domingo, 25 de diciembre de 2016

Retazos

Recuerdo correr por los pasillos del colegio con mis compañeros cuando el timbre sonaba y bajar los últimos tres escalones de un salto. Queríamos ser los primeros en llegar al campo de fútbol para que los chicos de los cursos superiores no nos lo quitaran. Casi veinte jugadores por equipo: un portero, más de siete defensas y el resto, delanteros. Los conflictos entre clases se resolvían con un partido. 
Otras veces, cuando no llegábamos a tiempo, nos tocaba entretenernos con otras cosas. Entonces el patio se transformaba en un escenario y nosotros, en actores. Me río yo de estos nuevos teatros de improvisación sin escenografía. Durante la media hora del recreo fui madre, bailarina, cantante, caballo o astronauta. Las mejores obras se representaron entre aquellos muros.
Cuando nos cansábamos de hacer aquellos teatrillos buscábamos otras formas de distraernos. Cada ciertos meses se ponía de moda algún juguete nuevo y todos, como copias, jugábamos a lo mismo: canicas, chapas, tazos, gogos, cartas magic, tamagotchis… El patio se llenaba de círculos de niños. Nos reuníamos alrededor de los afortunados que tenían los juguetes nuevos observando cómo los utilizaban, juntando tanto las cabezas que parecía que la diversión fuera a transmitirse por ósmosis. Tal vez por eso siempre había epidemias de piojos.

La idea de contagiarme me provocaba mucha ansiedad. Tenía el pelo largo y rizado, por lo que sufrirlos era un calvario. Lloraba como una descosida cuando mi madre me rociaba la cabeza con esa loción que apestaba e irritaba los ojos. Pero lo peor eran los tirones que me daba cuando me desenredaba el pelo y pasaba la liendrera con esas púas tan juntas. Cuando me picaba mucho la cabeza y veía a algún compañero rascarse con insistencia el cuero cabelludo, se me formaba un nudo en el estómago al pensar la tortura que me esperaba al llegar a casa.

Por aquel entonces aún no conocíamos la aprensión o los escrúpulos. Reptábamos por el suelo, hacíamos figuras con barro, acariciábamos los gatos callejeros que se colaban por los huecos de las verjas o jugábamos con las babosas sin hacer una sola mueca de asco. Pero, lo que más disfrutábamos, era la pelusa blanca que aparecía cada mayo. El vilano de los chopos cubría el suelo como si fuera un manto de nieve, acumulándose en las esquinas, alcorques y bajo los bancos. Recogíamos un buen montón para lanzarlo al aire y girar bajo él. “Nieve, nieve”, gritábamos riendo. De vez en cuando aparecían algunas rojeces en el cuello provocadas por las pelusas que se colaban por la camiseta.

También recuerdo al primer chico que me gustó. Me viene a la mente su cara redonda y su nariz respingona. Llevaba unas gafas metálicas azules y un cordón que unía las patillas para que no se le perdieran, pues era un poco despistado. Se pasaba gran parte de las clases dormitando sobre la mesa porque se quedaba hasta tarde viendo la televisión, sobre todo los partidos del Valencia. Antes de que se cambiara de colegio me regaló el peluche de un personaje de Disney. Era un niño muy tierno e inocente.

Pero no todos los chicos de mi clase eran así.
Antes de las vacaciones de navidad de cuarto curso se les ocurrió la brillante idea de decirnos a todos que los Reyes Magos no existían. Yo no me lo creí pero la idea estuvo rondándome varios días por lo que, aprovechando un día que había ido al dentista con mi madre y mi hermano no estaba, se lo pregunté. Mi madre me contó que grité tanto que todo el autobús me oyó y se giró. Titubeó unos segundos avergonzada sin saber qué contestar ante las indiscretas miradas de la gente.

Dos años después, cuando tenía once, a las chicas de mi clase empezaron a crecerles los pechos y el pelo púbico, pero a mí no. Cuando nos desnudábamos en los vestuarios observaba con envidia algunos tímidos pelos que les aparecian en axilas e ingles mientras que mi piel seguía igual de lampiña.
Los chicos, en cambio, empezaron a desarrollarse más tarde, aunque algunos se saltaron la fase de latencia. Se dedicaban a levantarnos las faldas cuando nos inclinábamos para beber de la fuente. Y nosotras, que experimentábamos el pudor por primera vez, alisábamos rápidamente la tela para que la ropa interior no se nos viera.

