viernes, 12 de mayo de 2017

Calma

La gente no llega a entender qué es estar enfermo. Se hace una idea, ligera, superficial, de lo que es cargar diariamente con ello. Funcionar a base de pastillas, técnicas de relajación, contención y, sobre todo, poner la mente en blanco para no romperse. La depresión no es pasarse el día llorando ni la ansiedad es estar nervioso por un examen. Es más complicado.
Las personas nos apropiamos de las palabras y distorsionamos su significado, quitándole sentido, devaluando así todo lo que sale por nuestra boca. No hablo en nombre de un colectivo, hablo por mí, aunque a veces me cueste tanto. Escribo esto porque estoy harta. Harta de que me juzguen, de que me describan con el vocabulario que ellos creen correcto. Siento la culpa cruzando mis arterias. Me dicen, silenciosamente, que yo he elegido estar así, que es algo que puedo controlar, como si volver a funcionar bien fuera tan fácil como reiniciar un ordenador que se ha quedado pillado.
En el fondo sé que no lo hacen con mala intención, pero me cansa. Me cansan sus voces y me cansa la mía, que también me repite que soy yo la autora de todo.
Soy lo que siento, pero sobre todo, soy cómo siento. Y estoy agotada de tener que justificarme por ello, de pedir perdón repetidamente por no funcionar como el resto. Estoy agotada de la filosofía Mister Wonderful donde todo se consigue si se quiere, que las emociones se dividen en buenas y malas y no estar feliz constantemente es un delito.
Siento no estar brincando de alegría. Siento quejarme. Siento estar descontenta, triste, desilusionada, apática.
Siento tener este problema y tener que explicar a todo el mundo el porqué de ello. Pues no lo sé. Solo sé que forma parte de mí, de mi día a día, de mi manera de ver el mundo. Quien no lo ha sufrido no sabe de qué hablo, de cómo me he llegado a sentir, cómo he notado que me iba hundiendo sin saber la razón. Lo llega a ocupar todo, hasta se apodera de tu autonomía y empiezas a vivir por inercia. Tu existencia comienza a pesar. Insomnio, náuseas, vómitos, disnea, palpitaciones, temblores, artralgia, cefalea… Un abanico de síntomas físicos que te acaban de joder, que te encierran más.
Y aguantas hasta que sientes que la piedra que te hunde el pecho es demasiado pesada, que ya no puedes respirar por ti misma.
Yo no pido que carguen con ella, ni que me salven. Solo deseo que me entiendan. El problema es que nadie quiere escuchar. Solo suponen, piensan, creen. Nadie pregunta, por tanto, no existen respuestas.


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