sábado, 2 de diciembre de 2017

Carta de despedida

No sé qué decirte, Lucía. No lo sé. He tenido mil conversaciones contigo en mi cabeza a lo largo de estos tres años pero ahora que intento poner por escrito todo lo que quiero decirte no sé por dónde empezar. Me siento muy imbécil y ridículo escribiendo esto, como si esperara que me leyeras en algún momento. Tecleo sin saber muy bien qué poner, teniendo la seguridad de que cuando suelte toda esta bilis acabaré borrándolo todo y olvidando esta tarde, haciendo ver que nunca he tenido la tonta necesidad de sentarme frente al ordenador y llorar como un niño mientras te escribo.

Gaia, tu gata, sigue conmigo. Está ya viejecita y se pasa el día durmiendo, sobre todo ahora que se acerca el invierno. A veces creo que te busca, se sube al sillón en el que solías sentarte a leer y se pone a maullar mirando a la nada. Los dos te echamos de menos pero nos hemos hecho a la idea de que no volverás. Nos lamemos las heridas mutuamente.

Aunque por casa todo sigue tal cual lo dejaste, las cosas fuera han cambiado muchísimo. El barrio se está vaciando cada vez más, la gente está huyendo a zonas más céntricas. Yo tal vez lo haga ahora que me han ascendido. Por fin tengo un despacho propio, sabes. Después de tanto tiempo cobrando como si fuera un becario y compartiendo mesa con otro compañero al fin me han dado el cargo que merecía. No es que cobre muchísimo más pero al menos es un sueldo digno y me permite un apartamento menos alejado del trabajo. Me dará mucha lástima dejar este piso después de estar aquí casi siete años. Por cierto, el vecino del primero, aquel chico que iba en silla de ruedas, se ha casado. Han sido padres hace unas pocas semanas. Se ve que era una niña que esperaban con mucha ilusión y están que se mueren con ella, incluso le han comprado un carro especial para que él pueda empujarlo. Tu amiga Irene también ha sido mamá, me la encontré la semana pasada llevando un cochecito gemelar. Después de tanto tiempo me costó reconocerla, está muy cambiada. Nos paramos unos minutos a charlar. Pude hablar de ti sin que se me encogiera el corazón demasiado, ayudó que ella se mostrara cercana y atenta, que no fuera muy intrusiva con sus preguntas.

Acordarme de ti, en general, duele cada vez menos pero hoy ha sido un día de mierda, un día en el que me ha costado no desmoronarme. Me ha llamado tu madre, es ya una costumbre anual. Me ha preguntado cómo me iba todo, el trabajo, la casa, Gaia... Hemos intentado hablar de todo, incluso del tiempo, pero era imposible disimular el motivo de la llamada. Con una voz triste y entrecortada me ha preguntado si iba a hacer “algo” hoy. Le he dicho que no, que sabía que tú no creías en eso y que tras tres años tenía que intentar vivir sin ti. He notado su llanto al otro lado del auricular. Ha colgado tras pedirme perdón por molestarme, que no volvería a llamarme. Sé que miente, que el año que viene volverá a marcar mi número para sentir que hay algo que la acerca a ti, que no te has ido del todo.

Hoy hubieras cumplido veintinueve años y eso me destroza. Me duele no porque no estés conmigo, sino porque nunca sabrás lo que es tener más de veintiséis años. Porque nunca sentirás una vida en tu vientre, porque nunca viajarás a Asia como querías, ni tampoco verás morir a tu madre. Porque nunca acabarás esa novela en la que tanto trabajaste, ni llorarás si no te la hubiera aceptado la editorial. Porque nunca te arrepentirás de cortarte el pelo, de hacerte un tatuaje o te escayolarán un brazo. Porque nunca nadie volverá a darte un beso ni a hacerte el amor. Porque nadie más volverá a hacerte reír, porque nunca más volverás a abrir los ojos. Porque no querías nada de esto.