Recuerdo la ingenuidad con la que miraba el mundo y lo pequeño que era para mí, resumiéndose a aquel patio donde crecí durante nueve años.
Desde que dejé el colegio no he vuelto a pisarlo jamás. De hecho, ningún niño lo ha hecho, pues lo cerraron al año siguiente.

Actualmente es un centro de formación de profesores. Ahora es un colegio sin niños.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Las voces

Las dos voces aparecieron mientras veía el telediario, tan agudas al principio que pensó que era un simple pitido localizado a ambos lados de la cabeza.
La voz de la sien derecha fue la primera en articular algo entendible. Fue durante el repaso de la cartelera, cuando anunciaban las películas que estrenaban aquella semana.
Concha, paralizada por el miedo, escuchaba sin saber qué hacer.  La voz iba comentando cada película, aportando datos sobre el director de cada film, repasando las críticas que diferentes medios habían realizado y, finalmente, exponiendo qué era lo que esperaba de cada una de ellas.
Concha no entendía por qué aquella voz había aparecido en lo más hondo de su cerebro, pero lo que más le inquietaba era el porqué le hablaba de cine. 
Y se lo preguntó.
— Porque eres una ignorante. No entiendes nada de cine y deberías empezar a interesarte por él.
La voz comenzó a enumerarle los grandes clásicos del cine y recalcó la necesidad de conocerlos. Desde la horripilante ‘La parada de los monstruos’ hasta la dulce obra de ‘El apartamento’.
Aquella voz era una experta sobre el cine de primera mitad de siglo.
Entonces, la segunda voz apareció.
— El cine de los 50 está desfasado. Las mejores producciones son las de finales de siglo — contestó notablemente enfadada.
Las voces comenzaron a discutir entre ellas sobre qué periodo, película o director era el mejor.
— Casablanca — exclamó la voz de la sien derecha.
— ¡Sobrevaloradísima! —gritó la de la sien izquierda—. Es la trilogía de El Padrino, sin duda.
Concha seguía escuchando la batalla que estaba teniendo lugar en su cabeza sin ser ella partícipe.
— Que opine ella —sugirió la voz izquierda.
Concha abrió la boca temerosa y musitó que no las había visto.
Las voces empezaron a reprenderla al unísono, como si fuera un delito no conocerlas.
Las voces continuaron discutiendo toda la noche y parte del día siguiente. Concha ya se había acostumbrado a ellas y no les hacía caso, pero la continua charlatanería le empezaba a provocar un intenso dolor frontal.

Aquel martes había bajado a Valencia para realizar unas compras. Había recorrido todas las tiendas de la calle Colón y el Bulevar, estaba agotada. Se le habían hecho las nueve y media de la noche y decidió volverse a casa. Esperaba en la parada del autobús cuando una de las voces gritó:
— ¡Casablanca!
Concha dirigió la mirada a los paneles luminosos del cine de la acera de enfrente.
— No, no. Me duele la cabeza. Quiero irme a descansar.
Las voces empezaron a gritar de nuevo. ¿Cómo podía desaprovechar la oportunidad de ver Casablanca en pantalla grande? Insistieron hasta que ella aceptó. Concha accedió con la condición de que se callaran hasta el día siguiente.
Se sentó en las filas de detrás con las bolsas de la compra. Comenzó la proyección.
El silencio de las voces cinéfilas no duró más de diez minutos. Se levantó enfadada aunque le ordenaron que se quedara.
— ¡Callad! ¡Callad!
Abrió la primera puerta que encontró, se metió y cuando iba descendiendo las escaleras se dio cuenta de que se había dejado las bolsas en la butaca. Corrió hacia arriba para intentar que la puerta de emergencia no se cerrara pues no podría abrirla desde fuera.
Entonces resbaló.
Descendió toda la escalera. Cuando llegó al final, las voces habían desaparecido. Las tres.



