jueves, 21 de mayo de 2020

Lo que escribí



El reloj de cuco de las vecinas va con dos minutos de retraso marcando la una de la madrugada. Llueve con fuerza tras las persianas bajadas. A mi espalda oigo el balcón encharcarse porque los canalones estén obstruidos de hojas secas, arena y alguna colilla. Resulta que viene una ola de frío polar durante esta semana y volverán a bajar las temperaturas, a llover desenfrenadamente hasta nuevo aviso. El cese de producción en China, Italia y ahora España, junto al claro descenso de movilizaciones y con ello la reducción de emisiones de gases derivados de combustiones que realmente no entiendo pero que sé que se quedan suspendidos entre capas de nubes, ennegreciendo el cielo, ha contribuido a que vuelva a llover de una forma más desenfadada sin esos tres días continuos de gota fría que provocaba que los alcantarillados colapsaran y el agua saliera a borbotones como un géiser. Los animales parece que también vuelven a ocupar zonas urbanas. Me llegan sus imágenes vía Whatsapp: pandillas de monos acosan a las pocas personas que quedan en las calles de Tailandia para que les lancen cualquier cosa comestible, jabalíes descienden de la montaña para rebuscar en las bolsas de basura, gaviotas graznan en los tejados a más de cinco o seis kilómetros de la costa. 

Sigue pareciendo todo un poco distópico, esta supuesta lucha en la que nos hacen creer que tenemos un papel. Recluirme en casa no me supone tampoco un esfuerzo terrible siendo sincera. Realmente lo que me agobia son los plazos más que el acto en sí, el tiempo de espera que precede a cualquier conflicto y como en este caso, el tiempo es indeterminado, no hay plazos.

Los gatos también están muy pesados por las noches. El pelirrojo brama, que no maúlla, cada vez que decido pasarme a la habitación de al lado para no molestar. Comienzan a correr, atacándose y saltando por todo mueble en esta casa. Les chisto y enseguida callan, parece que es un sonido universal. De normal, si me mantengo en la cama no suelen pelearse de esta manera, se quedan bajo la colcha o encima de ella, en peso muerto, ocupando justo el espacio donde yo debería estirar las piernas. Al principio esquivaba esos huecos, retorciéndome al buscar una postura que no los molestara. Ahora estiro ambas piernas delimitando mi territorio, marcando las normas que deben respetar si quieren dormir aquí. No me hacen caso porque son gatos y es menos frustrante y productivo amoldarte a sus manías que intentar reeducarlos. Así pues la distribución de muebles y decoración cumplen no solo el cometido de belleza y armonía, sino el requisito de no ser accesibles a las pezuñas traviesas de mis gatos kinkis.

Me hago una pelota bajo la manta y hago click en últimas noticias sobre la COVID-19. Fantaseo sobre un periodo post-cuarentena y sé que mentiremos, que haremos de esto una falacia conjunta. Narraremos de una forma naive, casi vainilla, que veinte mil personas murieron en el silencio de habitaciones aisladas mientras nosotros fuimos héroes de forma pasiva. Queremos ser protagonistas de cualquier tragedia, buscar ese punto de inflexión. Me da pánico aceptar que mi transcendencia equivaldrá a la nada, a una tumba en una de esas columnas que recuerdan a celdillas de Excel y que acabarán vaciando dentro de unos 50 años si nadie paga una prórroga.

martes, 17 de marzo de 2020

Poesía de cuarentena



Las manos como recurso poético, las manos como algo prohibido. 
Lávalas hasta la sangre, no te las lleves a la boca, al coño, al pecho. 
Las manos en marcha mientras encharcamos.
Acercándose, alejándose, rompiendo el silencio, fundiéndose.
Las manos en rezo. Las manos-arma. Las manos enguantadas.
Las manos para conectar, saludar a las manos que aparecen en pantalla.
Las manos en la calle temblorosas, inquietas frente a la mesa.
Animales que reclaman manos, cuerpos que buscan su tacto.

