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domingo, 25 de diciembre de 2016

Retazos

Recuerdo correr por los pasillos del colegio con mis compañeros cuando el timbre sonaba y bajar los últimos tres escalones de un salto. Queríamos ser los primeros en llegar al campo de fútbol para que los chicos de los cursos superiores no nos lo quitaran. Casi veinte jugadores por equipo: un portero, más de siete defensas y el resto, delanteros. Los conflictos entre clases se resolvían con un partido. 
Otras veces, cuando no llegábamos a tiempo, nos tocaba entretenernos con otras cosas. Entonces el patio se transformaba en un escenario y nosotros, en actores. Me río yo de estos nuevos teatros de improvisación sin escenografía. Durante la media hora del recreo fui madre, bailarina, cantante, caballo o astronauta. Las mejores obras se representaron entre aquellos muros.
Cuando nos cansábamos de hacer aquellos teatrillos buscábamos otras formas de distraernos. Cada ciertos meses se ponía de moda algún juguete nuevo y todos, como copias, jugábamos a lo mismo: canicas, chapas, tazos, gogos, cartas magic, tamagotchis… El patio se llenaba de círculos de niños. Nos reuníamos alrededor de los afortunados que tenían los juguetes nuevos observando cómo los utilizaban, juntando tanto las cabezas que parecía que la diversión fuera a transmitirse por ósmosis. Tal vez por eso siempre había epidemias de piojos.

La idea de contagiarme me provocaba mucha ansiedad. Tenía el pelo largo y rizado, por lo que sufrirlos era un calvario. Lloraba como una descosida cuando mi madre me rociaba la cabeza con esa loción que apestaba e irritaba los ojos. Pero lo peor eran los tirones que me daba cuando me desenredaba el pelo y pasaba la liendrera con esas púas tan juntas. Cuando me picaba mucho la cabeza y veía a algún compañero rascarse con insistencia el cuero cabelludo, se me formaba un nudo en el estómago al pensar la tortura que me esperaba al llegar a casa.

Por aquel entonces aún no conocíamos la aprensión o los escrúpulos. Reptábamos por el suelo, hacíamos figuras con barro, acariciábamos los gatos callejeros que se colaban por los huecos de las verjas o jugábamos con las babosas sin hacer una sola mueca de asco. Pero, lo que más disfrutábamos, era la pelusa blanca que aparecía cada mayo. El vilano de los chopos cubría el suelo como si fuera un manto de nieve, acumulándose en las esquinas, alcorques y bajo los bancos. Recogíamos un buen montón para lanzarlo al aire y girar bajo él. “Nieve, nieve”, gritábamos riendo. De vez en cuando aparecían algunas rojeces en el cuello provocadas por las pelusas que se colaban por la camiseta.

También recuerdo al primer chico que me gustó. Me viene a la mente su cara redonda y su nariz respingona. Llevaba unas gafas metálicas azules y un cordón que unía las patillas para que no se le perdieran, pues era un poco despistado. Se pasaba gran parte de las clases dormitando sobre la mesa porque se quedaba hasta tarde viendo la televisión, sobre todo los partidos del Valencia. Antes de que se cambiara de colegio me regaló el peluche de un personaje de Disney. Era un niño muy tierno e inocente.

Pero no todos los chicos de mi clase eran así.
Antes de las vacaciones de navidad de cuarto curso se les ocurrió la brillante idea de decirnos a todos que los Reyes Magos no existían. Yo no me lo creí pero la idea estuvo rondándome varios días por lo que, aprovechando un día que había ido al dentista con mi madre y mi hermano no estaba, se lo pregunté. Mi madre me contó que grité tanto que todo el autobús me oyó y se giró. Titubeó unos segundos avergonzada sin saber qué contestar ante las indiscretas miradas de la gente.

Dos años después, cuando tenía once, a las chicas de mi clase empezaron a crecerles los pechos y el pelo púbico, pero a mí no. Cuando nos desnudábamos en los vestuarios observaba con envidia algunos tímidos pelos que les aparecian en axilas e ingles mientras que mi piel seguía igual de lampiña.
Los chicos, en cambio, empezaron a desarrollarse más tarde, aunque algunos se saltaron la fase de latencia. Se dedicaban a levantarnos las faldas cuando nos inclinábamos para beber de la fuente. Y nosotras, que experimentábamos el pudor por primera vez, alisábamos rápidamente la tela para que la ropa interior no se nos viera.

