparecido. Las tres.
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