Mostrando entradas con la etiqueta Familia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Familia. Mostrar todas las entradas

domingo, 12 de noviembre de 2017

Sueños lúcidos

Mis sueños están llenos de colores. También de olores, sabores y sensaciones. En ellos puedo notar el frío, los abrazos o un beso. En ocasiones soy dueña de mi destino, controlo mis acciones como si fuera un videojuego. Mis expediciones oníricas abarcan diferentes escenarios pero últimamente sueño con el futuro. 

Soy la jefa de una modesta librería. Allí vive mi (futuro) gato Lucifer. Es de pelaje largo y negro, ojos grandes y amarillos. Lucifer vigila la puerta, nadie sale o entra sin que él se entere. Es un gato curioso pero poco amistoso, solo se deja tocar por mi (futuro) marido, mi (futuro) hijo y por mí. Aunque solo cuando él quiere, no le gustan los mimos en exceso.

Atiendo en la caja, llevo el pelo recogido porque cuando estoy ocupada me molesta que caiga sobre mi cara. Mi marido aparece por la puerta y Lucifer se cruza con elegancia entre sus piernas, restriega su cabecita para darle la bienvenida. Mi hijo aparece detrás, arrastrando su mochilita de carro azul y amarilla. Viene poniendo morritos, se ha enfadado con papá. Se acerca mirando de reojo a mi marido y se abraza a mis piernas, hundiendo la cabeza en ellas. Paso una mano por su pelo. Es rubio, no sé a quién ha salido aunque mi abuela siempre me contaba que mi abuelo tenía el pelo lleno de tirabuzones dorados. Su papá lo coge en brazos y él reniega, quiere bajarse y estar con su mamá. Hace como si le mordiera los mofletes y él se revuelve, le pone sus manitas en la boca para apartarlo mientras grita “Párate, papá. Déjame. No, no, no. Paraaaa, jolín.” Su padre deja de morderle y lo lleva a la esquina de la librería, sentándole en una silla pequeña de plástico. Vuelve a por su mochila y saca los cuadernos del colegio. Se sienta a su lado en otra sillita de plástico. Conforme le va ayudando a hacer los deberes, su cara de enfado desaparece. Tranquilamente va dibujando sus aes y sus oes, aprendiendo la forma de diferentes letras.

Cada vez oscurece más pronto y eso se nota en la clientela, solo hay un señor mayor cotilleando varias contraportadas ante la atenta mirada de Lucifer. Mientras él se decide yo me acerco a la mesita donde están mi marido y mi hijo, le doy un beso en la coronilla al primero. 




miércoles, 5 de julio de 2017

Última noche en Chernóbil

Nunca supe que aquella noche fue la más importante de mi vida hasta muchos años después. De verdad que no. Si lo hubiera sabido... Entonces era valiente, pero ya no. Ya no.

Mi madre me contó que Oleg la despertó y le dijo que volvería pronto, que había un incendio en la central. Al día siguiente su cama seguía desecha. Si ya han apagado el fuego, por qué no viene, repetía. 
Hasta ahí recuerdo con claridad. Luego es todo gris y confuso. Sé que me levanté y tenía náuseas. Estaba agotada. Siempre he sufrido del estómago pero esta vez era diferente. Lo noté. Lo supe. Cada vez más cansada. No paraba de vomitar. 
Por la tarde nos avisaron de que estaba en el hospital. No nos dijeron qué le había pasado, solo que estaba allí. Dejamos todo en Prípiat. No cogimos nada. Si lo hubiera sabido tampoco me hubiera llevado nada, pero hubiera sido mejor saber que era la última vez que estaría en casa.
Cuando llegamos nos dijeron que tenía quemaduras por todo el cuerpo. No nos dejaban pasar. Estudio enfermería, repetía, puedo ayudar. Después de insistir me dejaron entrar. Lo que vi no lo había causado el fuego. ¿Qué ha pasado?, preguntaba pero nadie quería contestarme, nadie lo sabía. 
Cuando salí mi madre lloraba en la puerta. No la habían dejado entrar. Anya, tienes que ayudarle. Tienes que salvar a mi Oleshka. Ayúdale, por favor. 
No puedo, repetía. 