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Relato basado en esta noticia:

domingo, 6 de noviembre de 2016

Nada



Me siento en dirección contraria a la que circula el autobús. Apoyo la mejilla en la ventanilla y noto la vibración del motor. Miro cómo dejamos atrás la parada, los cruces, los semáforos, las calles, la gente. No puedo evitar cuestionarme si es así cómo concibo la vida, en dejar pasar el tiempo y observar. Mi mirada siempre está puesta en todo lo que dejo marchar y no me giro —ni me apetece hacerlo— para ver el camino que estoy recorriendo. No es por miedo, simplemente es falta de interés. No hay nada en él que despierte mi curiosidad. Pero lo que dejamos atrás sí que me importa. 

Veo a la gente caminar de aquí para allá y me preguntó qué les impulsará a hacerlo. ¿Qué les hace despertarse día tras día y seguir? ¿Qué les hace escoger un camino —y no otro— y no salirse de él?

No les entiendo y eso me apena.

Me apena porque no encuentro un solo motivo para levantarme otra mañana más e intentar progresar. Cada trayecto que creo escoger me parece aburrido y tedioso y, finalmente, lo abandono. No hay nada en este mundo que me empuje a hacer un solo movimiento. Nada me produce la suficiente ilusión. Incluso las sensaciones más primarias han desaparecido. Ni tan siquiera el hambre o el sueño me empujan a avanzar. Solo siento cansancio de dar pasos en falso, de pensar que nada vale la pena, que estoy estancada en arenas movedizas y que acabo hundiéndome por mucho que intente salir.

Observo la cara de los transeúntes, ajenos a los demás, tan inmersos en sus propias vidas que el resto solo somos extras completando la escena. Busco en sus ojos la respuesta a mis propias preguntas, ¿qué les hace tener tanta prisa? ¿tan valioso es su tiempo? Y si es así, ¿por qué el mío no vale nada? ¿qué nos hace tan diferentes?

Pero no encuentro contestación.

Todo son sombras negras que no paran de avanzar a mi alrededor. Supongo que ese es mi problema, el haberme parado. Porque cuando paras empiezas a notar que las piernas duelen, que la senda está llena de desniveles y no tienes ni la equipación ni la preparación adecuada para completarla. Empiezas a preguntarte si ha valido la pena empezarla.

Y me planteo por primera vez que morirme en este momento no me importaría, que no hay nada que pueda ofrecerme el futuro que me haga cambiar de idea.

Pero que no me importe morir no significa que quiera matarme. Tras ella solo hay un montón de nada. Y la nada me agobia, me entristece. ¿Qué hay peor que la sensación de vacío?

La muerte no me libra de ella. Pero la vida tampoco.


viernes, 28 de octubre de 2016

El viejo y el perro


Cuando el perro se despierta el viejo sigue durmiendo. Espera pacientemente, sin moverse, hasta que el viejo aparta las mantas y mete los pies en dos pantuflas gastadas. Cuando al fin se levanta y echa a andar a la cocina, el perro le sigue. El viejo se sienta frente a la mesa y el perro se tumba a sus pies. Le cae algún mendrugo de pan y un poco de queso, chorizo o jamón. El perro mastica con dificultad porque no le quedan casi dientes.

El viejo baja al pueblo y el perro le acompaña. Va a su lado, ambos llevan el mismo ritmo. El viejo cojea de la pierna izquierda y el perro imita el movimiento de su dueño arrastrando la pata trasera. El camino, aunque sea corto, se hace pesado para ambos y tienen que parar en varios puntos a descansar. 

El viejo llega al bar y entra. El perro, en cambio, se queda parado en la puerta sin necesidad de que el viejo se lo mande. Se recuesta junto a la entrada y espera. La gente del pueblo sale y entra, algunos se paran a acariciarle y rascarle detrás de la oreja pero el perro permanece impasible. Un grupo de niños se acerca y llama al perro pero éste los ignora. Los niños le gritan, se burlan de él y le tiran comida pero el perro sigue sin levantarse. Murmuran que está ciego y sordo, que no anda porque está muy gordo. Uno de los niños se acerca para hacerle una malicia, le intenta estirar de la oreja pero el perro es rápido y le muerde antes de que lo consiga. El niño mira su mano herida y la marca de los tres colmillos del perro, los únicos dientes que no le han caído todavía. Los niños corren y el perro sigue descansando hasta que el viejo sale. El perro le acompaña hasta casa.

