miércoles, 27 de febrero de 2019

CRÍTICA CARTEL DEL PS 2019


WE FEM THE FUTURE, DON’T MAKE IT WORSE

El line-up del Primavera Sound 2019 se desvela con un video donde mujeres jóvenes corren por un túnel y junto a las pintadas ya existentes “Ens volem vives”, “Machete al machito”, “La por ha canviat de bàndol”, plasman el lema de este año “THE NEW NORMAL”. El cartel más femenino de la península comparte imágenes de axilas femeninas peludas, pezones sin pixelar y culos bamboleando al ritmo de música latina.

Bajo mi punto de vista, el Primavera Sound ha presentado un cartel muy acertado, con propuestas frescas, variadas y potentes, apostando por primera vez por la paridad real sin olvidarse de los grandes nombres internacionales ni de la escena urbana nacional actual. Ha acogido entre sus filas a los artistas con mejores discos del 2018 según la biblia musical del indie básico a.k.a. Pitchfork: Snail Mail, Rosalía, CupcakKe, Pusha T, SOPHIE, Julia Holter, Christine and the Queens... Su propuesta diaria es ecléctica, dando la oportunidad de elegir una ruta interesante sean cuales sean tus intereses.

Aun así, las críticas no se hicieron esperar vía RRSS por parte de los hombres blancos heterosexuales, los eternamente castigados e infrarrepresentados en los espacios artísticos. Podríamos decir que el autodenominado indie es a la música lo que el “aliado” al feminismo, un pozo de misoginia y clasismo tapizado con supuesta sabiduría. Este falso cascarón de erudición se hizo añicos al conocer que artistas como Cardi B, J Balvin, Carly Rae Jepsen, Robyn, Charlie XCX o Ivy Queen encabezarían el festival. Los defensores de la música más actual, que orgullosos hablaban de la posibilidad de descubrir grupos desconocidos en el Parc del Fórum de Barcelona, ahora caen en el insulto gratuito al percatarse de que su música se ha convertido en la “norma” y que hay muchísima variedad en el panorama actual como para traer todos los años a los mismos grupos y caer en el eterno déjà vu del festival-campo de nabos-guitarritas.

Mi sorpresa se hace mayúscula al leer en los medios que el Primavera Sound no cuenta con grandes “cabezones” como otros festivales españoles. ¿Tener a la ganadora del Grammy al mejor disco de rap del año o que el cuarto artista con más streamings de 2018 cierre el último día de este festival no es una propuesta suficientemente sólida? Los mismos usuarios que piden novedades se quejan porque los nombres confirmados son muy dispares y no cuentan con tantas viejas glorias como antaño.

En conclusión, diría que este cartel se ajusta a lo que 2019 pide: adaptarse a las nuevas formas de entender la música independientemente de si es trap, reggaetón o pop; dar voz a propuestas jóvenes y sobre todo, demostrar que hay mujeres en la música capaces de encabezar un festival de 200.000 asistentes sin que les tiemble el pulso. 

lunes, 18 de febrero de 2019

Si los chavales camelan pegándole un poco a la lejía o camelan pegándole a la mandanga ¡pues déjalos!

No me gusta despedirme ni las palabras inútiles de compromiso que dan a entender que los demás lamentan tu partida:
“Quédate, es una pena que te vayas ya”
“Vas a perderte lo mejor”
“Te echaremos de menos”
Sabía que no era así, que a todos les daba igual que me quedara o me fuera, que estaban tan drogados y concentrados en su propia existencia como para percatarse de la mía. Siempre me escabullía cuando nadie miraba, en un susurro. Cargué mi mochila repleta de ropa sucia de varios días y unas zapatillas llenas de tierra y restos pegajosos de garrafón. Empecé a andar antes de que alguien se diera cuenta de mi desaparición y, cuando ya estaba lo suficientemente lejos como para que nadie me viera, busqué en el Google Maps la estación más cercana. Envié mi ubicación en tiempo real a una amiga, me había acostumbrado a ese tipo de “precaución” cada vez que huía. Al marcharme sola se molestaban porque no avisaba, amenazando con que algún día me pasaría alguna desgracia por no decir nunca adónde me iba ni dónde estaba. En cierto modo tenían razón. Siempre quería desaparecer, pero durante un tiempo y en unas circunstancias muy concretas, volviendo como Lázaro en el plazo de días que me diera la gana.
Notaba la mucosa de la boca totalmente agrietada y herida, fruto de dos días sin beber algo que hidratara o comer algún alimento cocinado en más de cinco minutos. Mientras andaba, paseaba también la lengua por las paredes de mi boca, recorriendo los laberintos formados por las cicatrices de morderme los carillos. No me hizo falta emitir ningún sonido para saber que tendría disfonía la mañana siguiente. La sequedad de la garganta se extendía por todo el cuerpo, mi piel tenía el tacto de la polipiel vieja y mala de un sofá antiguo. Sentía haber envejecido diez años en menos de 48 horas.
El camino hasta la estación era una línea recta, un trayecto sumamente anodino, por lo que no pude evitar prender la mecha de aquella bomba.
Desperdicio mi tiempo con estas cosas y esta gente.
Somos tan aburridos que necesitamos beber hasta rozar el desmayo para sentir un poco de diversión.
No los aguanto cuando van drogados.
Cada paso equivalía a dos frases tajantes e hirientes en mi contra. Mi mente era una cabrona, pero una cabrona muy sincera. Sentenciaba que todas estas salidas eran un pésimo intento de olvidarme de quién era yo y de cómo era el mundo que me rodeaba. Como en un casino, las salas de fiestas no tenían ventanas que dieran al exterior y así, perder la noción del tiempo y del espacio; una caja de Schrödinger donde nada y todo existía mientras estuvieras entre esas cuatro paredes. A diferencia de mis compañeros, yo era demasiado consciente de ello, por lo que me asfixiaba saber que la vida corría fuera de nuestro espacio. Me sentía ridícula. Sentía que perdía mi tiempo en algo que no me gustaba con gente que no me importaba. Necesitaba salir de aquella caja pese a estar segura de que, una vez fuera, solo sería una tía patética, deprimida y llorica. Veía con ojos de ave nocturna aquella penosa escena: gente sudada y encocada bailando a destiempo un ritmo que nadie podría aguantar si todas sus funciones corticales estuvieran intactas; rituales de cortejo cutres para que alguien finja quererte durante un par de horas, veneno neurotóxico que te deje tan inconsciente como para descubrir que toda esa magia era en realidad un truco barato de aficionado.
Cuando aquello ocurría desaparecía sin despedirme porque no quería ser la niña cruel que desvelara al resto de compañeros que los Reyes Magos eran los padres. El peor título que una puede recibir es el de aguafiestas.

