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viernes, 23 de septiembre de 2016

El duelo

He sido elegido para defender el honor de las fuerzas del orden y dar muerte, al fin, a este personaje desagradable que se hace llamar Blasco Ibáñez.
Puede que en otras circunstancias él venciera este duelo, pues cada uno tiene su arma y sabe manejarla bien: él, la pluma; yo, la pistola. Pero hoy no estamos en el Congreso o en la redacción del periódico. No. Aquí es donde los verdaderos hombres arreglan los problemas y defienden su honor.
Aparece a la hora acordada, con una leve sonrisa en los labios, acompañado de dos hombres. ¿De qué se reirá este patán? Se cree invencible, pero aquí sus palabras no tienen valor. Aquí es el revólver el que decide.

— Aún puede retractarse, señor — le dice uno de sus acompañantes.

Suelta una carcajada pero no responde a su padrino.

— Haz caso al muchacho. Los hombres de letras tenéis la costumbre de agitaros por todo. Ten claro que yo no te sacudiré como mi compañero.

El reloj marca las seis en punto. El duelo comienza.

Veinticinco pasos son los acordados. 
Comenzamos a avanzar, cada uno en una dirección. Mi estómago sigue cerrado y la mano me tiembla ligeramente. Este idiota no ha manejado un arma de fuego en su vida, tengo ventaja, pero el miedo sigue creciendo con cada zancada. Respiro profundamente en el último paso y sujeto con fuerza la culata de mi arma.
Nos giramos. 
Yo he elegido el arma, por tanto, él es el primero en disparar.
Cierro los ojos. La detonación no se hace esperar. 
Cuando los abro veo el cañón de su pistola apuntándome, pero no ha tenido suerte. 

Me toca.

Levanto la mano, ya blanca debido a la fuerza con la que sujeto el mango, y disparo. Tiemblo en el segundo que aprieto el gatillo y la trayectoria se desvía ligeramente. Una nube de polvo se levanta junto a su pie izquierdo.
Entonces me quedo paralizado. He fallado. 
Blasco no me ha quitado la mirada de encima desde el comienzo. Parece tan sorprendido como yo y debido a los nervios, me responde sin acabar de fijar un punto claro. El aire vuelve a tragarse la bala, pero esta vez pasa cerca de mi oreja con un sutil silbido.
Mantengo la respiración.
Es mi último intento.
La próxima no fallará, lo sé.
Acarició el tambor de mi vieja pistola y ruego en silencio que este sea el tiro de gracia. Levanto la boca del arma y apunto de nuevo a mi adversario. Sus acompañantes se muestran agitados pero él intenta mantener la compostura, aunque un ligero tembleque en las piernas lo delata. Está tan asustado como yo.
El martillo se acciona.
Durante una fracción de segundo estamos ambos en manos del azar. Durante una fracción de segundo reina la incertidumbre. La muerte aún no ha decidido a quién se llevará.

Entonces cae al suelo.

Los dos hombres corren a su lado y yo me quedo parado, observando. Desabotonan la chaqueta y la camisa, buscando la sangre y la herida, deseando que no haya tocado ningún órgano vital y que pueda salir de ésta. 
Los minutos pasan y no veo ninguna mancha que tiña su ropa. Me inquieto. Me acerco con paso ágil con la pistola aún en mano.
Entonces noto el odio subir por mi cuerpo y asentarse en mi garganta. Voy a gritar pero un nudo me lo impide. Me giro y corro hasta mi padrino. Le arreo con la culata de la pistola en la cara.
Cae de espaldas y se lleva una mano a la mejilla herida.

— Pedazo de subnormal —grito—, tu único deber era vigilar que se cumplieran las reglas del duelo. ¡Mira, mira!

Señalo al grupo de gente que se ha formado al otro lado de la plaza. Entre dos hombres consiguen levantar a Blasco Ibáñez, descamisado y con el pecho sin un solo rasguño.

