Aunque te sujete la cara y te obligue a dirigir la vista hacia el punto correcto, no notas nada; has perdido la mirada.
Te pregunto qué es lo que ves porque tus ojos son dos centinelas que me impiden el paso. El reflejo que se forma en ellos ha cambiado: las líneas, círculos y cuadrados se vuelven deformes bajo su prisma.
Entonces, cuando tu boca se abre, las palabras se desparraman por la habitación como un huracán. Son tan afiladas que me arañan en los brazos y las mejillas y, aunque no sangre, el corte ha dejado cicatriz. Algunas han caído encima de la mesa.
Entonces, cuando tu boca se abre, las palabras se desparraman por la habitación como un huracán. Son tan afiladas que me arañan en los brazos y las mejillas y, aunque no sangre, el corte ha dejado cicatriz. Algunas han caído encima de la mesa.
Aunque intentes recogerlas para esconderlas de nuevo, se deshacen en tus manos.
Aunque las barras, siempre quedará algún grano de arena.
No dejas entrar el Sol para que ilumine esas cuatro paredes grises donde ahora vives. Fuera hace un buen día, te lo juro, yo nunca te miento.
Por favor, abre las ventanas, sube las persianas. Deja que la brisa levante todo el polvo y se lo lleve.
Deja que la tormenta se disperse, por favor.
Déjala salir.
Porque está empezando a llover dentro de mí.

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