Entrelazar los dedos como acto subversivo, apocalíptico.



martes, 10 de marzo de 2020

Certeza del colapso

Cojo el título de este poemario de Bibiana Collado y lo hago mío. Todavía no lo he leído pero el nombre describe a la perfección la angustia residente en mi tórax. Es ese vértigo sentido en el asiento de un coche a toda velocidad que no reduce en un cambio de rasante, esos pocos centímetros que las ruedas despegan del suelo y quedas a merced de la fuerza de aceleración que te permite avanzar hacia adelante, esperando el impacto y su correspondiente salto contra el arcén.

Esperar el colapso mental es una sensación terrible porque el cuerpo se prepara para ello, el maldito cabrón te mantiene en taquicardia un viernes a las dos de la madrugada y en uno de los cientos de despertares nocturnos en los que aprovechas para visitar el baño te preguntas ¿es este mi cuerpo? ¿esta soy yo? ¿por qué noto mi vivencia como si no formara parte de ella? La despersonalización es un término dificultoso de explicar si nunca lo has sentido, es algo que vives o no vives, no definible. Ante ese cajón de-sastre de síntomas y signos que vas enlazando mientras juegas ininterrumpidamente a juegos online en solitario para mantenerte totalmente abstraída hasta que la medicación de rescate hace su efecto, reconoces estos pródromos, posiblemente olvidados, porque la falsa sensación de estabilización de una medicación crónica te hace no dar demasiada importancia al hecho de que por ahora no puedes no colapsar sin ese plus molecular exógeno. Ante estas mini certezas de posible hecatombe siempre señalo hacia mí misma, a mi nula capacidad de adaptarme a este juego de falsas cortesías y espiral capitalista donde solo se espera de ti que produzcas sin hacer mucho ruido, en este aséptico entorno que supone la asistencia sanitaria en algunos ambientes: ser una persona altamente sensible —uno de los pocos títulos oficiales que por ahora tengo— significa eliminar el romanticismo y la esperanza por el ser humano, ser tachada de floja e infantil cuando atorada por una rapidez exigida por el consenso de unos pocos tiendes a agrietarte, a temblar la voz cuando una figura de autoridad se muestra claramente desagradable contigo. Pero venga, va, que es para hoy, apremian mientras el sofoco sube desde los dedos de los pies hasta mejillas y en un hilo de voz me disculpo por ser así, ansiosa de nacimiento. Continuamente disculpándome por no poder seguir este ritmo sin caer exhausta nada más cruzar el portón y querer dormir durante el resto del día.

La certeza del colapso se siente en las manos hormigueantes, en un vientre parlanchín que solo hace brrrr mientas el nudo te estruja desde el esófago, en una cabeza con el CPU desbordado y con los ventiladores claramente funcionando a toda leche. Lucho contra la fuerza más grande del universo: la entropía; aquella que me empuja a dejarme llevar, a la autodestrucción tan placentera que supondría meterme en la cama después de tragarme un blíster de ansiolíticos y dormir 48 horas, no comer en días, emborracharme hasta casi el coma, quedarme con este moño deshecho y mi pijama lleno de lamparones y sobaqueras porque total, ¿para qué?

La certeza del colapso es la hipomanía asociada a las mini-recuperaciones de esos estados hiperansioso, a la desinhibición tras una media pinta de cerveza, al leerme en los criterios diagnósticos de una bipolaridad y cagarme en esos genes cabrones que parecen haber sido la única herencia que recibiré en vida.

La certeza del colapso es estar segura de que tu cerebro cada vez se rompe más rapido y que tras el primer impacto hay un defecto de por vida que aniquila a tu yo anterior y queda un frágil ser que evita estresores por puro terror a resbalar de nuevo en esa escalera, quedándome siempre a las puertas.

La certeza del colapso aparece cuando todo el mundo duerme y te sientes totalmente sola ante un insomnio crónico en el que nunca encontrarás compañero. Lees en redes sociales comentarios de gente desgraciada como tú porque la gente feliz no está un viernes de madrugada haciendo scrolling en Twitter e Instagram. Juegas interminables partidas al Solitario queriendo tumbar un antiguo récord que justamente conseguiste en otro periodo parecido mientras notas como manos y mente ya no coordinan: maravilloso efecto de ansiolíticos de efecto rápido.

