Habíamos quedado a las tres pero yo llegaba tarde, como de
costumbre.
J, K y L me esperaban en el callejón. K tenía la rodilla
flexionada y apoyaba una de sus botas militares en la pared de ladrillo. En cuanto me vio tiró la pava que tenía entre los labios.
Estaban fumándose un canuto. No pude verlo porque se deshizo de él antes de que
estuviera lo suficientemente cerca, pero su olor no había
desaparecido. K tenía una mueca de pavor; sabían lo que opinaba de las drogas y
lo tajante que había sido respecto a su consumo. Sabían que posiblemente les
caería una buena tunda por haberme desobedecido y apretaban el culo esperándola.
Pero esta vez no fue así, me limité a levantar el mentón en señal de saludo. Ver sus
caras de miedo esperando mis golpes era una delicia, pero el desconcierto de
no recibirlos era aún mejor.
— ¿Has traído lo que te pedí?
L asintió. Sacó de su bolsillo un cilindro metálico de no
más de diez centímetros. Cuando lo tuve en la mano palpé su peso y forma. Era
ligero y liso, aparentemente inofensible. Entonces, con un movimiento rápido, desplegué el cachibache. Era una porra extensible preciosa. No pude evitar la
tentación de llevármela a la boca y lamer su superficie fría.
— Perfecta, perfecta. Buen trabajo.
Miré el reloj, las tres y media. Era la hora. Hice un gesto
con la cabeza y entendieron que empezaba la caza. Nos pusimos los antifaces y
salimos del callejón. No hizo falta indicar la dirección, sabíamos dónde
teníamos que ir.
Aquella noche, después de cinco años, vengaríamos su muerte. No solo
iríamos a por los culpables, pagarían todos aquellos que habían hecho posible
esta sociedad desigual e injusta que había provocado la muerte de M. Pero no
solo era por M, sino por todos los alienados: transexuales, homosexuales, mujeres y niños que no eran más que esos juguetes de trapo con los que los
hombres juegan cuando se aburren de su vida —supuestamente— ejemplar, con los que
se despachan a golpes y escupitajos, señalándoles con el dedo y riéndose de
ellos mientras aún tienen la polla dentro de alguno de sus agujeros.
Cuando llegamos al prostíbulo les dije que se callaran. Nos paramos en la
esquina y esperamos en silencio.
Oímos unos pasos acompañados de carcajadas. Por el tono de
sus voces y el contenido de la conversación supuse que iban borrachos.
Eran dos hombres de poco más de
cuarenta años. Se movían a trompicones mientras gritaban como orangutanes en
celo. La tenue luz de la farola no nos alumbraba así que no se percataron de
que estábamos allí. Salí yo primero y me aseguré de que no había nadie más en
la calle.
— Eh, vosotros.
Los orangutanes se giraron y empezaron a reírse aún más
fuerte cuando me vieron.
— No estamos en carnaval, ¿de qué vas disfrazado? —dijo el calvo entre carcajadas.
J, K y L salieron de las sombras y se pusieron a mi lado.
Agitaban sus armas, todas nuevas para la ocasión. El calvo reparó en ello y
dejó de reírse. El otro, intentando parecer calmado, intervino:
— Tíos, no queremos gresca. No hemos hecho nada.
Incliné la cabeza y sonreí. Entonces me quité el antifaz y
les miré.
— No somos tíos.
Que fuéramos mujeres les tranquilizó. Una sonrisita
estupida apareció en sus caras, como si se sintieran aliviados porque nosotras
no éramos capaces de hacerles daño. No me ofendió en absoluto, estaba
acostumbrada a ese tipo de prejuicios, a que no me tuvieran miedo. Parecía que ser
XX te hacía inofensiva. Qué equivocados estaban.
Me puse de nuevo el antifaz y desplegué mi juguete nuevo.
Pegué repetidamente con el extremo de la porra en la palma de mi mano.
— No os hemos hecho nada —dijo el calvo, poniéndose
ahora un poco más nervioso.
— Pero a otras sí. Esto es un adelanto, como una especie de justicia divina por lo que vosotros, los hombres, nos habéis hecho pasar.
Echaron a correr. Nosotras fuimos detrás.
Bulla bulla, sangre sangre. Qué salpique!
ResponderEliminarJajajaj. Gracias por leerlo y comentar, Esteve. Un beso.
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