Hoy he vuelto al campo.
Cuando he aparcado, papá ya estaba en la puerta saludándome
con la mano. Nada más verme me ha llevado a la parte trasera de la casa, donde
ha plantado un huerto. Había tomates, lechugas, calabazas, calabacines,
melones, sandías, naranjas, nísperos… Se ha agachado con dificultad y ha cogido
entre sus manos el primer pimiento que había crecido. Le ha limpiado el polvo
con el dorso y me lo ha mostrado. Sonreía como un niño con un juguete nuevo.
Me ha enseñado a recoger agua con la bomba para que cuando
él falte yo supiera hacerlo. Se ha metido en la acequia y ha introducido el
artefacto, luego me ha indicado cómo arrancar el motor.
Me ha dicho que él se quedaba regando y después haría la
comida, que saliera a pasear si quería. Le he contestado que bajaría hasta la
fuente.
Los perros de la casa de enfrente han empezado a ladrar
cuando he cerrado la puerta. Me he aproximado a ellos y se han alterado. Daban
vueltas sobre sí mismos y me aullaban con fuerza. Cuando les he acercado la
mano para que la olieran se han calmado. Sacaban el hocico por los huecos de la
verja y me han lamido los dedos. El dueño me ha saludado desde el porche.
Después me han seguido mientras rodeaba el recinto, pero ya no hacían ruido.
Conforme avanzaba, las casas desaparecían, solo estaba la
carretera y los campos de naranjos. Solo silencio. Bueno, el silencio del
campo: grillos cantando, pájaros revoloteando entre las ramas de los árboles,
serpientes deslizándose por los arbustos,
lagartijas corriendo de un lado a otro de la calzada, avispas y abejas
zumbando entre las flores… Pero ningún sonido humano salvo mis pisadas.
Entonces ha venido a mi mente el ruido de la Vespino de
papá. Era una moto viejísima que siempre se enganchaba al ponerla en marcha. Se
gastó más dinero en arreglarla que en comprar una nueva, pero aun así nunca la
cambió. Le tenía mucho cariño a ese trasto azul. Yo también se lo guardaba. Con
ella íbamos a recoger leña mientras mamá preparaba la cena. Subíamos hasta lo
más alto de la montaña y él cortaba un par de ramas para encender la chimenea
por la noche, donde nos reuníamos los tres para jugar a las cartas hasta las
tantas. Fue la primera moto que conduje. Ilegalmente, claro. Yo tenía quince
años y no me había sacado el carné. También la utilizaba como bicicleta cuando
se le acababa la gasolina pues tenía pedales.
He seguido avanzando hasta que he visto la casa derruida. La
han reformado. Han levantado un enorme cortijo respetando la fachada de la
antigua construcción. Desde lo lejos se veían figuras borrosas que corrían de
un lado a otro. Debían de ser niños. Yo también corría por allí muchos años
atrás cuando estaba abandonada. Subía las escaleras de piedra hasta el primer piso
y mamá gritaba que bajara, que me caería. Les amenazaba con botar desde allí y ella
se ponía histérica.
— ¡Ni se te
ocurra!
Yo hacía ademán de saltar y a mamá se le escapaba un grito
de horror. Papá se reía y yo con él. Bajaba rápidamente hasta donde estaban mis
padres y me lanzaba a sus brazos. Mamá sacudía la cabeza aguantándose una
sonrisa.
Antes de llegar al final del trayecto me he parado en el
recinto donde tienen a las vacas y los mansos. El ruido de los cencerros me ha
erizado el vello de todo el cuerpo. Hacía tanto tiempo que no lo escuchaba. De
pequeña me encantaba acariciar las vacas y sus terneros, recorrer con las yemas
de los dedos el contorno de sus manchas como si yo misma las dibujara.
He vuelto a la carretera y la he seguido hasta el final.
Allí se alzaba la casa, tan acogedora como recordaba. La pareja que vivía allí
cuando yo era pequeña cuidaba la fuente. La mujer decoró con mucho mimo cada
detalle de aquel sitio, llenó el suelo de mosaicos de azulejos de colores y
todos los días llevaba vasos limpios cerca del surtidor para que los visitantes
bebieran.
El hombre, en cambio, tenía un ganso que se encargaba de
vigilar las gallinas y asustar a los extraños. Pepe, que era su nombre, estaba
amaestrado. Era un animal listísimo. Me daba muchísimo miedo cuando desplegaba
las alas y graznaba. Me escondía tras las faldas de mamá y el viejo se reía.
Nos contaba que aunque Pepe tuviera muy mal humor era muy bueno, que incluso le
traía las zapatillas de ir por casa, que se creía un poco perro.
Hoy ya no había gallinas y Pepe tampoco estaba. Ni la
pareja. El hombre enfermó de Alzheimer hacía un par de años y tuvieron que
vender la casa para trasladarse a la capital. Ahora vivía allí un matrimonio
inglés.
He bebido agua directamente del grifo, ya no había vasos. He
subido la rampa y he vuelto a la calzada. Tocaba deshacer camino.
Cuando he llegado a casa un humo gris ascendía desde el
paellero. Papá estaba dándole la vuelta a la carne.
— Enseguida
estará lista. ¿Vas preparando la ensalada?
En mis manos ha dejado un par de tomates y cebollas, recién cogidas de nuestro huerto.
En mis manos ha dejado un par de tomates y cebollas, recién cogidas de nuestro huerto.
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