Certeza del colapso es escribir antes de que la amnesia anterógrada típica de estos fármacos haga tabla rasa y nunca acabes este texto; tal vez ni lo empieces. Le des a guardar y mañana, tras pasar la somnolencia diurna, decidas releer y decirte madre mía, qué mal me encontraba pero al final hoy estoy aquí y no es para tanto.

miércoles, 5 de febrero de 2020

Sobrevivir a la psicosis

Las crisis de bostezos son efectos secundarios de algunos antidepresivos. En el autobús de vuelta a casa me ha entrado una que ha durado casi media hora. Es algo incómodo, incontrolable y en algunas ocasiones no puedo evitar que incluso un poco de baba se me resbale por la comisura de los labios. A veces los pródromos de un episodio de ansiedad comienzan así. Hoy ha sido un día bastante emocional para mí; lo está siendo durante estas semanas que estoy acudiendo como estudiante en prácticas a la unidad de salud mental de mi centro de salud. He tenido la suerte —y la desgracia— de caer en este lugar en vez de consultas de urgencia o corta estancia. Suerte porque mi tutora asignada es una psiquiatra fenomenal, empática, docente, accesible y comprensiva con la que he sentido esa sensación de compartir la misma visión de lo que una como médica puede aportar en el cuidado del paciente de salud mental. Desgracia porque la unidad de primeros episodios psicóticos me provoca algo de malestar que acabo arrastrando silenciosamente, escondido bajo la rigidez mantenida de los músculos de la mandíbula y  exteriorizándose a media tarde con dolores inespecíficos de abdomen, inapetencia, taquicardia e imposibilidad de conciliar el sueño si no es a base de un chutazo de benzodiacepinas. Este malestar no es para nada causado por los y las pacientes, que por ahora han sido casi todos encantadores y muy dispuestos a contestar mis torpes preguntas de médico en prácticas. He sentido esa ternura y preocupación, a veces lástima, por las personas que luchan casi desde la sombra por recuperarse de su primer episodio psicótico. El problema es que, al igual que propone la Teoría del Soplo, mi interés por el mundo de la psiquiatría viene por ese “soplo” que es mi madre.

Esta noche llevo ya dos pastillas de Alprazolam, esperando el dichoso efecto de tranquilidad química mientras escribo frenéticamente antes de que esto caiga en el olvido porque, a diferencia de los antidepresivos, los bostezos aquí no van por crisis sino que la dichosa reacción secundaria es una leve amnesia y descoordinación mental y física. Mientras estaba en todas las posiciones de decúbito posible, imaginaba metáforas que escribir en un futuro poema que posiblemente nunca materializaría. Quería, necesitaba, cerrar con dos llaves todos los recuerdos infantiles sobre los episodios psicóticos de mi madre y su torpe recuperación posterior, con una conciencia de enfermedad nula por lo que, a grandes rasgos, el funcionamiento tras las temidas crisis fue tórpido. Afirmo una y otra vez que el sufrimiento que guardo tras esas compuertas que me dan pánico abrir no fueron causadas intencionadamente por mi madre, que en aquel entonces era todo enfermedad y no quedaba ni un ápice de ella. No puedo culparla pese a que durante muchos años fue mi manera de concentrarlo todo en algo y alguien y querer quemarla en la hoguera, esperando que el sufrimiento se transformara también en cenizas. Hay alguna fuga de vez en cuando entre las compuertas de esta presa, escapes de imágenes tontas que aparecen obsesivamente en mi mente en momentos concretos y es difícil achicarlos de esta torpe cabeza: ser la única en no celebrar nunca un cumpleaños infantil y por tanto, jamás tener una fiesta para mí; el secuestro por parte de mi madre durante unas dos semanas de mi hermano y de mí cuando teníamos apenas 9 y 7 años y pasamos todo ese tiempo dormitando en hoteles, el coche y algunos lugares públicos de diferentes puntos de España; castigos físicos; visualizar intentos autolíticos; ser receptora de algún delirio e incluso arrastrar, creo yo, ese pensamiento obsesivo del que tengo una clara crítica de realidad pero del que no puedo deshacerme.

Sobrevivir a la psicosis propia, por lo que he experimentado como simple voyeur de este programa, es una tarea ardua y costosa de la que puede que no se llegue jamás al estado basal anterior. Cuando existe clínica positiva y negativa psicótica es que el daño cerebral ya esta presente y eso pasa factura en la recuperación más pronta: estupor, embotación, desconexión, escaso control del cuerpo, problemas de concentración, rememoración y una capacidad de discurso bastante empobrecida. 

