jueves, 22 de septiembre de 2016

La ruleta hipocrática

El tambor de un revólver tiene varias recámaras donde se aloja la munición. En la ruleta rusa se hace girar con una sola bala. Si en tu turno la recámara cargada se alinea con el cañón y aprietas el gatillo, mueres. Ahí termina el juego, tanto para ti como para los demás. 
La ruleta hipocrática puede parecer idéntica en un primer momento pero es totalmente diferente. Se sustenta en los mismos pilares: es un juego de azar potencialmente mortal en el que se apuesta muchísimo dinero. Pero si pierdes es peor, mucho más que la rusa. 

Y habrá quien se pregunte ¿qué puede haber peor que la muerte? Y os contestaré que muchas cosas. ¿Que cómo lo sé? Porque las he vivido.

Ahora os preguntaréis en qué consiste la ruleta hipocrática. 

Y antes de contestaros lanzaré una advertencia. Si estimáis vuestra tranquila vida olvidadlo todo, no busquéis respuestas, ni se os ocurra meteros en cualquier buscador de internet para solventar la duda. Ignorad vuestra curiosidad, olvidad la palabra y olvidadme a mí. 
Pero si aún así preferís saberlo, si lo ansiáis más que cualquier cosa, a pesar de que rompa todos los esquemas morales habidos y por haber, adelante. Yo seré quien dé la patada para tirar los cimientos de vuestra realidad.

Y para ello necesito que abráis la mente.

Imaginad. 

Imaginad que estáis en uno de esos congresos de médicos que realizan en tu ciudad cada pocos meses y que allí van las figuras más destacables de la medicina interna, cirugía cardiovascular o hematología. 
Imaginad que después de decenas de ponencias, descansos para el café y mesas redondas, deciden juntarse todos en un salón para apostar dinero, muchísimo dinero. Más de lo que podríais ganar en toda vuestra vida.
Imaginad que hay una mesa central con ocho personas sentadas a su alrededor, que encima hay una ruleta con ocho orificios.
Imaginad que cada orificio contiene una jeringa, que siete de ellas contienen suero fisiológico y que la restante tiene una enfermedad mortal.
Imaginad que la ruleta gira y con ella los inyectables, que cuando el disco para, cada persona estira el brazo para coger la jeringa que le ha tocado. Que introduce la aguja en su brazo, aprieta el émbolo y el líquido pasa a circulación sistémica.
Imaginad que una de esas ocho personas morirá en menos de una semana.
Imaginad que la persona en cuestión desconoce que es la infectada.
Imaginad que ni tan siquiera los médicos lo saben.

Si lo imagináis todo os haréis una leve idea de qué es la ruleta hipocrática. Porque esto solo es la primera parte.

Los días siguientes son lo más parecido al infierno que podáis imaginar. Esas ocho personas no dormirán, tenedlo presente. Empezarán a tener síntomas de todo tipo: erupciones en la piel, diarrea, dolores, mareos, vómitos, escalofríos, asfixia, parálisis muscular, temblores, frío, calor… Cada uno aislado en una habitación, siendo monitorizado por decenas de médicos, viendo como la persona sufre.
Pasada la noche empiezan las apuestas. Cada médico apuesta por un paciente y sugiere un diagnóstico: gripe española, SRAS, viruela, cólera, peste… Cada día que pasa las apuestan suben y los pacientes empeoran. Aunque no estés infectado tu mente juega contigo. Te pasas las 24 horas aislado del mundo, el único contacto que tienes es el enfermero que pasa tres veces al día para traerte la comida, cambiarte las sábanas y realizarte diferentes pruebas. Tú desconoces si tu electrocardiograma es normal, si la presión es constante, si el resultado de tu espirometría está en el rango fisiológico. No cruzan ni una palabra contigo durante los días que estás interno. Te los imaginas al otro lado del cristal anotando en sus libretas y tablets, emocionados, casi al borde del orgasmo, discutiendo entre ellos. Imaginas cómo sus bocas se abren realizando sus diagnósticos y de repente escuchas algo. Oh dios mío, ¿han dicho que tengo fiebre amarilla? Pero al final, como todo, es producto de tu mente. El único sonido que llega a tus oídos es el zumbido del aire acondicionado. 

Durante días rezas para que esta no sea tu última espiración. Y maldices. Sobre todo maldices. En esos momentos te importa una mierda el dinero que te han prometido por jugar. Lo darías todo por salir de ahí, sano. 
Entonces, cuando al octavo día el Congreso llega a su fin, tu puerta se abre. Sales al exterior por primera vez en más de una semana. Das gracias por seguir vivo. Tuviste la suerte de no inyectarte la muerte. Seis personas estarán en tu misma situación, seis personas desconocidas a las que te unirá por siempre la buena estrella. Pero habrá una que no. Una persona que no corrió la misma suerte que vosotros y que posiblemente su cuerpo sin vida esté a merced de carroñeros con batas blancas. 
Deseas que mueran de la manera más cruel posible, que sufran la peor tragedia imaginable, que ojalá los encierren de por vida y les arrebaten la licencia para ejercer. Te horroriza que esas personas vuelvan a su trabajo como si nada, que cientos de sus pacientes pongan sus vidas en sus manos creyéndoles ángeles en la tierra.
Pero no dirás nada. Porque ese era el trato. Recoges tu dinero y te marchas. Si abres la boca te harán desaparecer del mapa.
Entonces el mundo nunca será igual para ti. 

¿Recuerdas esos brotes de fiebre hemorrágica o de ébola que según los medios habían aparecido de la nada? Después de esto empezarás a atar cabos.
Verás a ese médico famoso que decide pasar el verano en un país tercermundista operando gratis, a aquella médica joven que ha encontrado un nuevo tratamiento para el Alzheimer o a ese médico jubilado que ha salvado a un niño durante un vuelo transatlántico, y no te creerás nada. Sabrás que es todo fachada. Puros formalismos. Sabes a lo que en verdad se dedican, cómo disfrutan provocando la muerte. 

Y algunos los justificaréis diciendo que era todo fruto del azar, que tú mismo decides participar en el juego, que ellos no introdujeron la aguja.
Y puede que tengáis razón. 

Pero el día que estéis delante de esa ruleta, viendo como gira, os daréis cuenta de que la persona que colocó esa jeringa infectada tiene nombre y apellidos. Y un título de medicina.

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