La ciudad está dividida por un río, una frontera natural que separa dos mundos totalmente distintos. Solo nos une un puente que nadie suele cruzar.
En este lado del río nos infestan las ratas, que son tan grandes como gatos. Por la noche, en las calles poco iluminadas, puedes ver miles de puntos rojos entre los arbustos. Oyes cómo las ramas crujen bajo su peso, cómo se pelean entre ellas, cómo emiten chillidos agudos que te erizan el vello.
Los círculos de roedores son algo común, el pan de cada día. Cada mañana encuentras algún cadáver en la acera, medio devorado por sus compañeras, que clavan sus hocicos sangrientos en las tripas del animal y tiran de ellas para llevarse el mejor trozo. Escarban y desgarran con sus patas hasta que borran cualquier rastro de vida anterior y, en los adoquines, quedan jirones de piel y una mancha oscura y viscosa.
Los niños exhiben los mordiscos de las ratas con honor; tatuajes que han costado noches de fiebre y congestión y ahora son expuestos en sus pieles curtidas por el sol.
En este lado del río somos recolectores de basura. Pasamos los días entre plástico, chatarra y demás desperdicios que los de la otra orilla lanzan. Somos el vertedero del lado bueno de la ciudad. Somos la mierda que sus blancos y pulcros váteres tragan. Aquí acaba todo lo que no tiene cabida en sus ostentosas vidas.
Levantan la barbilla cuando hablan de sus colegios bilingües, de sus clases de piano, de los partidos de pádel. Nos llaman ineptos, analfabetos. Pero no lo somos. ¿De qué nos sirve aquí saber integrar, contar en francés o conocer las capitales de Europa? No saberlo no nos hace idiotas. Pregúntale a cualquier chiquillo a qué temperatura se funde el cobre y te lo dirá, pídele a cualquier mujer que te cambie el motor del coche y tardará menos de cinco minutos, consulta a cualquier abuelo remedios para las quemaduras y en dos días las ampollas habrán desaparecido. El hambre es el mejor maestro.
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