Recuerdo la ingenuidad con la que miraba el mundo y lo pequeño que era para mí, resumiéndose a aquel patio donde crecí durante nueve años.
Desde que dejé el colegio no he vuelto a pisarlo jamás. De hecho, ningún niño lo ha hecho, pues lo cerraron al año siguiente.

Actualmente es un centro de formación de profesores. Ahora es un colegio sin niños.

viernes, 14 de octubre de 2016

Joder, Eva

¿Qué ropa es la adecuada para un entierro? En las películas siempre van de negro, pero joder, todos sabemos cómo miente Hollywood. Aún así me he puesto un vestido negro. Me he visto demasiado oscura en el espejo y he utilizado un pintalabios rojo que había en el baño. 

Todos me han dado el pésame y me han dicho que sentían mucho lo de mi padre, que era un gran hombre. He sonreído y he aguantado en el tanatorio hasta el último apretón de manos. Luego lo han enterrado, pero yo ya no estaba allí porque he venido aquí, al bar de siempre. 

Este bar es el sitio que más me recuerda a él, donde le daré el último adiós. Era un jodido borracho. Pero un borracho inteligente. Se podía tragar más de medio litro de ron y el tío podía divagar sobre cualquier tema. Daba igual qué le preguntaras, siempre te daba una buena contestación. 

Mi padre me decía que si yo fuera un personaje de la Biblia sería la serpiente que convenció a Eva de morder el fruto prohibido. Le contestaba que tenía toda la razón y me reía para mis adentros al recordar aquella noche en el after, antes de enrollarnos, cuando te ofrecí un poco de coca. Aceptaste sin pensártelo, querías impresionarme y te metiste una buena raya en el baño conmigo. Cuando te dio el subidón te lanzaste a mis brazos para besarme. 

Joder, Eva, cuánto te echo de menos. 

Le pido al camarero ron, en honor a papá, y me sirve extrañado. Ya, joder, ya sé que son las doce y media de la mañana.
El pecho se me calienta y me hace sentir un poquito más viva. Cuando me lo acabo le pido una cerveza, tengo mucha sed.
Dicen que el alcohol te ayuda a olvidar pero a mí solo hace que traerme recuerdos. Y todos me llevan a ti.
A las noches enteras de sexo, en pleno verano, calando el colchón con nuestro sudor. Te decía, para, para, dame un respiro. Pero tú nunca te saciabas.
A la costumbre de prepararte la comida todos los domingos. Al sábado que quisiste cocinarme tú y te dejaste el gas encendido.
Al sabor de tus lágrimas cuando te besaba cada rincón de la cara porque una señora nos había llamado degeneradas por besarnos en la calle. 

Cuando voy a pedirme otra copa me doy cuenta de que ya no me queda dinero. Para situaciones desesperadas medidas desesperadas. Busco con la mirada al tío más feo y solo del bar. Le guiño un ojo y le invito con el dedo a acercarse. El tío, sorprendido, mira a un lado y al otro, esperando encontrarse a otra persona detrás de él. Cuando comprueba que me dirijo a él se señala a sí mismo, como preguntando si estoy segura de que estoy hablándole a él. Asiento con una sonrisa. El tío coge el botellín de cerveza que se estaba bebiendo y se sienta en el taburete que hay a mi izquierda.

Me preguntaba si te apetecería tomar una copa conmigo, le digo. 

El tío tartamudea un poco, no se le ha acercado una tía así en su vida. Claro. ¿Qué te apetece? Yo te invito.

Pido el cóctel más caro y él paga encantado los doce euros de la copa. Le pregunto que qué hace tan solito aquí. A partir de ese momento el tío no cierra el pico y yo hago como si le escucho. Asiento de vez en cuando y repito la última palabra de cada frase, le sigo lanzando preguntas abiertas. Las copas siguen volando y yo cada vez estoy más borracha.

Busco tu cara en cada sombra que entra al garito. Te llevo buscando desde el día que me dejaste. Cada chica con la que me acuesto tiene algo de ti. Tus pecas, tu melena pelirroja, tus piernas huesudas, tus ojos miel. Si las fusionara saldría una doble tuya. Pero yo quiero a la original. Ninguna puede llenar el vacío que has dejado, ninguna puede sacarme una sonrisa, ni dos palabras seguidas. Con lo que me gustaba hablar contigo horas y horas sobre tonterías. Ya no puedo hablar así con nadie. Te fuiste tú. Ahora mi padre.

Joder, Eva, me siento tan sola.

