martes, 28 de junio de 2016

Buenas noches

Sus ojos se apagaron el día que Greta nació.
La sujetó en el pecho y le acarició la nariz con uno de sus dedos finos y temblorosos hasta acabar en sus labios.

—  Será una niña habladora, como su abuela.

Hacía meses que no rebosaba tanta vitalidad. Había aguantado con actitud estoica los dolores hasta que Blanca dio a luz; dijo que no podía irse sin ver a su bisnieta, que en realidad sería su nieta porque a mí siempre me había considerado su hijo. Esperaría hasta que ella naciera y pudiera darle un beso de bienvenida.
Greta se retorcía en sus brazos.

—  Qué inquieta es. Seguro que será tan curiosa como tú.

Me reí y agaché la cabeza. Se suponía que tenía que ser el día más feliz de mi vida pero a veces la teoría falla. No era la tristeza lo que me invadía, sino el miedo. El terror me punzaba en el estómago y hacía que me escocieran los ojos. ¿Cómo podría seguir? Me sentía abandonado a mi suerte con una familia recién nacida. ¿Qué narices iba a hacer yo? Estaba perdido, descolocado. La única persona que podía guiarme se consumía entre las sábanas blancas del hospital.
Dejó de acariciar la cara de Greta y me miró.

— ¿Qué te preocupa?

Iba a decirle que nada pero él sabría que le estaba mintiendo. Abrí la boca buscando las palabras exactas para expresar todas las emociones que estaban empezando a colapsar dentro de mí, pero no surgió ni un sonido. Un grito ahogado en mi laringe. ¿Cómo pedirle que no se fuera ahora? ¿Cómo explicarle que no podía con todo? ¿Cómo suplicarle que aguantara un poco más? Simplemente no podía. No era capaz de decirle que era un egoísta y que quería que me acompañara unos meses más a pesar de los insoportables dolores que le consumían. Tenía miedo de ser un marido pésimo, un padre nefasto y una persona horrible. Si moría, lo mejor de mí se iría con él. Yo no era nadie, todo lo había aprendido de él. Pero, por encima de todo, tenía miedo de estar solo de nuevo.

Noté su mano fría sobre la mía. La estrechó con la poca fuerza que le quedaba. 

— Abuelo…

Apretó más fuerte y las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos. Me sentí avergonzado, no recordaba la última vez que había llorado. 
La enfermera se llevó a Greta, se había quedado dormida. Estuvimos con los dedos entrelazados el resto de la tarde sin mediar palabra. Cuando vinieron a sedarlo tampoco dijimos nada. Simplemente esperé en silencio hasta que su mano dejó de apretar la mía. La coloqué en su costado y me levanté. Le di un beso en la frente, como él solía hacer cuando yo era pequeño.

Buenas noches, abuelo. Descansa por fin.

miércoles, 22 de junio de 2016

Ramas negras

Alguien plantó una semilla en mi estómago. No sé quién, cuándo, o cómo. 
Nunca la noté pero ha estado allí siempre.

Ahora que ha crecido noto su contorno bajo el ombligo, hace presión contra el abdomen. Las ramas punzan mis órganos y sangran. Es un dolor tan seguido y constante que a veces me olvido de que sigue ahí. Pero en ocasiones es tan intenso que sobresale por encima del hambre, la razón o el amor. Lloro y señalo el punto exacto donde la rama se clava, donde ha ido perforando para hacerse paso. Pero nadie la veía aunque me desgarrara por dentro. Me obligué a creer que el dolor no era cierto, que no existía tal planta, que nadie sembró la semilla. Que nada era verdad.

Pero hoy un tallo ha aparecido en mi vientre. Es tan negro que incluso los ojos más blancos pueden corroborar su existencia.

lunes, 13 de junio de 2016

Hoy he vuelto al campo

Hoy he vuelto al campo.
Cuando he aparcado, papá ya estaba en la puerta saludándome con la mano. Nada más verme me ha llevado a la parte trasera de la casa, donde ha plantado un huerto. Había tomates, lechugas, calabazas, calabacines, melones, sandías, naranjas, nísperos… Se ha agachado con dificultad y ha cogido entre sus manos el primer pimiento que había crecido. Le ha limpiado el polvo con el dorso y me lo ha mostrado. Sonreía como un niño con un juguete nuevo.
Me ha enseñado a recoger agua con la bomba para que cuando él falte yo supiera hacerlo. Se ha metido en la acequia y ha introducido el artefacto, luego me ha indicado cómo arrancar el motor.
Me ha dicho que él se quedaba regando y después haría la comida, que saliera a pasear si quería. Le he contestado que bajaría hasta la fuente.

Los perros de la casa de enfrente han empezado a ladrar cuando he cerrado la puerta. Me he aproximado a ellos y se han alterado. Daban vueltas sobre sí mismos y me aullaban con fuerza. Cuando les he acercado la mano para que la olieran se han calmado. Sacaban el hocico por los huecos de la verja y me han lamido los dedos. El dueño me ha saludado desde el porche. Después me han seguido mientras rodeaba el recinto, pero ya no hacían ruido.

