Escribo la mayor parte del tiempo de cabeza. Hilo historias mientras las manos están ausentes en tareas como fregar o tender. No imagino la escena sino las palabras, por eso digo que escribo y no imagino. Escribir es menos íntimo que imaginar pero a mi parecer tiene esa connotación personal, casi imperceptible, de la elección de las palabras para describir una misma escena.
No sé si tú que me estás leyendo ahora mismo has acudido en alguna ocasión a un curso, taller o lo-que-sea de escritura. Creo que uno de los ejercicios de primero de tallerista es coger una noticia del periódico y reescribirla. Partimos de un texto objetivo, si es que aceptamos la premisa de que se puede serlo al escribir, y cada uno la interpreta a su manera. Leer tu escrito es además doblemente interpretable dependiendo de tu juego con la voz, ritmo y tono. Aquí podríamos hablar de que un texto en la garganta de dos personas puede ser radicalmente distinto. Nuestro vocabulario dice más de nosotras que los zapatos que calzamos. Puede ser un acto subversivo cuestionarlo, malutilizarlo o reinventarlo.
Las alteraciones del lenguaje son comunes en gran parte de los trastornos mentales donde hay una perturbación del yo. Las personas con esquizofrenia pueden presentar un fenómeno de neologismo; algunos bastante sugerentes como la unión de dos términos en una sola palabra o conceptos nuevos que experimentan vía sensorial o emocional y necesitan nombrar. Tenemos en mente las típicas pinturas de artistas clasificados como enfermos mentales pero no traemos a la memoria los garabatos de alguien que sufre esta afección ni cómo es su discurso. Quienes hemos estado en contacto con personas que padecen algún trastorno de este tipo muchas veces captamos que X persona lo sufre, sin conocer previamente su diagnóstico, solamente al leer qué y cómo escribe.
El lenguaje nos define, es un distintivo frente a desconocidos. Desde la utilización del plural mayestático hasta las coletillas de nano, acho o illo y sus respectivos acentos, el lenguaje y más concretamente nuestro vocabulario informa de nuestra clase social o procedencia. Desde pequeñas intentan moldearnos para caber todas en un registro estándar demasiado aséptico y aburrido. La corrección no solo la recibimos de parte del profesorado sino que es una constante en cualquier situación de tu vida. Puede que estés a punto de de entrar a tu primera intervención quirúrgica, estés acojonada hasta la médula y mientras te están pinchando la anestesia raquídea digas que tienes náuseas y si pueden darte “pimperan” y pese a que se te ha entendido perfectamente, alguno tenga la necesidad de decir “primperan” para corregirte.
No entiendo por qué infringir una norma tan tonta como la manera estándar de hablar o escribir moleste tanto que tan pocas veces se cuestione que el hecho de hacerlo sea tan llamativo que enseguida detectemos que hay algo “mal” o “raro” en esa persona. La corrección de la manera de hablar de alguien me suele parecer bastante maleducado si no es en un entorno puramente académico y en relación con el léxico en sí mismo. El acto de decirle a alguien al que perfectamente has entendido que tal palabra se dice de esta manera y no como ha dicho ella no tiene un fin didáctico. Al hacerlo marcas un distanciamiento invisible, subes un escalón para mirar con soberbia y señalar que es menos inteligente que tú. Esto se pone de manifiesto cuando alguien para contrargumentar algo cae casi en el insulto personal al señalar faltar ortográficas y errores del discurso de otra persona.
La RAE y Fundéu son figuras casi opresoras del lenguaje. Pese a que su función es recoger y plasmar el uso del castellano, que como cualquier otra lengua viva está en constante cambio y adaptación, a veces parecen jueces de lo que está bien y está mal. Pongo de ejemplo cuando se posicionaron en contra de la «e» para hablar de alguien de género no binario, hacer distinción de géneros cuando hablamos en plural (diputados y diputadas en lugar de solamente «diputados») o la x para hablar en un género neutro (niñxs en lugar de niños). La posición política detrás del uso del vocabulario está ahí, ya lo nombraron en cientos de distopías como 1984 de George Orwell y lo siguen discutiendo filósofas, psicólogas… ¿Pensamos como hablamos o hablamos como pensamos?
Volviendo al campo personal, a mí me encantan esas pequeñas subversiones del lenguaje que suelen contar mucho más que su sinónimo dentro de la norma. El otro día en urgencias vinieron dos mujeres a consulta porque una de ellas tenía hipermenorrea y dismenorrea. En lenguaje médico es tremendamente aburrido y frío pero ella me lo contó como «tengo un dolor muy fuerte y tiro cuajarones enormes». Enseguida mi compañero le quiso corregir con «coágulos» a pesar de que «cuajarón» está aceptado. Además, cuajarón hace referencia al «cuajo» y al verbo «cuajar», siendo mucho más visual ese proceso por el cual un líquido se convierte en sólido pero queda de aspecto baboso.
Comunicarse es más que utilizar las palabras correctas. De hecho, puede que utilizando los vocablos más específicos para afirmar algo —y posiblemente caer en ese elitismo pedante que huele que apesta— no cumplamos el fin último por el que hablamos: que el receptor te entienda. Da igual que pronuncies una palabra mal, que tu gramática no sea perfecta; si se te entiende ¿qué más da?, ¿qué necesidad hay de corregir a nadie?
Escribo esto después de haber redactado mentalmente todo lo que quería decir, de visualizar una botella de vidrio llena de gasolina con la mecha prendida estallando contra la sede de la RAE.
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