He sido elegido para
defender el honor de las fuerzas del orden y dar muerte, al fin, a este
personaje desagradable que se hace llamar Blasco Ibáñez.
Puede que en otras
circunstancias él venciera este duelo, pues cada uno tiene su arma y sabe
manejarla bien: él, la pluma; yo, la pistola. Pero hoy no estamos en el
Congreso o en la redacción del periódico. No. Aquí es donde los verdaderos
hombres arreglan los problemas y defienden su honor.
Aparece a la hora
acordada, con una leve sonrisa en los labios, acompañado de dos hombres. ¿De
qué se reirá este patán? Se cree invencible, pero aquí sus palabras no tienen
valor. Aquí es el revólver el que decide.
— Aún puede retractarse,
señor — le dice uno de sus acompañantes.
Suelta una carcajada pero
no responde a su padrino.
— Haz caso al muchacho.
Los hombres de letras tenéis la costumbre de agitaros por todo. Ten claro que
yo no te sacudiré como mi compañero.
El reloj marca las seis en
punto. El duelo comienza.
Veinticinco pasos son los
acordados.
Comenzamos a avanzar, cada
uno en una dirección. Mi estómago sigue cerrado y la mano me tiembla
ligeramente. Este idiota no ha manejado un arma de fuego en su vida, tengo
ventaja, pero el miedo sigue creciendo con cada zancada. Respiro profundamente
en el último paso y sujeto con fuerza la culata de mi arma.
Nos giramos.
Yo he elegido el arma, por
tanto, él es el primero en disparar.
Cierro los ojos. La
detonación no se hace esperar.
Cuando los abro veo el
cañón de su pistola apuntándome, pero no ha tenido suerte.
Me toca.
Levanto la mano, ya blanca
debido a la fuerza con la que sujeto el mango, y disparo. Tiemblo en el segundo
que aprieto el gatillo y la trayectoria se desvía ligeramente. Una nube de
polvo se levanta junto a su pie izquierdo.
Entonces me quedo
paralizado. He fallado.
Blasco no me ha quitado la
mirada de encima desde el comienzo. Parece tan sorprendido como yo y debido a
los nervios, me responde sin acabar de fijar un punto claro. El aire vuelve a
tragarse la bala, pero esta vez pasa cerca de mi oreja con un sutil silbido.
Mantengo la respiración.
Es mi último intento.
La próxima no fallará, lo
sé.
Acarició el tambor de mi
vieja pistola y ruego en silencio que este sea el tiro de gracia. Levanto la
boca del arma y apunto de nuevo a mi adversario. Sus acompañantes se muestran agitados
pero él intenta mantener la compostura, aunque un ligero tembleque en las
piernas lo delata. Está tan asustado como yo.
El martillo se acciona.
Durante una fracción de
segundo estamos ambos en manos del azar. Durante una fracción de segundo
reina la incertidumbre. La muerte aún no ha decidido a quién se llevará.
Entonces cae al suelo.
Los dos hombres corren a su lado y yo me quedo parado, observando. Desabotonan la chaqueta y la camisa, buscando la sangre y la herida, deseando que no haya tocado ningún órgano vital y que pueda salir de ésta.
Los minutos pasan y no veo
ninguna mancha que tiña su ropa. Me inquieto. Me acerco con paso ágil con la
pistola aún en mano.
Entonces noto el odio
subir por mi cuerpo y asentarse en mi garganta. Voy a gritar pero un nudo me lo
impide. Me giro y corro hasta mi padrino. Le arreo con la culata de la pistola
en la cara.
Cae de espaldas y se lleva
una mano a la mejilla herida.
— Pedazo de subnormal —grito—, tu único deber era vigilar que se cumplieran las reglas del duelo.
¡Mira, mira!
Señalo al grupo de gente
que se ha formado al otro lado de la plaza. Entre dos hombres consiguen
levantar a Blasco Ibáñez, descamisado y con el pecho sin un solo rasguño.
Algo en su cinturón
provoca un destello cuando un tímido rayo de sol incide sobre él. En medio de
la hebilla metálica, una bala incrustada.