Algo en su cinturón provoca un destello cuando un tímido rayo de sol incide sobre él. En medio de la hebilla metálica, una bala incrustada.

martes, 19 de julio de 2016

A veces te mataría

A veces, cuando te agachas para atarte los zapatos, pienso en reventarte el cráneo. 
Me imagino que cojo esa figura horrorosa que te regaló tu hermana y te la estampo en la cabeza. Te daría un único golpe, sabes que soy de un solo movimiento. Puedo oír el sonido que haría tu hueso occipital al quebrarse y cómo se astillaría en tu cerebro.

A lo mejor así se te borrarían todas las memeces que tienes en la cabeza. Porque solo sueltas tonterías. Porque eres estúpido.

A lo mejor así me libro de ti y de tu odiosa familia. 

Sois todos igual de insoportables, desde la asquerosa de tu madre hasta los monstruos de tus sobrinos. Sois insufribles. 

Tu madre siempre tiene algo que decir de todo lo que hago: que si he engordado, que si el pollo está seco, que si la casa está desordenada, que a ver cuando tenemos hijos que se me pasará el arroz... Parece que viva para criticar todo lo que me rodea. Pero siempre será mejor que tu hermana. 

Tu hermana es un ser pusilánime a la sombra de su marido. Solo vive para criar a sus hijos, que a lo único que se dedican es a mirar el móvil y quejarse. Mamá, tengo hambre. Mamá, quiero irme a casa. Mamá, esto no me gusta. Mamá. Mamá. Mamá. Arghh. Alguna vez me ha tentado el darles un bofetón y quitarles la tontería de encima. Te juro que lo haría encantada pero sé que tendría problemas con su marido. 

Y qué decir de su marido. Su único interés es el dinero. Todo el día hablando de herencias, propiedades o sueldos. Me lo imagino rezando cada noche para que tus padres se mueran pronto y pueda quedarse con su piso, la casa de Pontevedra y el bajo que tienen en Madrid. Además, es un agarrado y un jodido machista. En su vida se ha gastado un solo céntimo en alguien que no sea él. Y tú tan idiota siempre invitándoles a cenar, que si el vino lo pongo yo, que si las estrenas para tus sobrinos las damos nosotros. ¿Y ellos qué? Una insulsa batidora nos regalaron por la boda. Una batidora que sigue en la caja de cartón. Es un insulto que el día —supuestamente— más importante de nuestras vidas tu familia decida regalarme una batidora. ¿Eso piensan que soy? ¿A eso me resumo? ¿Al sujeto que pone en marcha un cacharro para triturar comida?

Pero tu padre sí que es un misógino de manual. Aunque tu madre se suba mucho cuando estamos delante, él es quien la domina. Haz esto. Haz lo otro. Mientras, él sienta su enorme culo en el sofá y desde su sitio privilegiado empieza a darnos órdenes a todos. Incluso a mí. ¿Quién se cree él para mandarme? ¿Y cuando te dice que me tienes muy suelta? Como si yo fuera un perro al que amaestrar. 

Pero sin duda lo que más detesto es esa horrible manía que tiene tu familia de pensar que las personas somos objetos que pueden usar a su gusto. Me horroriza. 
Por eso decidí hace tiempo que no traería al mundo un hijo mío con tu apellido. Me niego a darle la vida a otro ser despreciable. 

Por eso, a veces, cuanto te agachas, pienso en deshacerme de ti y de todo lo que te rodea. Porque si no lo hago la que acabará matándose seré yo. Porque no aguanto más. 

Te daría un único golpe, sentirías un intenso dolor, pero sería muy breve. Te lo juro. Tengo buena puntería.

