viernes, 14 de octubre de 2016

Joder, Eva

¿Qué ropa es la adecuada para un entierro? En las películas siempre van de negro, pero joder, todos sabemos cómo miente Hollywood. Aún así me he puesto un vestido negro. Me he visto demasiado oscura en el espejo y he utilizado un pintalabios rojo que había en el baño. 

Todos me han dado el pésame y me han dicho que sentían mucho lo de mi padre, que era un gran hombre. He sonreído y he aguantado en el tanatorio hasta el último apretón de manos. Luego lo han enterrado, pero yo ya no estaba allí porque he venido aquí, al bar de siempre. 

Este bar es el sitio que más me recuerda a él, donde le daré el último adiós. Era un jodido borracho. Pero un borracho inteligente. Se podía tragar más de medio litro de ron y el tío podía divagar sobre cualquier tema. Daba igual qué le preguntaras, siempre te daba una buena contestación. 

Mi padre me decía que si yo fuera un personaje de la Biblia sería la serpiente que convenció a Eva de morder el fruto prohibido. Le contestaba que tenía toda la razón y me reía para mis adentros al recordar aquella noche en el after, antes de enrollarnos, cuando te ofrecí un poco de coca. Aceptaste sin pensártelo, querías impresionarme y te metiste una buena raya en el baño conmigo. Cuando te dio el subidón te lanzaste a mis brazos para besarme. 

Joder, Eva, cuánto te echo de menos. 

Le pido al camarero ron, en honor a papá, y me sirve extrañado. Ya, joder, ya sé que son las doce y media de la mañana.
El pecho se me calienta y me hace sentir un poquito más viva. Cuando me lo acabo le pido una cerveza, tengo mucha sed.
Dicen que el alcohol te ayuda a olvidar pero a mí solo hace que traerme recuerdos. Y todos me llevan a ti.
A las noches enteras de sexo, en pleno verano, calando el colchón con nuestro sudor. Te decía, para, para, dame un respiro. Pero tú nunca te saciabas.
A la costumbre de prepararte la comida todos los domingos. Al sábado que quisiste cocinarme tú y te dejaste el gas encendido.
Al sabor de tus lágrimas cuando te besaba cada rincón de la cara porque una señora nos había llamado degeneradas por besarnos en la calle. 

Cuando voy a pedirme otra copa me doy cuenta de que ya no me queda dinero. Para situaciones desesperadas medidas desesperadas. Busco con la mirada al tío más feo y solo del bar. Le guiño un ojo y le invito con el dedo a acercarse. El tío, sorprendido, mira a un lado y al otro, esperando encontrarse a otra persona detrás de él. Cuando comprueba que me dirijo a él se señala a sí mismo, como preguntando si estoy segura de que estoy hablándole a él. Asiento con una sonrisa. El tío coge el botellín de cerveza que se estaba bebiendo y se sienta en el taburete que hay a mi izquierda.

Me preguntaba si te apetecería tomar una copa conmigo, le digo. 

El tío tartamudea un poco, no se le ha acercado una tía así en su vida. Claro. ¿Qué te apetece? Yo te invito.

Pido el cóctel más caro y él paga encantado los doce euros de la copa. Le pregunto que qué hace tan solito aquí. A partir de ese momento el tío no cierra el pico y yo hago como si le escucho. Asiento de vez en cuando y repito la última palabra de cada frase, le sigo lanzando preguntas abiertas. Las copas siguen volando y yo cada vez estoy más borracha.

Busco tu cara en cada sombra que entra al garito. Te llevo buscando desde el día que me dejaste. Cada chica con la que me acuesto tiene algo de ti. Tus pecas, tu melena pelirroja, tus piernas huesudas, tus ojos miel. Si las fusionara saldría una doble tuya. Pero yo quiero a la original. Ninguna puede llenar el vacío que has dejado, ninguna puede sacarme una sonrisa, ni dos palabras seguidas. Con lo que me gustaba hablar contigo horas y horas sobre tonterías. Ya no puedo hablar así con nadie. Te fuiste tú. Ahora mi padre.

Joder, Eva, me siento tan sola.

Ya es casi de noche. Me cuesta mantener los ojos abiertos por el ciego que llevo encima. Tengo ganas de vomitar. 

Eres muy guapa, me dice el tío. Pone una mano sobre mi brazo. Se la aparto y le digo que ya lo sé. Me levanto del taburete. El culo me duele, no sé cuántas horas llevo sentada. Me cuesta andar con estos tacones de mierda.

Salgo por la puerta de emergencia mientras el tío me grita que soy una zorra y una calientapollas. Me enciendo un cigarrillo y me lo fumo con ansia mientras me acabo la cerveza. Levanto el botellín y cuando solo me queda el culo lo derramo sobre la acera. 

Por ti, papá.

Camino hasta mi casa con los zapatos en las manos. Llego a casa con los pies negros, ni me los lavo para meterme en la cama.

Joder, Eva, te quiero.

Miro el móvil. Todo son mensajes de ánimo que me importan una mierda. Ninguno es tuyo. Miro tu número y veo la foto de perfil que tienes puesta. Sales con ese capullo dándoos un beso.

Joder, Eva, ojalá te mueras.

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