Lo esperanzador viene cada martes de la semana siguiente, donde el o la paciente comienza a mostrar los primeros signos de conexión emocional: una ligera sonrisa ante un comentario jocoso sobre cualquier tontería y la leve recuperación de temblores residuales y la catatonia. El nexo comienza a establecerse, él o ella confía en mí, en cómo siendo clara y comprensiva vas manejando pautas de medicación para quitar efectos que pueden parecer una tontería a priori pero merman la calidad de vida: no poder dormir del tirón, la rigidez muscular, somnolencia diurna, dificultad para excitarse o eyacular, aumento de acné, pérdida de cabello, aumento de peso... Me fastidia cuando algún psiquiatra no toma en cuenta estas preocupaciones de la paciente que ha perdido el total control de su yo y que posiblemente, cualquier pequeñez física de la que le gustaría mantener bajo su mando al menos, se tachan de tonterías y no se les propone un cambio de pauta. María, mi tutora, siempre escucha y media con los pacientes para solucionar aquella cosa que los preocupa pese a lo pequeño que pueda ser el problema. Supongo que entiende que es importante para la autoestima del paciente solucionar estos baches que aparecen durante los casi dos años de este proceso de prevención de recaídas. 

María también trata con las familias, atiende sus dudas e intenta mediar los conflictos que aparecen muchas veces cuando el «yo» reaparece y choca con el resto de parientes. Mi madre desde que la recuerdo como tal siempre ha presentado esa dualidad: mi madre “sana” y mi madre loca. En ese sentido he acabado asimilando que he sido criada por la psicosis intermitente de mi madre y todo lo que aquello conlleva, el nunca acabar de estar segura de si estaba protegida y qué me depararía mañana, si podría dormir sin tener que atrancar la puerta de mi cuarto para que la psicosis de mi madre no entrara por las noches a acusarme de querer conspirar contra ella o por otro lado, despertarme a las 4 de la mañana tras notar bajo el quicio de la puerta como la luz del pasillo seguía encendida y estaba ella allí, tirada en el suelo bajo los efectos de los antipsicóticos. Pese a que pueda interpretarse esto como un reproche no lo es para nada, tampoco es un relato lastimero para justificar cómo el último abrupto me acabó rompiendo al verme sola, sin acompañamiento familiar y bajo el chantaje de ratas con las que comparto algún apellido que solo aparecieron a destripar todavía más la bolsa de basura en la que yo me había convertido.

Mi Teoría del Soplo es esta: sobrevivir a la psicosis de mi madre me ha costado y tiene su pequeño interés emocional que debo pagar continuamente: cerrar a cal y canto esa cascada que golpea en el pecho y que sé que en algún momento debería dejar fluir. Este soplo ha hecho que tenga unos valores y virtudes que me hacen enorgullecerme: resiliencia, empatía, deseo de cuidar, dar amor, educación, cierto idealismo y luchar por lo que considero justo.

viernes, 31 de enero de 2020

Diario de viaje. Budapest: Visita al Memento Park


Fotografía obtenida de la web mediopenique.com


Lleva lloviendo desde anoche, parando unos minutos pero no lo suficiente para que los charcos sean reabsorbidos por el alcantarillado. El autobús se ha metido por la carretera nacional. Apoyada en el vidrio empañado observo el paisaje, pasando del centro de Budapest a las casas de las afueras hasta llegar a un polígono. Nos apeamos del autobús en un borde de la carretera. El conductor arranca tan rápido que apenas habíamos dejado el segundo pie en tierra. Google Maps marca que estamos a dos minutos de nuestro destino.

Tenemos que cruzar al otro lado de la carretera. Los coches pasan veloces, la sensación de rapidez y caos se multiplica por la lluvia. Hay un paso de zebra junto a un semáforo. Aprieto el botón para que cambie de color. La luz del semáforo de los vehículos se torna roja pero hacen caso omiso; dos coches incluso aceleran al pasar junto a nosotros.