Joder, Lucía. Nadie merece ser enterrado con la piel aún tersa, sin canas y con todos los dientes intactos. No sabes todo el dolor que me causa pensar que ya no existes, que decidiste que tu futuro no valía la pena. Durante estos tres años he intentado omitir esa parte, intentando llevar el duelo lo mejor posible. Estoy todavía perdonándote, perdonándome a mí también. Por no haber prestado atención a las señales, por pensar que esa mala época pasaría, que yo era suficiente para sacarte del pozo. Estoy empezando a entender que aunque yo podría haber hecho más, la decisión fue tuya. No puedo evitar enfadarme contigo por todo el dolor que nos has dejado pero poco a poco va disipándose porque como te decía, es ahora cuando empiezo a entenderte. No querías seguir con tu vida y aunque me queme la rabia, lo respeto. O al menos lo intento.

De la misma manera, tengo que respetarme a mí también. Y aunque te haya querido como no he querido a nadie en la vida, no puedo seguir así, esperando a que vuelvas, rechazando a otras mujeres porque siento que te engaño, guardando todavía tu ropa en el armario. Por eso, Lucía, es la última vez que hablaré contigo. No es que te vaya a olvidar, siempre vas a estar en mi vida. Pero, mi amor, tienes que empezar a formar parte de mi pasado, de mis recuerdos y aunque me cueste, tengo que seguir sin ti. Tú decidiste ponerle fin a todo y no te culpo. Por favor, no me culpes por querer tener un futuro.

Te quiero, mi vida.

Siempre tuyo,

                              M.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Sueños lúcidos

Mis sueños están llenos de colores. También de olores, sabores y sensaciones. En ellos puedo notar el frío, los abrazos o un beso. En ocasiones soy dueña de mi destino, controlo mis acciones como si fuera un videojuego. Mis expediciones oníricas abarcan diferentes escenarios pero últimamente sueño con el futuro. 

Soy la jefa de una modesta librería. Allí vive mi (futuro) gato Lucifer. Es de pelaje largo y negro, ojos grandes y amarillos. Lucifer vigila la puerta, nadie sale o entra sin que él se entere. Es un gato curioso pero poco amistoso, solo se deja tocar por mi (futuro) marido, mi (futuro) hijo y por mí. Aunque solo cuando él quiere, no le gustan los mimos en exceso.

Atiendo en la caja, llevo el pelo recogido porque cuando estoy ocupada me molesta que caiga sobre mi cara. Mi marido aparece por la puerta y Lucifer se cruza con elegancia entre sus piernas, restriega su cabecita para darle la bienvenida. Mi hijo aparece detrás, arrastrando su mochilita de carro azul y amarilla. Viene poniendo morritos, se ha enfadado con papá. Se acerca mirando de reojo a mi marido y se abraza a mis piernas, hundiendo la cabeza en ellas. Paso una mano por su pelo. Es rubio, no sé a quién ha salido aunque mi abuela siempre me contaba que mi abuelo tenía el pelo lleno de tirabuzones dorados. Su papá lo coge en brazos y él reniega, quiere bajarse y estar con su mamá. Hace como si le mordiera los mofletes y él se revuelve, le pone sus manitas en la boca para apartarlo mientras grita “Párate, papá. Déjame. No, no, no. Paraaaa, jolín.” Su padre deja de morderle y lo lleva a la esquina de la librería, sentándole en una silla pequeña de plástico. Vuelve a por su mochila y saca los cuadernos del colegio. Se sienta a su lado en otra sillita de plástico. Conforme le va ayudando a hacer los deberes, su cara de enfado desaparece. Tranquilamente va dibujando sus aes y sus oes, aprendiendo la forma de diferentes letras.

Cada vez oscurece más pronto y eso se nota en la clientela, solo hay un señor mayor cotilleando varias contraportadas ante la atenta mirada de Lucifer. Mientras él se decide yo me acerco a la mesita donde están mi marido y mi hijo, le doy un beso en la coronilla al primero. 




domingo, 15 de octubre de 2017

Arde Galicia



El norte se quema. Lenguas de fuego lamen ramas de eucalipto y abedul, reduciendo la vida a un cementerio de troncos negros. Ochenta incendios en pocos días, hijos de puta armados con cerillas y gasolina han asesinado uno de los pulmones verdes de esta tierra. Señalas con el dedo al pirómano que cada año deja estéril un trozo de monte; sientes en tu pecho la soberbia mientras desperdicias lágrimas implorando un poco de lluvia. Treinta grados un quince de octubre, qué maravilla es bañarse en otoño en la mar. Somos cómplices de este homicidio. El dinero no reduce las llamas.