Comen los dos juntos y pasan el resto de la tarde viendo películas del Oeste. Cenan sentados delante del televisor. 

A las diez, el viejo se levanta y va a la cama. El perro espera sentado a que el viejo se quite la ropa y se ponga el pijama. El viejo levanta con dificultad al perro, que está demasiado gordo, anciano y torpe para saltar al colchón. El viejo abre la cama, se mete dentro y, con el perro a sus pies, apaga la luz.

Juntos se duermen.

viernes, 14 de octubre de 2016

Joder, Eva

¿Qué ropa es la adecuada para un entierro? En las películas siempre van de negro, pero joder, todos sabemos cómo miente Hollywood. Aún así me he puesto un vestido negro. Me he visto demasiado oscura en el espejo y he utilizado un pintalabios rojo que había en el baño. 

Todos me han dado el pésame y me han dicho que sentían mucho lo de mi padre, que era un gran hombre. He sonreído y he aguantado en el tanatorio hasta el último apretón de manos. Luego lo han enterrado, pero yo ya no estaba allí porque he venido aquí, al bar de siempre. 

Este bar es el sitio que más me recuerda a él, donde le daré el último adiós. Era un jodido borracho. Pero un borracho inteligente. Se podía tragar más de medio litro de ron y el tío podía divagar sobre cualquier tema. Daba igual qué le preguntaras, siempre te daba una buena contestación. 

Mi padre me decía que si yo fuera un personaje de la Biblia sería la serpiente que convenció a Eva de morder el fruto prohibido. Le contestaba que tenía toda la razón y me reía para mis adentros al recordar aquella noche en el after, antes de enrollarnos, cuando te ofrecí un poco de coca. Aceptaste sin pensártelo, querías impresionarme y te metiste una buena raya en el baño conmigo. Cuando te dio el subidón te lanzaste a mis brazos para besarme. 

Joder, Eva, cuánto te echo de menos. 

Le pido al camarero ron, en honor a papá, y me sirve extrañado. Ya, joder, ya sé que son las doce y media de la mañana.
El pecho se me calienta y me hace sentir un poquito más viva. Cuando me lo acabo le pido una cerveza, tengo mucha sed.
Dicen que el alcohol te ayuda a olvidar pero a mí solo hace que traerme recuerdos. Y todos me llevan a ti.
A las noches enteras de sexo, en pleno verano, calando el colchón con nuestro sudor. Te decía, para, para, dame un respiro. Pero tú nunca te saciabas.
A la costumbre de prepararte la comida todos los domingos. Al sábado que quisiste cocinarme tú y te dejaste el gas encendido.
Al sabor de tus lágrimas cuando te besaba cada rincón de la cara porque una señora nos había llamado degeneradas por besarnos en la calle. 

Cuando voy a pedirme otra copa me doy cuenta de que ya no me queda dinero. Para situaciones desesperadas medidas desesperadas. Busco con la mirada al tío más feo y solo del bar. Le guiño un ojo y le invito con el dedo a acercarse. El tío, sorprendido, mira a un lado y al otro, esperando encontrarse a otra persona detrás de él. Cuando comprueba que me dirijo a él se señala a sí mismo, como preguntando si estoy segura de que estoy hablándole a él. Asiento con una sonrisa. El tío coge el botellín de cerveza que se estaba bebiendo y se sienta en el taburete que hay a mi izquierda.

Me preguntaba si te apetecería tomar una copa conmigo, le digo. 

El tío tartamudea un poco, no se le ha acercado una tía así en su vida. Claro. ¿Qué te apetece? Yo te invito.

Pido el cóctel más caro y él paga encantado los doce euros de la copa. Le pregunto que qué hace tan solito aquí. A partir de ese momento el tío no cierra el pico y yo hago como si le escucho. Asiento de vez en cuando y repito la última palabra de cada frase, le sigo lanzando preguntas abiertas. Las copas siguen volando y yo cada vez estoy más borracha.