Llegamos a un muro de ladrillo rojo. Buscamos la entrada, localizándose en una cabina oscura que se ilumina por un sensor de movimiento. Una radio vieja se enciende automáticamente y suena música soviética, supongo que el himno de la URSS. Una señora pequeñita y vieja con cara aburrida, puede que hasta enfadada, aparece al otro lado del cristal de la cabina. Souvenirs del ejército rojo quedan perfectamente iluminados gracias a unos leds: pins, chapas, imanes, sobres e incluso pasaportes comunistas. Compramos dos entradas por un precio demasiado elevado para lo que ofrece: una vuelta a un parque de poca extensión sin audioguía ni explicaciones. Es la nada o un libro en húngaro sobre el Memento Park por mil quinientos florines.

No hay ningún tipo de control. A mano derecha un típico coche comunista con la puerta totalmente abierta y la tapicería empapada. Una cabina de teléfono con los mandos arrancados. Entramos al parque y la mayoría de las esculturas están rompiéndose por el escaso cuidado, ni tan siquiera hay cartelería decente. Algunas llevan un número pintado con rotulador, otras un papel plastificado; las más afortunadas un cartel metálico cuyas letras están en proceso de borrado. Hay otras que existen sin nombre. No hay explicación de ningún tipo bajo las estatuas soviéticas retiradas de la ciudad de Budapest a este parque ubicado a una hora del centro. El Memento Park es un lugar terriblemente descuidado como todo monumento de origen soviético que podemos encontrar en cualquier lugar de Europa. Tiene ese aire gris y ruinoso que envuelve todo aquello que tiene que ver con la URSS.

Al salir decidimos meternos por propia iniciativa en uno de los barracones cercanos a la entrada, existe una pequeña sala de cine totalmente desierta donde se emite una película ininterrumpidamente y una pequeña exposición del periodo oscuro —como ellos dicen— de la Hungría ocupada. Desde la puerta desvencijada de este lugar contemplamos los pies de la única estatua de Stalin que no consiguieron hacer desaparecer durante la revuelta del 56: quedan sus botas militares. Allí bajo hay otro búnker sin señalizar. El único cartel no descolorido de todo el parque te avisa que meterte allí es bajo tu propia decisión, que no pueden asegurarte que salgas ileso. La humedad y el suelo encharcado son fieles compañeros de bustos de mármol de los líderes más famosos del comunismo. Descansan sobre una base irregular de palets. De vuelta al cielo encapotado a mano izquierda quedan todavía más estatuas envueltas en bolsas de basura desperdigadas sobre el barro de la parte trasera de otro barracón cerrado al público.

Deshacemos camino por la carretera. Me giro para echar un último vistazo a la entrada del Memento Park y las botas de piedra de Stalin. El anuncio de un negocio de jardinería ocupa gran parte del vallado de la zona, claramente más grande que el propio cartel del parque.

domingo, 12 de enero de 2020

Cóctel Molotov a la RAE

Escribo la mayor parte del tiempo de cabeza. Hilo historias mientras las manos están ausentes en tareas como fregar o tender. No imagino la escena sino las palabras, por eso digo que escribo y no imagino. Escribir es menos íntimo que imaginar pero a mi parecer tiene esa connotación personal, casi imperceptible, de la elección de las palabras para describir una misma escena.

No sé si tú que me estás leyendo ahora mismo has acudido en alguna ocasión a un curso, taller o lo-que-sea de escritura. Creo que uno de los ejercicios de primero de tallerista es coger una noticia del periódico y reescribirla. Partimos de un texto objetivo, si es que aceptamos la premisa de que se puede serlo al escribir, y cada uno la interpreta a su manera. Leer tu escrito es además doblemente interpretable dependiendo de tu juego con la voz, ritmo y tono. Aquí podríamos hablar de que un texto en la garganta de dos personas puede ser radicalmente distinto. Nuestro vocabulario dice más de nosotras que los zapatos que calzamos. Puede ser un acto subversivo cuestionarlo, malutilizarlo o reinventarlo.