Murió de los primeros. Nadie nos dio una explicación. Simplemente murió. Se lo llevaron y no nos dejaron enterrarlo junto a mi padre. Trasladaron su cuerpo a Chernóbil. Allí reposaría para siempre.
En la cama de al lado había un chico, era tan joven… No paraba de sollozar y gritar. No lo sabíamos. No nos dijeron nada. Nadie le hacía caso. Nos está matando. Levantaba los brazos, tenía unas manchas negras poblando la piel que ya empezaba a despegarse de la carne y caerse a tiras. Está dentro. ¡Está dentro!
¿El qué?, le pregunté.
La radiación. 

Nunca acabé enfermería. Si no pude ayudar a mi hermano qué sentido tenía seguir. Después de aquello me fui con mis tíos a Suecia. Mi madre no quería dejar Bielorrusia, dijo que toda su vida estaba allí. Sé que murió hace un par de años pero no fui a su entierro. No puedo. De verdad. ¿Acaso es un delito querer olvidar, no querer morir? Si lo hubiera sabido me habría quitado la vida entonces, pero ahora... ¿para qué? Ya morí aquella noche. No puedo ser madre. La radiación se instauró en mi útero y lo marchitó. Dejé de ser mujer y persona aquella noche. Anya murió allí. Ahora solo soy Anna S. 
A nadie le importa ya Chernóbil. Nos llaman los supervivientes de Chernóbil pero yo me pregunto si realmente lo somos, si alguien sobrevivió a aquella noche.



Inspirado en la novela de Svetlana Aleksiévich Voces de Chernóbil.

viernes, 28 de octubre de 2016

El viejo y el perro


Cuando el perro se despierta el viejo sigue durmiendo. Espera pacientemente, sin moverse, hasta que el viejo aparta las mantas y mete los pies en dos pantuflas gastadas. Cuando al fin se levanta y echa a andar a la cocina, el perro le sigue. El viejo se sienta frente a la mesa y el perro se tumba a sus pies. Le cae algún mendrugo de pan y un poco de queso, chorizo o jamón. El perro mastica con dificultad porque no le quedan casi dientes.

El viejo baja al pueblo y el perro le acompaña. Va a su lado, ambos llevan el mismo ritmo. El viejo cojea de la pierna izquierda y el perro imita el movimiento de su dueño arrastrando la pata trasera. El camino, aunque sea corto, se hace pesado para ambos y tienen que parar en varios puntos a descansar. 

El viejo llega al bar y entra. El perro, en cambio, se queda parado en la puerta sin necesidad de que el viejo se lo mande. Se recuesta junto a la entrada y espera. La gente del pueblo sale y entra, algunos se paran a acariciarle y rascarle detrás de la oreja pero el perro permanece impasible. Un grupo de niños se acerca y llama al perro pero éste los ignora. Los niños le gritan, se burlan de él y le tiran comida pero el perro sigue sin levantarse. Murmuran que está ciego y sordo, que no anda porque está muy gordo. Uno de los niños se acerca para hacerle una malicia, le intenta estirar de la oreja pero el perro es rápido y le muerde antes de que lo consiga. El niño mira su mano herida y la marca de los tres colmillos del perro, los únicos dientes que no le han caído todavía. Los niños corren y el perro sigue descansando hasta que el viejo sale. El perro le acompaña hasta casa.

Comen los dos juntos y pasan el resto de la tarde viendo películas del Oeste. Cenan sentados delante del televisor. 

A las diez, el viejo se levanta y va a la cama. El perro espera sentado a que el viejo se quite la ropa y se ponga el pijama. El viejo levanta con dificultad al perro, que está demasiado gordo, anciano y torpe para saltar al colchón. El viejo abre la cama, se mete dentro y, con el perro a sus pies, apaga la luz.