Esperé una hora en la estación hasta que el tren llegó. No contesté ningún mensaje. En casa me duché, arrastrando literal y metafóricamente toda la suciedad que cargaba mi cuerpo. Me prometí que no volvería a ser tan estúpida para meterme de nuevo en aquella caja negra, que hoy era domingo y se me perdonaban los pecados. Me hice aquella promesa siendo consciente de que la iba a romper, pero no hacérmela sería aceptar que me convertiría para siempre en un cadáver.

sábado, 16 de febrero de 2019

Estudio básico de la patología

Diagnóstico es el nombre de pila con el que te bautizan a los veinte años.

Lágrimas que te alimentan como si fueras un hongo.

La razón por la que te pones uñas de gel —a pesar de lo que diga C Tangana— y no dejarte cicatrices en el cuerpo.

La necesidad de saltar de un sexto piso porque un cráneo aplastado es más confortable que un cráneo lleno de eco.


Tratamiento es la diferencia entre el estar y el ser enferma. 

Destaparse de la tristeza para cubrirte de la más terrible anodinia.

Las náuseas y la confusión cuando olvidas la pildorita rosa.

Ir cada dos semanas a tu camello con título farmacéutico.





domingo, 10 de febrero de 2019

Siempre bajábamos al sótano del hospital

Siempre bajamos al sótano del hospital para comprar comida en las máquinas expendedoras, son más baratas que en el resto del edificio. Mientras disuelvo el azúcar con mi palito de plástico veo pasar decenas de cadáveres hacia la sala de autopsias. Pego entonces mi primer sorbo al café aguado observando este desfile fúnebre.

Me preguntan qué se siente al estar frente a un muerto como si fuera un estado distinto al de la vida, como si la muerte nos igualara a todos. No hay mentira más dolorosa que esa.

El olor de la sala de anatomía me colocaba como si se tratara de Ayahuasca, hablábamos en susurros para no despertar a los muertos. Mirar a la cara de los cadáveres me provocaba respeto, evitaba posar la mirada en aquellas canicas inertes por si alguno pestañeaba. Un cuerpo sin vida es muy parecido a uno con vida salvo por el apestoso formol que lo embadurna. A las ocho de la mañana entraba con mi bata y mis guantes y todavía somnolienta sobaba cada parte de un cuerpo que desconocía, palpando nervios, tendones y vísceras.

Me preguntan en ocasiones sobre ello, en cómo es convivir con la muerte. Hablo de ella y manos tontas buscan madera para evitar la mala suerte. ¿Es la muerte una cuestión de mala ventura? Cuando eres capaz de acariciar un neonato recién fallecido antes de meterlo en su ataúd minúsculo, la muerte no te da miedo. Es vivir lo que te aterra. 

El gran terror es vivir. Morir es pincharse el dedo con el huso de una rueca con la seguridad de que ningún príncipe desconsiderado aparezca. Por tanto, aprendí con ojos brillantes como circonitas los fármacos que podría escoger para acabar con mi vida de una forma indolora y apacible. Sin saltos al vacío. Sin desgarros de arterias. Sin ahorcamientos torpes desde la barra de una bañera.

No pude decidir sobre mi llegada, dejadme al menos escoger mi no-existencia.