miércoles, 20 de septiembre de 2017

Escritura automática II

Mi gato no para de maullar. Se pasa todo el día rondando la casa y acercándose al balcón para lanzar uno de sus gritos desesperados. Me pregunto qué le pasa, qué le ronda por la cabeza para estar tan inquieto y agresivo. Luego me veo a mí, aguantándome un aullido en el pecho, caminando siempre hacia los mismos sitios: idas y venidas iguales durante semanas. Y entre tanto, la misma línea de pensamiento. Totalmente igual durante meses (incluso años). Odio la sensación de cárcel que yo misma he construido, palabra a palabra, en mi cabeza. Nunca escapo de ella porque flota sobre mí, porque soy yo el alguacil. Vaya donde vaya siempre me topo con el mismo muro. 
Lucho diariamente contra mí misma, me obligo a seguir el ritmo de la ciudad: despertador a las seis y media, preparar la comida, andar a la universidad, atender, comer, volver, otra vez clases, volver de nuevo, ducha, cenar y dormir. Así pasan los días, equivalentes unos a otros, viviendo por inercia.
Tal vez no me guste vivir así, tal vez a mi gato tampoco. No hay nada más sincero que un grito profundo para informar sobre la desesperación y el hastío, para decir ya basta. 
Fin. Miau.

miércoles, 5 de julio de 2017

Última noche en Chernóbil

Nunca supe que aquella noche fue la más importante de mi vida hasta muchos años después. De verdad que no. Si lo hubiera sabido... Entonces era valiente, pero ya no. Ya no.

Mi madre me contó que Oleg la despertó y le dijo que volvería pronto, que había un incendio en la central. Al día siguiente su cama seguía desecha. Si ya han apagado el fuego, por qué no viene, repetía. 
Hasta ahí recuerdo con claridad. Luego es todo gris y confuso. Sé que me levanté y tenía náuseas. Estaba agotada. Siempre he sufrido del estómago pero esta vez era diferente. Lo noté. Lo supe. Cada vez más cansada. No paraba de vomitar. 
Por la tarde nos avisaron de que estaba en el hospital. No nos dijeron qué le había pasado, solo que estaba allí. Dejamos todo en Prípiat. No cogimos nada. Si lo hubiera sabido tampoco me hubiera llevado nada, pero hubiera sido mejor saber que era la última vez que estaría en casa.
Cuando llegamos nos dijeron que tenía quemaduras por todo el cuerpo. No nos dejaban pasar. Estudio enfermería, repetía, puedo ayudar. Después de insistir me dejaron entrar. Lo que vi no lo había causado el fuego. ¿Qué ha pasado?, preguntaba pero nadie quería contestarme, nadie lo sabía. 
Cuando salí mi madre lloraba en la puerta. No la habían dejado entrar. Anya, tienes que ayudarle. Tienes que salvar a mi Oleshka. Ayúdale, por favor. 
No puedo, repetía. 

Murió de los primeros. Nadie nos dio una explicación. Simplemente murió. Se lo llevaron y no nos dejaron enterrarlo junto a mi padre. Trasladaron su cuerpo a Chernóbil. Allí reposaría para siempre.
En la cama de al lado había un chico, era tan joven… No paraba de sollozar y gritar. No lo sabíamos. No nos dijeron nada. Nadie le hacía caso. Nos está matando. Levantaba los brazos, tenía unas manchas negras poblando la piel que ya empezaba a despegarse de la carne y caerse a tiras. Está dentro. ¡Está dentro!
¿El qué?, le pregunté.
La radiación. 