Juntos se duermen.

martes, 19 de julio de 2016

A veces te mataría

A veces, cuando te agachas para atarte los zapatos, pienso en reventarte el cráneo. 
Me imagino que cojo esa figura horrorosa que te regaló tu hermana y te la estampo en la cabeza. Te daría un único golpe, sabes que soy de un solo movimiento. Puedo oír el sonido que haría tu hueso occipital al quebrarse y cómo se astillaría en tu cerebro.

A lo mejor así se te borrarían todas las memeces que tienes en la cabeza. Porque solo sueltas tonterías. Porque eres estúpido.

A lo mejor así me libro de ti y de tu odiosa familia. 

Sois todos igual de insoportables, desde la asquerosa de tu madre hasta los monstruos de tus sobrinos. Sois insufribles. 

Tu madre siempre tiene algo que decir de todo lo que hago: que si he engordado, que si el pollo está seco, que si la casa está desordenada, que a ver cuando tenemos hijos que se me pasará el arroz... Parece que viva para criticar todo lo que me rodea. Pero siempre será mejor que tu hermana. 

Tu hermana es un ser pusilánime a la sombra de su marido. Solo vive para criar a sus hijos, que a lo único que se dedican es a mirar el móvil y quejarse. Mamá, tengo hambre. Mamá, quiero irme a casa. Mamá, esto no me gusta. Mamá. Mamá. Mamá. Arghh. Alguna vez me ha tentado el darles un bofetón y quitarles la tontería de encima. Te juro que lo haría encantada pero sé que tendría problemas con su marido. 

Y qué decir de su marido. Su único interés es el dinero. Todo el día hablando de herencias, propiedades o sueldos. Me lo imagino rezando cada noche para que tus padres se mueran pronto y pueda quedarse con su piso, la casa de Pontevedra y el bajo que tienen en Madrid. Además, es un agarrado y un jodido machista. En su vida se ha gastado un solo céntimo en alguien que no sea él. Y tú tan idiota siempre invitándoles a cenar, que si el vino lo pongo yo, que si las estrenas para tus sobrinos las damos nosotros. ¿Y ellos qué? Una insulsa batidora nos regalaron por la boda. Una batidora que sigue en la caja de cartón. Es un insulto que el día —supuestamente— más importante de nuestras vidas tu familia decida regalarme una batidora. ¿Eso piensan que soy? ¿A eso me resumo? ¿Al sujeto que pone en marcha un cacharro para triturar comida?

Pero tu padre sí que es un misógino de manual. Aunque tu madre se suba mucho cuando estamos delante, él es quien la domina. Haz esto. Haz lo otro. Mientras, él sienta su enorme culo en el sofá y desde su sitio privilegiado empieza a darnos órdenes a todos. Incluso a mí. ¿Quién se cree él para mandarme? ¿Y cuando te dice que me tienes muy suelta? Como si yo fuera un perro al que amaestrar. 

Pero sin duda lo que más detesto es esa horrible manía que tiene tu familia de pensar que las personas somos objetos que pueden usar a su gusto. Me horroriza. 
Por eso decidí hace tiempo que no traería al mundo un hijo mío con tu apellido. Me niego a darle la vida a otro ser despreciable. 

Por eso, a veces, cuanto te agachas, pienso en deshacerme de ti y de todo lo que te rodea. Porque si no lo hago la que acabará matándose seré yo. Porque no aguanto más. 

Te daría un único golpe, sentirías un intenso dolor, pero sería muy breve. Te lo juro. Tengo buena puntería.

A veces acerco la mano y sostengo la figura pero el brazo me tiembla. La levanto en el aire unos segundos pero enseguida empieza a pesar cientos de kilos, toneladas, y tengo que dejarla en su sitio. El corazón empieza a latirme tan rápido y con tanta fuerza que me ametralla. Palidezco y sudo. 
Entonces siempre te levantas y me dices que me notas extraña. Y me das un beso. Uno de tus besos que me saben a mierda.

martes, 28 de junio de 2016

Buenas noches

Sus ojos se apagaron el día que Greta nació.
La sujetó en el pecho y le acarició la nariz con uno de sus dedos finos y temblorosos hasta acabar en sus labios.