Busco tu cara en cada sombra que entra al garito. Te llevo buscando desde el día que me dejaste. Cada chica con la que me acuesto tiene algo de ti. Tus pecas, tu melena pelirroja, tus piernas huesudas, tus ojos miel. Si las fusionara saldría una doble tuya. Pero yo quiero a la original. Ninguna puede llenar el vacío que has dejado, ninguna puede sacarme una sonrisa, ni dos palabras seguidas. Con lo que me gustaba hablar contigo horas y horas sobre tonterías. Ya no puedo hablar así con nadie. Te fuiste tú. Ahora mi padre.

Joder, Eva, me siento tan sola.

Ya es casi de noche. Me cuesta mantener los ojos abiertos por el ciego que llevo encima. Tengo ganas de vomitar. 

Eres muy guapa, me dice el tío. Pone una mano sobre mi brazo. Se la aparto y le digo que ya lo sé. Me levanto del taburete. El culo me duele, no sé cuántas horas llevo sentada. Me cuesta andar con estos tacones de mierda.

Salgo por la puerta de emergencia mientras el tío me grita que soy una zorra y una calientapollas. Me enciendo un cigarrillo y me lo fumo con ansia mientras me acabo la cerveza. Levanto el botellín y cuando solo me queda el culo lo derramo sobre la acera. 

Por ti, papá.

Camino hasta mi casa con los zapatos en las manos. Llego a casa con los pies negros, ni me los lavo para meterme en la cama.

Joder, Eva, te quiero.

Miro el móvil. Todo son mensajes de ánimo que me importan una mierda. Ninguno es tuyo. Miro tu número y veo la foto de perfil que tienes puesta. Sales con ese capullo dándoos un beso.

Joder, Eva, ojalá te mueras.

viernes, 23 de septiembre de 2016

El duelo

He sido elegido para defender el honor de las fuerzas del orden y dar muerte, al fin, a este personaje desagradable que se hace llamar Blasco Ibáñez.
Puede que en otras circunstancias él venciera este duelo, pues cada uno tiene su arma y sabe manejarla bien: él, la pluma; yo, la pistola. Pero hoy no estamos en el Congreso o en la redacción del periódico. No. Aquí es donde los verdaderos hombres arreglan los problemas y defienden su honor.
Aparece a la hora acordada, con una leve sonrisa en los labios, acompañado de dos hombres. ¿De qué se reirá este patán? Se cree invencible, pero aquí sus palabras no tienen valor. Aquí es el revólver el que decide.

— Aún puede retractarse, señor — le dice uno de sus acompañantes.

Suelta una carcajada pero no responde a su padrino.

— Haz caso al muchacho. Los hombres de letras tenéis la costumbre de agitaros por todo. Ten claro que yo no te sacudiré como mi compañero.

El reloj marca las seis en punto. El duelo comienza.

Veinticinco pasos son los acordados. 
Comenzamos a avanzar, cada uno en una dirección. Mi estómago sigue cerrado y la mano me tiembla ligeramente. Este idiota no ha manejado un arma de fuego en su vida, tengo ventaja, pero el miedo sigue creciendo con cada zancada. Respiro profundamente en el último paso y sujeto con fuerza la culata de mi arma.
Nos giramos. 
Yo he elegido el arma, por tanto, él es el primero en disparar.
Cierro los ojos. La detonación no se hace esperar. 
Cuando los abro veo el cañón de su pistola apuntándome, pero no ha tenido suerte. 

Me toca.