Nunca acabé enfermería. Si no pude ayudar a mi hermano qué sentido tenía seguir. Después de aquello me fui con mis tíos a Suecia. Mi madre no quería dejar Bielorrusia, dijo que toda su vida estaba allí. Sé que murió hace un par de años pero no fui a su entierro. No puedo. De verdad. ¿Acaso es un delito querer olvidar, no querer morir? Si lo hubiera sabido me habría quitado la vida entonces, pero ahora... ¿para qué? Ya morí aquella noche. No puedo ser madre. La radiación se instauró en mi útero y lo marchitó. Dejé de ser mujer y persona aquella noche. Anya murió allí. Ahora solo soy Anna S. 
A nadie le importa ya Chernóbil. Nos llaman los supervivientes de Chernóbil pero yo me pregunto si realmente lo somos, si alguien sobrevivió a aquella noche.



Inspirado en la novela de Svetlana Aleksiévich Voces de Chernóbil.

domingo, 18 de junio de 2017

El río

La ciudad está dividida por un río, una frontera natural que separa dos mundos totalmente distintos. Solo nos une un puente que nadie suele cruzar.

En este lado del río nos infestan las ratas, que son tan grandes como gatos. Por la noche, en las calles poco iluminadas, puedes ver miles de puntos rojos entre los arbustos. Oyes cómo las ramas crujen bajo su peso, cómo se pelean entre ellas, cómo emiten chillidos agudos que te erizan el vello. 
Los círculos de roedores son algo común, el pan de cada día. Cada mañana encuentras algún cadáver en la acera, medio devorado por sus compañeras, que clavan sus hocicos sangrientos en las tripas del animal y tiran de ellas para llevarse el mejor trozo. Escarban y desgarran con sus patas hasta que borran cualquier rastro de vida anterior y, en los adoquines, quedan jirones de piel y una mancha oscura y viscosa.
Los niños exhiben los mordiscos de las ratas con honor; tatuajes que han costado noches de fiebre y congestión y ahora son expuestos en sus pieles curtidas por el sol. 

En este lado del río somos recolectores de basura. Pasamos los días entre plástico, chatarra y demás desperdicios que los de la otra orilla lanzan. Somos el vertedero del lado bueno de la ciudad. Somos la mierda que sus blancos y pulcros váteres tragan. Aquí acaba todo lo que no tiene cabida en sus ostentosas vidas. 
Levantan la barbilla cuando hablan de sus colegios bilingües, de sus clases de piano, de los partidos de pádel. Nos llaman ineptos, analfabetos. Pero no lo somos. ¿De qué nos sirve aquí saber integrar, contar en francés o conocer las capitales de Europa? No saberlo no nos hace idiotas. Pregúntale a cualquier chiquillo a qué temperatura se funde el cobre y te lo dirá, pídele a cualquier mujer que te cambie el motor del coche y tardará menos de cinco minutos, consulta a cualquier abuelo remedios para las quemaduras y en dos días las ampollas habrán desaparecido. El hambre es el mejor maestro.

jueves, 1 de junio de 2017

Sobre leer a más mujeres

Quien más, quien menos tiene una pequeña biblioteca en su casa. Sea humilde u ocupe las cuatro paredes de una habitación, estoy segura de que todas comparten una misma característica: la mayoría de los libros están escritos por hombres.

Pongo mi ejemplo.

En mi habitación tendré unos 100 libros y de ellos, aproximadamente, solo el 20% está escrito por mujeres. Estos libros no son heredados, quiero decir que conscientemente he ido a la librería y los he escogido uno a uno. Y me pregunto ahora, ¿por qué escogí en su mayoría autores masculinos?
Si soy sincera, no lo sé. Simplemente ocurrió, compré y leí lo que me iba apeteciendo hasta que un día me di cuenta de que apenas había leído mujeres.

Habrá quien piense que el valor literario no tiene nada que ver con el género, que cada uno lee lo que le place, que de la misma manera que leemos pocas mujeres tal vez leamos pocos autores camboyanos, nigerianos o iranís. Estoy de acuerdo. Pero eso no resuelve mi duda. Me pregunto qué nos hace escoger entre un extenso catálogo de títulos los escritos por hombres. ¿Tienen un estilo diferente? ¿Los temas que tratan son más interesantes? ¿Hay menos cantidad de mujeres escritoras? ¿Es cuestión de publicidad?
Es algo que me gustaría descubrir y sobre lo que escribiré a final de año.