—  Será una niña habladora, como su abuela.

Hacía meses que no rebosaba tanta vitalidad. Había aguantado con actitud estoica los dolores hasta que Blanca dio a luz; dijo que no podía irse sin ver a su bisnieta, que en realidad sería su nieta porque a mí siempre me había considerado su hijo. Esperaría hasta que ella naciera y pudiera darle un beso de bienvenida.
Greta se retorcía en sus brazos.

—  Qué inquieta es. Seguro que será tan curiosa como tú.

Me reí y agaché la cabeza. Se suponía que tenía que ser el día más feliz de mi vida pero a veces la teoría falla. No era la tristeza lo que me invadía, sino el miedo. El terror me punzaba en el estómago y hacía que me escocieran los ojos. ¿Cómo podría seguir? Me sentía abandonado a mi suerte con una familia recién nacida. ¿Qué narices iba a hacer yo? Estaba perdido, descolocado. La única persona que podía guiarme se consumía entre las sábanas blancas del hospital.
Dejó de acariciar la cara de Greta y me miró.

— ¿Qué te preocupa?

Iba a decirle que nada pero él sabría que le estaba mintiendo. Abrí la boca buscando las palabras exactas para expresar todas las emociones que estaban empezando a colapsar dentro de mí, pero no surgió ni un sonido. Un grito ahogado en mi laringe. ¿Cómo pedirle que no se fuera ahora? ¿Cómo explicarle que no podía con todo? ¿Cómo suplicarle que aguantara un poco más? Simplemente no podía. No era capaz de decirle que era un egoísta y que quería que me acompañara unos meses más a pesar de los insoportables dolores que le consumían. Tenía miedo de ser un marido pésimo, un padre nefasto y una persona horrible. Si moría, lo mejor de mí se iría con él. Yo no era nadie, todo lo había aprendido de él. Pero, por encima de todo, tenía miedo de estar solo de nuevo.

Noté su mano fría sobre la mía. La estrechó con la poca fuerza que le quedaba. 

— Abuelo…

Apretó más fuerte y las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos. Me sentí avergonzado, no recordaba la última vez que había llorado. 
La enfermera se llevó a Greta, se había quedado dormida. Estuvimos con los dedos entrelazados el resto de la tarde sin mediar palabra. Cuando vinieron a sedarlo tampoco dijimos nada. Simplemente esperé en silencio hasta que su mano dejó de apretar la mía. La coloqué en su costado y me levanté. Le di un beso en la frente, como él solía hacer cuando yo era pequeño.

Buenas noches, abuelo. Descansa por fin.

lunes, 13 de junio de 2016

Hoy he vuelto al campo

Hoy he vuelto al campo.
Cuando he aparcado, papá ya estaba en la puerta saludándome con la mano. Nada más verme me ha llevado a la parte trasera de la casa, donde ha plantado un huerto. Había tomates, lechugas, calabazas, calabacines, melones, sandías, naranjas, nísperos… Se ha agachado con dificultad y ha cogido entre sus manos el primer pimiento que había crecido. Le ha limpiado el polvo con el dorso y me lo ha mostrado. Sonreía como un niño con un juguete nuevo.
Me ha enseñado a recoger agua con la bomba para que cuando él falte yo supiera hacerlo. Se ha metido en la acequia y ha introducido el artefacto, luego me ha indicado cómo arrancar el motor.
Me ha dicho que él se quedaba regando y después haría la comida, que saliera a pasear si quería. Le he contestado que bajaría hasta la fuente.

Los perros de la casa de enfrente han empezado a ladrar cuando he cerrado la puerta. Me he aproximado a ellos y se han alterado. Daban vueltas sobre sí mismos y me aullaban con fuerza. Cuando les he acercado la mano para que la olieran se han calmado. Sacaban el hocico por los huecos de la verja y me han lamido los dedos. El dueño me ha saludado desde el porche. Después me han seguido mientras rodeaba el recinto, pero ya no hacían ruido.