Conforme avanzaba, las casas desaparecían, solo estaba la carretera y los campos de naranjos. Solo silencio. Bueno, el silencio del campo: grillos cantando, pájaros revoloteando entre las ramas de los árboles, serpientes deslizándose por los arbustos,  lagartijas corriendo de un lado a otro de la calzada, avispas y abejas zumbando entre las flores… Pero ningún sonido humano salvo mis pisadas.

Entonces ha venido a mi mente el ruido de la Vespino de papá. Era una moto viejísima que siempre se enganchaba al ponerla en marcha. Se gastó más dinero en arreglarla que en comprar una nueva, pero aun así nunca la cambió. Le tenía mucho cariño a ese trasto azul. Yo también se lo guardaba. Con ella íbamos a recoger leña mientras mamá preparaba la cena. Subíamos hasta lo más alto de la montaña y él cortaba un par de ramas para encender la chimenea por la noche, donde nos reuníamos los tres para jugar a las cartas hasta las tantas. Fue la primera moto que conduje. Ilegalmente, claro. Yo tenía quince años y no me había sacado el carné. También la utilizaba como bicicleta cuando se le acababa la gasolina pues tenía pedales.

He seguido avanzando hasta que he visto la casa derruida. La han reformado. Han levantado un enorme cortijo respetando la fachada de la antigua construcción. Desde lo lejos se veían figuras borrosas que corrían de un lado a otro. Debían de ser niños. Yo también corría por allí muchos años atrás cuando estaba abandonada. Subía las escaleras de piedra hasta el primer piso y mamá gritaba que bajara, que me caería. Les amenazaba con botar desde allí y ella se ponía histérica.
— ¡Ni se te ocurra!
Yo hacía ademán de saltar y a mamá se le escapaba un grito de horror. Papá se reía y yo con él. Bajaba rápidamente hasta donde estaban mis padres y me lanzaba a sus brazos. Mamá sacudía la cabeza aguantándose una sonrisa.

Antes de llegar al final del trayecto me he parado en el recinto donde tienen a las vacas y los mansos. El ruido de los cencerros me ha erizado el vello de todo el cuerpo. Hacía tanto tiempo que no lo escuchaba. De pequeña me encantaba acariciar las vacas y sus terneros, recorrer con las yemas de los dedos el contorno de sus manchas como si yo misma las dibujara.

He vuelto a la carretera y la he seguido hasta el final. Allí se alzaba la casa, tan acogedora como recordaba. La pareja que vivía allí cuando yo era pequeña cuidaba la fuente. La mujer decoró con mucho mimo cada detalle de aquel sitio, llenó el suelo de mosaicos de azulejos de colores y todos los días llevaba vasos limpios cerca del surtidor para que los visitantes bebieran.
El hombre, en cambio, tenía un ganso que se encargaba de vigilar las gallinas y asustar a los extraños. Pepe, que era su nombre, estaba amaestrado. Era un animal listísimo. Me daba muchísimo miedo cuando desplegaba las alas y graznaba. Me escondía tras las faldas de mamá y el viejo se reía. Nos contaba que aunque Pepe tuviera muy mal humor era muy bueno, que incluso le traía las zapatillas de ir por casa, que se creía un poco perro.
Hoy ya no había gallinas y Pepe tampoco estaba. Ni la pareja. El hombre enfermó de Alzheimer hacía un par de años y tuvieron que vender la casa para trasladarse a la capital. Ahora vivía allí un matrimonio inglés.
He bebido agua directamente del grifo, ya no había vasos. He subido la rampa y he vuelto a la calzada. Tocaba deshacer camino.

Cuando he llegado a casa un humo gris ascendía desde el paellero. Papá estaba dándole la vuelta a la carne.
— Enseguida estará lista. ¿Vas preparando la ensalada?
En mis manos ha dejado un par de tomates y cebollas, recién cogidas de nuestro huerto.

lunes, 6 de junio de 2016

La mirada del loco



La luz que capturan tus pupilas es la misma que capturan las mías, pero no vemos lo mismo. 
Aunque te sujete la cara y te obligue a dirigir la vista hacia el punto correcto, no notas nada; has perdido la mirada.
Te pregunto qué es lo que ves porque tus ojos son dos centinelas que me impiden el paso. El reflejo que se forma en ellos ha cambiado: las líneas, círculos y cuadrados se vuelven deformes bajo su prisma. 

Entonces, cuando tu boca se abre, las palabras se desparraman por la habitación como un huracán. Son tan afiladas que me arañan en los brazos y las mejillas y, aunque no sangre, el corte ha dejado cicatriz. Algunas han caído encima de la mesa. 
Aunque intentes recogerlas para esconderlas de nuevo, se deshacen en tus manos.
Aunque las barras, siempre quedará algún grano de arena.

No dejas entrar el Sol para que ilumine esas cuatro paredes grises donde ahora vives. Fuera hace un buen día, te lo juro, yo nunca te miento. 
Por favor, abre las ventanas, sube las persianas. Deja que la brisa levante todo el polvo y se lo lleve.
Deja que la tormenta se disperse, por favor.
Déjala salir.
Porque está empezando a llover dentro de mí.