Lo que sí que tengo claro es que esto va a cambiar. He empezado a leer autoras, a interesarme por ellas. Este año, de los cinco libros que he leído, estos han sido escritos por mujeres.






Aún no tengo una idea formal sobre la literatura femenina, me queda mucho que investigar pero aun así me gustaría decir que, a diferencia de la literatura escrita por hombres, la mayoría de los personajes en estos libros son mujeres. Puede parecer algo trivial pero creo importante leer qué tienen que decir las mujeres sobre las de su mismo género.
Yo, acostumbrada a leer lo que los hombres opinan de nosotras, veo que me interesa mucho más la perspectiva femenina. Compartimos experiencias, vivencias, monstruos, etc. No caen en los mismos tópicos de inteligente-fea-amable, guapa-tonta-malvada, poderosa-egoísta-rica, etc. He encontrado un abanico de personalidades con las que me he podido identificar más o menos, pero que al fin y al cabo me han resultado creíbles y reales. Cada una con intereses diferentes, nunca cortadas por el mismo patrón, que más allá de ser mujeres eran personas con inquietudes.


Quiero seguir reflexionando sobre este tema, así que he hecho una lista sobre libros que me han parecido interesantes (y todavía no he leído) por si alguien busca más escritoras y no sabe por dónde empezar:

  • The power - Naomi Alderman
  • La guerra no tiene rostro de mujer - Svetlana Aleksiévich
  • Partir - Lucía Baskaran
  • Manual para mujeres de la limpieza - Lucia Berlin
  • Solterona: La construcción de una vida propia - Kate Bolick
  • La condición animal - Valeria Correa Fiz
  • Días sin hambre - Delphine De Vigan
  • Teoria King Kong - Virginie Despentes
  • Vernon Subutex - Virginie Despentes
  • Strangeland - Tracy Emin
  • 84, Charing Cross Road - Helene Hanff
  • La débil mental - Ariana Harwicz
  • Lo contrario de la soledad - Marina Keegan
  • Sé donde estás - Claire Kendal
  • La analfabeta - Agota Kristof
  • Demasiada felicidad - Alice Munro
  • El vino de la soledad - Irène Nemirovsky
  • Todos deberíamos ser feministas - Chimamanda Ngozie Adichie
  • Ni de Eva ni de Adán - Amélie Nothomb
  • Metafísica de los tubos - Amélie Nothomb
  • Biografía del hambre - Amélie Nothomb
  • Estupor y temblores - Amélie Nothomb
  • Cuentos completos - Flannery O’connor 
  • El embarazo de mi hermana - Yoko Ogawa
  • El museo del silencio - Yoko Ogawa
  • El papel pintado de amarillo - Charlotte Perkins
  • La campana de cristal - Sylvia Plath
  • Arte - Yasmina Reza
  • En el trineo de Schopenhauer - Yasmina Reza
  • Tú no eres como otras madres - Angelika Schrobsdorff
  • Poemas de amor - Anne Sexton
  • El mundo después del cumpleaños - Lionel Shriver
  • Los Mandible - Lionel Shriver
  • Éramos unos niños - Patti Smith
  • Los hombres me explican cosas - Rebecca Solnit
  • Mi vida en la carretera - Gloria Steinem
  • Nada - Janne Teller
  • Kitchen - Banana Yoshimoto
  • Sueño Profundo - Banana Yoshimoto



He leído en varios blogs, twitter y demás sobre iniciativas de este estilo.
Dejo algunos enlaces de interés:




viernes, 12 de mayo de 2017

Calma

La gente no llega a entender qué es estar enfermo. Se hace una idea, ligera, superficial, de lo que es cargar diariamente con ello. Funcionar a base de pastillas, técnicas de relajación, contención y, sobre todo, poner la mente en blanco para no romperse. La depresión no es pasarse el día llorando ni la ansiedad es estar nervioso por un examen. Es más complicado.
Las personas nos apropiamos de las palabras y distorsionamos su significado, quitándole sentido, devaluando así todo lo que sale por nuestra boca. No hablo en nombre de un colectivo, hablo por mí, aunque a veces me cueste tanto. Escribo esto porque estoy harta. Harta de que me juzguen, de que me describan con el vocabulario que ellos creen correcto. Siento la culpa cruzando mis arterias. Me dicen, silenciosamente, que yo he elegido estar así, que es algo que puedo controlar, como si volver a funcionar bien fuera tan fácil como reiniciar un ordenador que se ha quedado pillado.
En el fondo sé que no lo hacen con mala intención, pero me cansa. Me cansan sus voces y me cansa la mía, que también me repite que soy yo la autora de todo.
Soy lo que siento, pero sobre todo, soy cómo siento. Y estoy agotada de tener que justificarme por ello, de pedir perdón repetidamente por no funcionar como el resto. Estoy agotada de la filosofía Mister Wonderful donde todo se consigue si se quiere, que las emociones se dividen en buenas y malas y no estar feliz constantemente es un delito.
Siento no estar brincando de alegría. Siento quejarme. Siento estar descontenta, triste, desilusionada, apática.
Siento tener este problema y tener que explicar a todo el mundo el porqué de ello. Pues no lo sé. Solo sé que forma parte de mí, de mi día a día, de mi manera de ver el mundo. Quien no lo ha sufrido no sabe de qué hablo, de cómo me he llegado a sentir, cómo he notado que me iba hundiendo sin saber la razón. Lo llega a ocupar todo, hasta se apodera de tu autonomía y empiezas a vivir por inercia. Tu existencia comienza a pesar. Insomnio, náuseas, vómitos, disnea, palpitaciones, temblores, artralgia, cefalea… Un abanico de síntomas físicos que te acaban de joder, que te encierran más.
Y aguantas hasta que sientes que la piedra que te hunde el pecho es demasiado pesada, que ya no puedes respirar por ti misma.
Yo no pido que carguen con ella, ni que me salven. Solo deseo que me entiendan. El problema es que nadie quiere escuchar. Solo suponen, piensan, creen. Nadie pregunta, por tanto, no existen respuestas.


viernes, 24 de marzo de 2017

Diario de ansiedad




Querido diario,

esto es lo más honesto que puedo escribir a estas alturas. No es ficción, tampoco corresponde a la realidad. Todo lo que acabo plasmando en el papel queda a medio camino, lleno de lirismo para que me sea más fácil vomitarlo.

Despierto por la mañana y la habitación baila como si estuviera muy colocado, como si tuviera una resaca continua. Después de una hora en la cama y luchar contra la fuerza de la gravedad, consigo levantarme. Desayuno lo que mi esófago deja pasar, está lleno de nudos que impiden que el bolo alimenticio descienda. Los malos pensamientos habitan en mi cuerpo, escarban los órganos y se implantan en ellos; parece que los que han anidado en el estómago se han reproducido y han ocupado todo su volumen, impidiendo que quepa algo más. Siento náuseas y saciedad casi todo el día, así que, semana tras semana veo como la báscula baja. Los agujeros del cinturón ya no son suficientes para aguantarme los pantalones.

Miro el reloj. Las horas pasan lentas, el tiempo ha dejado de tener sentido. Estoy tan aburrido. No puedo leer, no puedo escribir, no puedo estudiar. Ocupo mi cabeza viendo series basura de trama plana. Los ojos me escuecen de tanta televisión, de tanta mierda que no consigue hacerme sentir nada.

Mi happy hour llega. Toca medicarse, ganas de vivir divididas en unidosis de diez miligramos, toda mi fuerza resumida en un blíster.

En cuatro semanas la ansiedad desaparecerá. Aún no han pasado ni tres días pero ya he decidido ponerme bien. A partir de ahora, en este mismo instante, mientras escribo esto, pego carpetazo a todo lo que no me deja vivir tranquilo, lo que me impide experimentar la calma.

Me miro al espejo. Las manos me tiemblan y tengo la boca llena de arena. Trago la pastilla y le hago una mueca a mi reflejo.

Esta sonrisa está patrocinada por Escitalopram.

viernes, 3 de febrero de 2017

Supongo que te sonará Schopenhauer

Supongo que te sonará Schopenhauer.

Sí, claro.

Hay una cita suya muy famosa que dice algo así como que quien es cruel con los animales no puede ser buena persona.

