Las crisis de bostezos son efectos secundarios de algunos antidepresivos. En el autobús de vuelta a casa me ha entrado una que ha durado casi media hora. Es algo incómodo, incontrolable y en algunas ocasiones no puedo evitar que incluso un poco de baba se me resbale por la comisura de los labios. A veces los pródromos de un episodio de ansiedad comienzan así. Hoy ha sido un día bastante emocional para mí; lo está siendo durante estas semanas que estoy acudiendo como estudiante en prácticas a la unidad de salud mental de mi centro de salud. He tenido la suerte —y la desgracia— de caer en este lugar en vez de consultas de urgencia o corta estancia. Suerte porque mi tutora asignada es una psiquiatra fenomenal, empática, docente, accesible y comprensiva con la que he sentido esa sensación de compartir la misma visión de lo que una como médica puede aportar en el cuidado del paciente de salud mental. Desgracia porque la unidad de primeros episodios psicóticos me provoca algo de malestar que acabo arrastrando silenciosamente, escondido bajo la rigidez mantenida de los músculos de la mandíbula y exteriorizándose a media tarde con dolores inespecíficos de abdomen, inapetencia, taquicardia e imposibilidad de conciliar el sueño si no es a base de un chutazo de benzodiacepinas. Este malestar no es para nada causado por los y las pacientes, que por ahora han sido casi todos encantadores y muy dispuestos a contestar mis torpes preguntas de médico en prácticas. He sentido esa ternura y preocupación, a veces lástima, por las personas que luchan casi desde la sombra por recuperarse de su primer episodio psicótico. El problema es que, al igual que propone la Teoría del Soplo, mi interés por el mundo de la psiquiatría viene por ese “soplo” que es mi madre.
Esta noche llevo ya dos pastillas de Alprazolam, esperando el dichoso efecto de tranquilidad química mientras escribo frenéticamente antes de que esto caiga en el olvido porque, a diferencia de los antidepresivos, los bostezos aquí no van por crisis sino que la dichosa reacción secundaria es una leve amnesia y descoordinación mental y física. Mientras estaba en todas las posiciones de decúbito posible, imaginaba metáforas que escribir en un futuro poema que posiblemente nunca materializaría. Quería, necesitaba, cerrar con dos llaves todos los recuerdos infantiles sobre los episodios psicóticos de mi madre y su torpe recuperación posterior, con una conciencia de enfermedad nula por lo que, a grandes rasgos, el funcionamiento tras las temidas crisis fue tórpido. Afirmo una y otra vez que el sufrimiento que guardo tras esas compuertas que me dan pánico abrir no fueron causadas intencionadamente por mi madre, que en aquel entonces era todo enfermedad y no quedaba ni un ápice de ella. No puedo culparla pese a que durante muchos años fue mi manera de concentrarlo todo en algo y alguien y querer quemarla en la hoguera, esperando que el sufrimiento se transformara también en cenizas. Hay alguna fuga de vez en cuando entre las compuertas de esta presa, escapes de imágenes tontas que aparecen obsesivamente en mi mente en momentos concretos y es difícil achicarlos de esta torpe cabeza: ser la única en no celebrar nunca un cumpleaños infantil y por tanto, jamás tener una fiesta para mí; el secuestro por parte de mi madre durante unas dos semanas de mi hermano y de mí cuando teníamos apenas 9 y 7 años y pasamos todo ese tiempo dormitando en hoteles, el coche y algunos lugares públicos de diferentes puntos de España; castigos físicos; visualizar intentos autolíticos; ser receptora de algún delirio e incluso arrastrar, creo yo, ese pensamiento obsesivo del que tengo una clara crítica de realidad pero del que no puedo deshacerme.
Sobrevivir a la psicosis propia, por lo que he experimentado como simple voyeur de este programa, es una tarea ardua y costosa de la que puede que no se llegue jamás al estado basal anterior. Cuando existe clínica positiva y negativa psicótica es que el daño cerebral ya esta presente y eso pasa factura en la recuperación más pronta: estupor, embotación, desconexión, escaso control del cuerpo, problemas de concentración, rememoración y una capacidad de discurso bastante empobrecida.
Lo esperanzador viene cada martes de la semana siguiente, donde el o la paciente comienza a mostrar los primeros signos de conexión emocional: una ligera sonrisa ante un comentario jocoso sobre cualquier tontería y la leve recuperación de temblores residuales y la catatonia. El nexo comienza a establecerse, él o ella confía en mí, en cómo siendo clara y comprensiva vas manejando pautas de medicación para quitar efectos que pueden parecer una tontería a priori pero merman la calidad de vida: no poder dormir del tirón, la rigidez muscular, somnolencia diurna, dificultad para excitarse o eyacular, aumento de acné, pérdida de cabello, aumento de peso... Me fastidia cuando algún psiquiatra no toma en cuenta estas preocupaciones de la paciente que ha perdido el total control de su yo y que posiblemente, cualquier pequeñez física de la que le gustaría mantener bajo su mando al menos, se tachan de tonterías y no se les propone un cambio de pauta. María, mi tutora, siempre escucha y media con los pacientes para solucionar aquella cosa que los preocupa pese a lo pequeño que pueda ser el problema. Supongo que entiende que es importante para la autoestima del paciente solucionar estos baches que aparecen durante los casi dos años de este proceso de prevención de recaídas.
María también trata con las familias, atiende sus dudas e intenta mediar los conflictos que aparecen muchas veces cuando el «yo» reaparece y choca con el resto de parientes. Mi madre desde que la recuerdo como tal siempre ha presentado esa dualidad: mi madre “sana” y mi madre loca. En ese sentido he acabado asimilando que he sido criada por la psicosis intermitente de mi madre y todo lo que aquello conlleva, el nunca acabar de estar segura de si estaba protegida y qué me depararía mañana, si podría dormir sin tener que atrancar la puerta de mi cuarto para que la psicosis de mi madre no entrara por las noches a acusarme de querer conspirar contra ella o por otro lado, despertarme a las 4 de la mañana tras notar bajo el quicio de la puerta como la luz del pasillo seguía encendida y estaba ella allí, tirada en el suelo bajo los efectos de los antipsicóticos. Pese a que pueda interpretarse esto como un reproche no lo es para nada, tampoco es un relato lastimero para justificar cómo el último abrupto me acabó rompiendo al verme sola, sin acompañamiento familiar y bajo el chantaje de ratas con las que comparto algún apellido que solo aparecieron a destripar todavía más la bolsa de basura en la que yo me había convertido.
Mi Teoría del Soplo es esta: sobrevivir a la psicosis de mi madre me ha costado y tiene su pequeño interés emocional que debo pagar continuamente: cerrar a cal y canto esa cascada que golpea en el pecho y que sé que en algún momento debería dejar fluir. Este soplo ha hecho que tenga unos valores y virtudes que me hacen enorgullecerme: resiliencia, empatía, deseo de cuidar, dar amor, educación, cierto idealismo y luchar por lo que considero justo.
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