domingo, 24 de julio de 2016

Cuídate

El cielo ennegrece mientras seguimos cogidos de la mano. No nos decimos nada. Ni tan siquiera nos miramos. Ambos contemplamos como el Sol baja para esconderse. Podríamos haber aprovechado esta última tarde para estar en mi cama, pero aquí estamos, en las rocas de esta playa, viendo como atardece. Viendo como los minutos se nos acaban sin poder hacer nada. 

¿Qué podría decirte? Ya da igual lo que quiera decirte. No va a cambiar nada. Solo va a producirnos más daño. Solo serán palabras de dolor. Prefiero ver el mar donde refractan los últimos rayos de sol, el último reflejo de nosotros dos. 

Tu labio inferior tiembla al ritmo de las olas. Tu ceño se frunce y me sueltas para limpiarte la tímida lágrima que resbala por tu mejilla. Y vuelves a cogerme de la mano, esta vez más fuerte, más sincera. Pero sigues sin hablar. Y yo sigo sin poder estar a la altura de la situación.

Son las nueve. Te tienes que ir pero te suplico que me hagas un favor: quédate hasta que anochezca. 

Cumples mi último deseo. Te miro de reojo. Qué tristes tus ojos esta noche. Qué tristes.

Andamos hasta el punto donde nuestros caminos se separan en todos los sentidos. Uno enfrente del otro y seguimos sin poder articular palabra. Entonces estiras tu mano para coger la mía. Esta vez de una manera suave, tierna, ligera, como el amor de verano. Deslizas el pulgar de arriba a abajo, como diciéndome en código morse que me quieres. Te doy un último beso en la mejilla. 

Y aunque tu mano aún sostenga la mía, ya siento que te has ido.

Cuídate.






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