Sí, sí. Sé a cual te refieres.

Me parece una reflexión muy buena, todo aquello de que el cómo tratas a un ser inferior denota la clase de persona que eres. No sé, me marcó bastante. Creo que tiene que ver con que siempre me hayan gustado los animales y que les haya prestado más atención a ellos que a las personas. A pesar de lo que muchos digan de ellos, me parecen unos seres muy sinceros. Si les caes bien siempre estarán allí para ti, jugando, defendiéndote. Tienen una lealtad admirable. En cambio, si les caes mal no lo ocultarán, te gruñirán y te morderán si les acercas la mano. Con los animales no existe la hipocresía, no puedes fingir que te gustan porque ellos lo notan, sienten cuando no estás cómodos con ellos. Y lo mejor es que no les importa. No se pondrán pesados para que les hagas caso, simplemente te ignorarán porque le resultas indiferente. Con un animal no te vale el carisma, la labia o la simpatía. Ni tan siquiera te prestarán atención si le hablas de tus triunfos artísticos o deportivos. Toda tu inteligencia y razón les importa un pito, no puedes conquistar a un animal hablando del estilo irreverente de Bukowski, de la carrera en solitario de Paul Simon o el movimiento dogma 95. Puede que los idiotas que plagan los tugurios hipsters se caigan a tus pies cuando sueltas tanta pedantería por la boca. Pero los animales no. A un animal no se le conquista con la imagen que pintas, sino con el lienzo blanco que hay debajo.

Nunca lo había pensado.

Por eso me gusta esa cita, y por eso me gustan ellos. Nunca me han pedido nada que no les he podido dar, no me han exigido ser más cariñoso o atento de lo que ya era. Además, siempre se han conformado con lo poco que les podía ofrecer y siempre me lo han devuelto con creces.

¿Tienes alguna mascota?

No, aunque de pequeño quería un perro pero nunca me dejaron tenerlo. Mis padres no eran muy amantes de los animales, siempre me decían que un apartamento no era un sitio para ellos.

¿Y ahora por qué no? ¿No vives solo?

Supongo que tenían razón.

martes, 17 de enero de 2017

Crónica de un amor desgastado

Ayer celebramos nuestro quinto aniversario y me sentí totalmente fuera de lugar. Los regalos, la cena, el hotel… Un escenario lleno de atrezzo para darle sentido a esta obra con un pésimo guión. Me compraste la Nespresso que nos hacía falta, yo te regalé un móvil nuevo. Follamos y nos fuimos a dormir sin desearnos las buenas noches.

¿Por qué de repente me siento diferente a tu lado?

Empiezo a reflexionar y sé que no es algo nuevo, que es una verdad que ha estado latente durante mucho tiempo. Cuando estoy contigo ya no siento nada, ni amor, ni deseo, ni ganas. Que nos besamos y siento que tu boca no está conectada a tu persona, que solo me inspiras neutralidad. Cuando esto ocurre siento que es algo mutuo, que nuestras bocas se mueven por inercia y tenemos sexo para matar el tiempo. El interés entre los dos ha disminuido, es un hecho. Desde hace un par de meses ya no me miras igual, no hablamos nunca de nada. La necesidad de estar juntos en todo momento ha desaparecido. Hacemos mil planes con nuestros amigos porque no queremos aceptar que ya no nos sentimos a gusto los dos solos. Creo que nos hemos acomodado en esta relación porque no queremos estar solos de nuevo, que nos da miedo levantarnos cada mañana en una cama fría, cocinar para uno mismo o pasear por una casa vacía.

Me aterroriza no ponerle nombre a esta sensación que ha anidado en mi pecho.
Si pienso en que toda mi vida va a ser igual, conformándome con tu compañía, me echo a temblar. Siento que nunca volveré a tener momentos especiales, ni a excitarme, ni a morirme por quitarte la ropa y comerte a besos. Pero pensar en tu ausencia también me asusta. Te echo en falta cuando no estás, te aborrezco cuando vuelves. ¿Es esto el amor adulto?

En algún momento nos amamos como lo hacen los niños. Ahora no sé si despedirme con un te quiero, si terminarlo con una interrogación o un punto.