Levanto la mano, ya blanca debido a la fuerza con la que sujeto el mango, y disparo. Tiemblo en el segundo que aprieto el gatillo y la trayectoria se desvía ligeramente. Una nube de polvo se levanta junto a su pie izquierdo.
Entonces me quedo paralizado. He fallado. 
Blasco no me ha quitado la mirada de encima desde el comienzo. Parece tan sorprendido como yo y debido a los nervios, me responde sin acabar de fijar un punto claro. El aire vuelve a tragarse la bala, pero esta vez pasa cerca de mi oreja con un sutil silbido.
Mantengo la respiración.
Es mi último intento.
La próxima no fallará, lo sé.
Acarició el tambor de mi vieja pistola y ruego en silencio que este sea el tiro de gracia. Levanto la boca del arma y apunto de nuevo a mi adversario. Sus acompañantes se muestran agitados pero él intenta mantener la compostura, aunque un ligero tembleque en las piernas lo delata. Está tan asustado como yo.
El martillo se acciona.
Durante una fracción de segundo estamos ambos en manos del azar. Durante una fracción de segundo reina la incertidumbre. La muerte aún no ha decidido a quién se llevará.

Entonces cae al suelo.

Los dos hombres corren a su lado y yo me quedo parado, observando. Desabotonan la chaqueta y la camisa, buscando la sangre y la herida, deseando que no haya tocado ningún órgano vital y que pueda salir de ésta. 
Los minutos pasan y no veo ninguna mancha que tiña su ropa. Me inquieto. Me acerco con paso ágil con la pistola aún en mano.
Entonces noto el odio subir por mi cuerpo y asentarse en mi garganta. Voy a gritar pero un nudo me lo impide. Me giro y corro hasta mi padrino. Le arreo con la culata de la pistola en la cara.
Cae de espaldas y se lleva una mano a la mejilla herida.

— Pedazo de subnormal —grito—, tu único deber era vigilar que se cumplieran las reglas del duelo. ¡Mira, mira!

Señalo al grupo de gente que se ha formado al otro lado de la plaza. Entre dos hombres consiguen levantar a Blasco Ibáñez, descamisado y con el pecho sin un solo rasguño.

Algo en su cinturón provoca un destello cuando un tímido rayo de sol incide sobre él. En medio de la hebilla metálica, una bala incrustada.

jueves, 22 de septiembre de 2016

La ruleta hipocrática

El tambor de un revólver tiene varias recámaras donde se aloja la munición. En la ruleta rusa se hace girar con una sola bala. Si en tu turno la recámara cargada se alinea con el cañón y aprietas el gatillo, mueres. Ahí termina el juego, tanto para ti como para los demás. 
La ruleta hipocrática puede parecer idéntica en un primer momento pero es totalmente diferente. Se sustenta en los mismos pilares: es un juego de azar potencialmente mortal en el que se apuesta muchísimo dinero. Pero si pierdes es peor, mucho más que la rusa. 

Y habrá quien se pregunte ¿qué puede haber peor que la muerte? Y os contestaré que muchas cosas. ¿Que cómo lo sé? Porque las he vivido.

Ahora os preguntaréis en qué consiste la ruleta hipocrática. 

Y antes de contestaros lanzaré una advertencia. Si estimáis vuestra tranquila vida olvidadlo todo, no busquéis respuestas, ni se os ocurra meteros en cualquier buscador de internet para solventar la duda. Ignorad vuestra curiosidad, olvidad la palabra y olvidadme a mí. 
Pero si aún así preferís saberlo, si lo ansiáis más que cualquier cosa, a pesar de que rompa todos los esquemas morales habidos y por haber, adelante. Yo seré quien dé la patada para tirar los cimientos de vuestra realidad.

Y para ello necesito que abráis la mente.

Imaginad. 

Imaginad que estáis en uno de esos congresos de médicos que realizan en tu ciudad cada pocos meses y que allí van las figuras más destacables de la medicina interna, cirugía cardiovascular o hematología. 
Imaginad que después de decenas de ponencias, descansos para el café y mesas redondas, deciden juntarse todos en un salón para apostar dinero, muchísimo dinero. Más de lo que podríais ganar en toda vuestra vida.
Imaginad que hay una mesa central con ocho personas sentadas a su alrededor, que encima hay una ruleta con ocho orificios.
Imaginad que cada orificio contiene una jeringa, que siete de ellas contienen suero fisiológico y que la restante tiene una enfermedad mortal.
Imaginad que la ruleta gira y con ella los inyectables, que cuando el disco para, cada persona estira el brazo para coger la jeringa que le ha tocado. Que introduce la aguja en su brazo, aprieta el émbolo y el líquido pasa a circulación sistémica.
Imaginad que una de esas ocho personas morirá en menos de una semana.
Imaginad que la persona en cuestión desconoce que es la infectada.
Imaginad que ni tan siquiera los médicos lo saben.