Conforme avanzaba, las casas desaparecían, solo estaba la carretera y los campos de naranjos. Solo silencio. Bueno, el silencio del campo: grillos cantando, pájaros revoloteando entre las ramas de los árboles, serpientes deslizándose por los arbustos,  lagartijas corriendo de un lado a otro de la calzada, avispas y abejas zumbando entre las flores… Pero ningún sonido humano salvo mis pisadas.

Entonces ha venido a mi mente el ruido de la Vespino de papá. Era una moto viejísima que siempre se enganchaba al ponerla en marcha. Se gastó más dinero en arreglarla que en comprar una nueva, pero aun así nunca la cambió. Le tenía mucho cariño a ese trasto azul. Yo también se lo guardaba. Con ella íbamos a recoger leña mientras mamá preparaba la cena. Subíamos hasta lo más alto de la montaña y él cortaba un par de ramas para encender la chimenea por la noche, donde nos reuníamos los tres para jugar a las cartas hasta las tantas. Fue la primera moto que conduje. Ilegalmente, claro. Yo tenía quince años y no me había sacado el carné. También la utilizaba como bicicleta cuando se le acababa la gasolina pues tenía pedales.

He seguido avanzando hasta que he visto la casa derruida. La han reformado. Han levantado un enorme cortijo respetando la fachada de la antigua construcción. Desde lo lejos se veían figuras borrosas que corrían de un lado a otro. Debían de ser niños. Yo también corría por allí muchos años atrás cuando estaba abandonada. Subía las escaleras de piedra hasta el primer piso y mamá gritaba que bajara, que me caería. Les amenazaba con botar desde allí y ella se ponía histérica.
— ¡Ni se te ocurra!
Yo hacía ademán de saltar y a mamá se le escapaba un grito de horror. Papá se reía y yo con él. Bajaba rápidamente hasta donde estaban mis padres y me lanzaba a sus brazos. Mamá sacudía la cabeza aguantándose una sonrisa.

Antes de llegar al final del trayecto me he parado en el recinto donde tienen a las vacas y los mansos. El ruido de los cencerros me ha erizado el vello de todo el cuerpo. Hacía tanto tiempo que no lo escuchaba. De pequeña me encantaba acariciar las vacas y sus terneros, recorrer con las yemas de los dedos el contorno de sus manchas como si yo misma las dibujara.

He vuelto a la carretera y la he seguido hasta el final. Allí se alzaba la casa, tan acogedora como recordaba. La pareja que vivía allí cuando yo era pequeña cuidaba la fuente. La mujer decoró con mucho mimo cada detalle de aquel sitio, llenó el suelo de mosaicos de azulejos de colores y todos los días llevaba vasos limpios cerca del surtidor para que los visitantes bebieran.
El hombre, en cambio, tenía un ganso que se encargaba de vigilar las gallinas y asustar a los extraños. Pepe, que era su nombre, estaba amaestrado. Era un animal listísimo. Me daba muchísimo miedo cuando desplegaba las alas y graznaba. Me escondía tras las faldas de mamá y el viejo se reía. Nos contaba que aunque Pepe tuviera muy mal humor era muy bueno, que incluso le traía las zapatillas de ir por casa, que se creía un poco perro.
Hoy ya no había gallinas y Pepe tampoco estaba. Ni la pareja. El hombre enfermó de Alzheimer hacía un par de años y tuvieron que vender la casa para trasladarse a la capital. Ahora vivía allí un matrimonio inglés.
He bebido agua directamente del grifo, ya no había vasos. He subido la rampa y he vuelto a la calzada. Tocaba deshacer camino.

Cuando he llegado a casa un humo gris ascendía desde el paellero. Papá estaba dándole la vuelta a la carne.
— Enseguida estará lista. ¿Vas preparando la ensalada?
En mis manos ha dejado un par de tomates y cebollas, recién cogidas de nuestro huerto.