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miércoles, 20 de septiembre de 2017

Escritura automática II

Mi gato no para de maullar. Se pasa todo el día rondando la casa y acercándose al balcón para lanzar uno de sus gritos desesperados. Me pregunto qué le pasa, qué le ronda por la cabeza para estar tan inquieto y agresivo. Luego me veo a mí, aguantándome un aullido en el pecho, caminando siempre hacia los mismos sitios: idas y venidas iguales durante semanas. Y entre tanto, la misma línea de pensamiento. Totalmente igual durante meses (incluso años). Odio la sensación de cárcel que yo misma he construido, palabra a palabra, en mi cabeza. Nunca escapo de ella porque flota sobre mí, porque soy yo el alguacil. Vaya donde vaya siempre me topo con el mismo muro. 
Lucho diariamente contra mí misma, me obligo a seguir el ritmo de la ciudad: despertador a las seis y media, preparar la comida, andar a la universidad, atender, comer, volver, otra vez clases, volver de nuevo, ducha, cenar y dormir. Así pasan los días, equivalentes unos a otros, viviendo por inercia.
Tal vez no me guste vivir así, tal vez a mi gato tampoco. No hay nada más sincero que un grito profundo para informar sobre la desesperación y el hastío, para decir ya basta. 
Fin. Miau.