Si lo imagináis todo os haréis una leve idea de qué es la ruleta hipocrática. Porque esto solo es la primera parte.

Los días siguientes son lo más parecido al infierno que podáis imaginar. Esas ocho personas no dormirán, tenedlo presente. Empezarán a tener síntomas de todo tipo: erupciones en la piel, diarrea, dolores, mareos, vómitos, escalofríos, asfixia, parálisis muscular, temblores, frío, calor… Cada uno aislado en una habitación, siendo monitorizado por decenas de médicos, viendo como la persona sufre.
Pasada la noche empiezan las apuestas. Cada médico apuesta por un paciente y sugiere un diagnóstico: gripe española, SRAS, viruela, cólera, peste… Cada día que pasa las apuestan suben y los pacientes empeoran. Aunque no estés infectado tu mente juega contigo. Te pasas las 24 horas aislado del mundo, el único contacto que tienes es el enfermero que pasa tres veces al día para traerte la comida, cambiarte las sábanas y realizarte diferentes pruebas. Tú desconoces si tu electrocardiograma es normal, si la presión es constante, si el resultado de tu espirometría está en el rango fisiológico. No cruzan ni una palabra contigo durante los días que estás interno. Te los imaginas al otro lado del cristal anotando en sus libretas y tablets, emocionados, casi al borde del orgasmo, discutiendo entre ellos. Imaginas cómo sus bocas se abren realizando sus diagnósticos y de repente escuchas algo. Oh dios mío, ¿han dicho que tengo fiebre amarilla? Pero al final, como todo, es producto de tu mente. El único sonido que llega a tus oídos es el zumbido del aire acondicionado. 

Durante días rezas para que esta no sea tu última espiración. Y maldices. Sobre todo maldices. En esos momentos te importa una mierda el dinero que te han prometido por jugar. Lo darías todo por salir de ahí, sano. 
Entonces, cuando al octavo día el Congreso llega a su fin, tu puerta se abre. Sales al exterior por primera vez en más de una semana. Das gracias por seguir vivo. Tuviste la suerte de no inyectarte la muerte. Seis personas estarán en tu misma situación, seis personas desconocidas a las que te unirá por siempre la buena estrella. Pero habrá una que no. Una persona que no corrió la misma suerte que vosotros y que posiblemente su cuerpo sin vida esté a merced de carroñeros con batas blancas. 
Deseas que mueran de la manera más cruel posible, que sufran la peor tragedia imaginable, que ojalá los encierren de por vida y les arrebaten la licencia para ejercer. Te horroriza que esas personas vuelvan a su trabajo como si nada, que cientos de sus pacientes pongan sus vidas en sus manos creyéndoles ángeles en la tierra.
Pero no dirás nada. Porque ese era el trato. Recoges tu dinero y te marchas. Si abres la boca te harán desaparecer del mapa.
Entonces el mundo nunca será igual para ti. 

¿Recuerdas esos brotes de fiebre hemorrágica o de ébola que según los medios habían aparecido de la nada? Después de esto empezarás a atar cabos.
Verás a ese médico famoso que decide pasar el verano en un país tercermundista operando gratis, a aquella médica joven que ha encontrado un nuevo tratamiento para el Alzheimer o a ese médico jubilado que ha salvado a un niño durante un vuelo transatlántico, y no te creerás nada. Sabrás que es todo fachada. Puros formalismos. Sabes a lo que en verdad se dedican, cómo disfrutan provocando la muerte. 

Y algunos los justificaréis diciendo que era todo fruto del azar, que tú mismo decides participar en el juego, que ellos no introdujeron la aguja.
Y puede que tengáis razón. 

Pero el día que estéis delante de esa ruleta, viendo como gira, os daréis cuenta de que la persona que colocó esa jeringa infectada tiene nombre y apellidos. Y un título de medicina.