Las alteraciones del lenguaje son comunes en gran parte de los trastornos mentales donde hay una perturbación del yo. Las personas con esquizofrenia pueden presentar un fenómeno de neologismo; algunos bastante sugerentes como la unión de dos términos en una sola palabra o conceptos nuevos que experimentan vía sensorial o emocional y necesitan nombrar. Tenemos en mente las típicas pinturas de artistas clasificados como enfermos mentales pero no traemos a la memoria los garabatos de alguien que sufre esta afección ni cómo es su discurso. Quienes hemos estado en contacto con personas que padecen algún trastorno de este tipo muchas veces captamos que X persona lo sufre, sin conocer previamente su diagnóstico, solamente al leer qué y cómo escribe.

El lenguaje nos define, es un distintivo frente a desconocidos. Desde la utilización del plural mayestático hasta las coletillas de nano, acho o illo y sus respectivos acentos, el lenguaje y más concretamente nuestro vocabulario informa de nuestra clase social o procedencia. Desde pequeñas intentan moldearnos para caber todas en un registro estándar demasiado aséptico y aburrido. La corrección no solo la recibimos de parte del profesorado sino que es una constante en cualquier situación de tu vida. Puede que estés a punto de de entrar a tu primera intervención quirúrgica, estés acojonada hasta la médula y mientras te están pinchando la anestesia raquídea digas que tienes náuseas y si pueden darte “pimperan” y pese a que se te ha entendido perfectamente, alguno tenga la necesidad de decir “primperan” para corregirte.

No entiendo por qué infringir una norma tan tonta como la manera estándar de hablar o escribir moleste tanto que tan pocas veces se cuestione que el hecho de hacerlo sea tan llamativo que enseguida detectemos que hay algo “mal” o “raro” en esa persona. La corrección de la manera de hablar de alguien me suele parecer bastante maleducado si no es en un entorno puramente académico y en relación con el léxico en sí mismo. El acto de decirle a alguien al que perfectamente has entendido que tal palabra se dice de esta manera y no como ha dicho ella no tiene un fin didáctico. Al hacerlo marcas un distanciamiento invisible, subes un escalón para mirar con soberbia y señalar que es menos inteligente que tú. Esto se pone de manifiesto cuando alguien para contrargumentar algo cae casi en el insulto personal al señalar faltar ortográficas y errores del discurso de otra persona.

La RAE y Fundéu son figuras casi opresoras del lenguaje. Pese a que su función es recoger y plasmar el uso del castellano, que como cualquier otra lengua viva está en constante cambio y adaptación, a veces parecen jueces de lo que está bien y está mal. Pongo de ejemplo cuando se posicionaron en contra de la «e» para hablar de alguien de género no binario, hacer distinción de géneros cuando hablamos en plural (diputados y diputadas en lugar de solamente «diputados») o la x para hablar en un género neutro (niñxs en lugar de niños). La posición política detrás del uso del vocabulario está ahí, ya lo nombraron en cientos de distopías como 1984 de George Orwell y lo siguen discutiendo filósofas, psicólogas… ¿Pensamos como hablamos o hablamos como pensamos?

Volviendo al campo personal, a mí me encantan esas pequeñas subversiones del lenguaje que suelen contar mucho más que su sinónimo dentro de la norma. El otro día en urgencias vinieron dos mujeres a consulta porque una de ellas tenía hipermenorrea y dismenorrea. En lenguaje médico es tremendamente aburrido y frío pero ella me lo contó como «tengo un dolor muy fuerte y tiro cuajarones enormes». Enseguida mi compañero le quiso corregir con «coágulos» a pesar de que «cuajarón» está aceptado. Además, cuajarón hace referencia al «cuajo» y al verbo «cuajar», siendo mucho más visual ese proceso por el cual un líquido se convierte en sólido pero queda de aspecto baboso.

Comunicarse es más que utilizar las palabras correctas. De hecho, puede que utilizando los vocablos más específicos para afirmar algo —y posiblemente caer en ese elitismo pedante que huele que apesta— no cumplamos el fin último por el que hablamos: que el receptor te entienda. Da igual que pronuncies una palabra mal, que tu gramática no sea perfecta; si se te entiende ¿qué más da?, ¿qué necesidad hay de corregir a nadie?

Escribo esto después de haber redactado mentalmente todo lo que quería decir, de visualizar una botella de vidrio llena de gasolina con la mecha prendida estallando contra la sede de la RAE.