A veces acerco la mano y sostengo la figura pero el brazo me tiembla. La levanto en el aire unos segundos pero enseguida empieza a pesar cientos de kilos, toneladas, y tengo que dejarla en su sitio. El corazón empieza a latirme tan rápido y con tanta fuerza que me ametralla. Palidezco y sudo. 
Entonces siempre te levantas y me dices que me notas extraña. Y me das un beso. Uno de tus besos que me saben a mierda.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Sociedad XX

Habíamos quedado a las tres pero yo llegaba tarde, como de costumbre.
J, K y L me esperaban en el callejón. K tenía la rodilla flexionada y apoyaba una de sus botas militares en la pared de ladrillo. En cuanto me vio tiró la pava que tenía entre los labios. Estaban fumándose un canuto. No pude verlo porque se deshizo de él antes de que estuviera lo suficientemente cerca, pero su olor no había desaparecido. K tenía una mueca de pavor; sabían lo que opinaba de las drogas y lo tajante que había sido respecto a su consumo. Sabían que posiblemente les caería una buena tunda por haberme desobedecido y apretaban el culo esperándola. Pero esta vez no fue así, me limité a levantar el mentón en señal de saludo. Ver sus caras de miedo esperando mis golpes era una delicia, pero el desconcierto de no recibirlos era aún mejor.

— ¿Has traído lo que te pedí?

L asintió. Sacó de su bolsillo un cilindro metálico de no más de diez centímetros. Cuando lo tuve en la mano palpé su peso y forma. Era ligero y liso, aparentemente inofensible. Entonces, con un movimiento rápido, desplegué el cachibache. Era una porra extensible preciosa. No pude evitar la tentación de llevármela a la boca y lamer su superficie fría.

— Perfecta, perfecta. Buen trabajo.

Miré el reloj, las tres y media. Era la hora. Hice un gesto con la cabeza y entendieron que empezaba la caza. Nos pusimos los antifaces y salimos del callejón. No hizo falta indicar la dirección, sabíamos dónde teníamos que ir.

Aquella noche, después de cinco años, vengaríamos su muerte. No solo iríamos a por los culpables, pagarían todos aquellos que habían hecho posible esta sociedad desigual e injusta que había provocado la muerte de M. Pero no solo era por M, sino por todos los alienados: transexuales, homosexuales, mujeres y niños que no eran más que esos juguetes de trapo con los que los hombres juegan cuando se aburren de su vida —supuestamente— ejemplar, con los que se despachan a golpes y escupitajos, señalándoles con el dedo y riéndose de ellos mientras aún tienen la polla dentro de alguno de sus agujeros.

Cuando llegamos al prostíbulo les dije que se callaran. Nos paramos en la esquina y esperamos en silencio.
Oímos unos pasos acompañados de carcajadas. Por el tono de sus voces y el contenido de la conversación supuse que iban borrachos.
Eran dos hombres de poco más de cuarenta años. Se movían a trompicones mientras gritaban como orangutanes en celo. La tenue luz de la farola no nos alumbraba así que no se percataron de que estábamos allí. Salí yo primero y me aseguré de que no había nadie más en la calle.

— Eh, vosotros.

Los orangutanes se giraron y empezaron a reírse aún más fuerte cuando me vieron.

— No estamos en carnaval, ¿de qué vas disfrazado? —dijo el calvo entre carcajadas.

J, K y L salieron de las sombras y se pusieron a mi lado. Agitaban sus armas, todas nuevas para la ocasión. El calvo reparó en ello y dejó de reírse. El otro, intentando parecer calmado, intervino:

— Tíos, no queremos gresca. No hemos hecho nada.

Incliné la cabeza y sonreí. Entonces me quité el antifaz y les miré.

— No somos tíos.

Que fuéramos mujeres les tranquilizó. Una sonrisita estupida apareció en sus caras, como si se sintieran aliviados porque nosotras no éramos capaces de hacerles daño. No me ofendió en absoluto, estaba acostumbrada a ese tipo de prejuicios, a que no me tuvieran miedo. Parecía que ser XX te hacía inofensiva. Qué equivocados estaban.
Me puse de nuevo el antifaz y desplegué mi juguete nuevo. Pegué repetidamente con el extremo de la porra en la palma de mi mano.

— No os hemos hecho nada —dijo el calvo, poniéndose ahora un poco más nervioso.

— Pero a otras sí. Esto es un adelanto, como una especie de justicia divina por lo que vosotros, los hombres, nos habéis hecho pasar.

Echaron a correr. Nosotras fuimos detrás.