Ya es casi de noche. Me cuesta mantener los ojos abiertos por el ciego que llevo encima. Tengo ganas de vomitar. 

Eres muy guapa, me dice el tío. Pone una mano sobre mi brazo. Se la aparto y le digo que ya lo sé. Me levanto del taburete. El culo me duele, no sé cuántas horas llevo sentada. Me cuesta andar con estos tacones de mierda.

Salgo por la puerta de emergencia mientras el tío me grita que soy una zorra y una calientapollas. Me enciendo un cigarrillo y me lo fumo con ansia mientras me acabo la cerveza. Levanto el botellín y cuando solo me queda el culo lo derramo sobre la acera. 

Por ti, papá.

Camino hasta mi casa con los zapatos en las manos. Llego a casa con los pies negros, ni me los lavo para meterme en la cama.

Joder, Eva, te quiero.

Miro el móvil. Todo son mensajes de ánimo que me importan una mierda. Ninguno es tuyo. Miro tu número y veo la foto de perfil que tienes puesta. Sales con ese capullo dándoos un beso.

Joder, Eva, ojalá te mueras.

lunes, 13 de junio de 2016

Hoy he vuelto al campo

Hoy he vuelto al campo.
Cuando he aparcado, papá ya estaba en la puerta saludándome con la mano. Nada más verme me ha llevado a la parte trasera de la casa, donde ha plantado un huerto. Había tomates, lechugas, calabazas, calabacines, melones, sandías, naranjas, nísperos… Se ha agachado con dificultad y ha cogido entre sus manos el primer pimiento que había crecido. Le ha limpiado el polvo con el dorso y me lo ha mostrado. Sonreía como un niño con un juguete nuevo.
Me ha enseñado a recoger agua con la bomba para que cuando él falte yo supiera hacerlo. Se ha metido en la acequia y ha introducido el artefacto, luego me ha indicado cómo arrancar el motor.
Me ha dicho que él se quedaba regando y después haría la comida, que saliera a pasear si quería. Le he contestado que bajaría hasta la fuente.

Los perros de la casa de enfrente han empezado a ladrar cuando he cerrado la puerta. Me he aproximado a ellos y se han alterado. Daban vueltas sobre sí mismos y me aullaban con fuerza. Cuando les he acercado la mano para que la olieran se han calmado. Sacaban el hocico por los huecos de la verja y me han lamido los dedos. El dueño me ha saludado desde el porche. Después me han seguido mientras rodeaba el recinto, pero ya no hacían ruido.

Conforme avanzaba, las casas desaparecían, solo estaba la carretera y los campos de naranjos. Solo silencio. Bueno, el silencio del campo: grillos cantando, pájaros revoloteando entre las ramas de los árboles, serpientes deslizándose por los arbustos,  lagartijas corriendo de un lado a otro de la calzada, avispas y abejas zumbando entre las flores… Pero ningún sonido humano salvo mis pisadas.

Entonces ha venido a mi mente el ruido de la Vespino de papá. Era una moto viejísima que siempre se enganchaba al ponerla en marcha. Se gastó más dinero en arreglarla que en comprar una nueva, pero aun así nunca la cambió. Le tenía mucho cariño a ese trasto azul. Yo también se lo guardaba. Con ella íbamos a recoger leña mientras mamá preparaba la cena. Subíamos hasta lo más alto de la montaña y él cortaba un par de ramas para encender la chimenea por la noche, donde nos reuníamos los tres para jugar a las cartas hasta las tantas. Fue la primera moto que conduje. Ilegalmente, claro. Yo tenía quince años y no me había sacado el carné. También la utilizaba como bicicleta cuando se le acababa la gasolina pues tenía pedales.

He seguido avanzando hasta que he visto la casa derruida. La han reformado. Han levantado un enorme cortijo respetando la fachada de la antigua construcción. Desde lo lejos se veían figuras borrosas que corrían de un lado a otro. Debían de ser niños. Yo también corría por allí muchos años atrás cuando estaba abandonada. Subía las escaleras de piedra hasta el primer piso y mamá gritaba que bajara, que me caería. Les amenazaba con botar desde allí y ella se ponía histérica.
— ¡Ni se te ocurra!
Yo hacía ademán de saltar y a mamá se le escapaba un grito de horror. Papá se reía y yo con él. Bajaba rápidamente hasta donde estaban mis padres y me lanzaba a sus brazos. Mamá sacudía la cabeza aguantándose una sonrisa.

Antes de llegar al final del trayecto me he parado en el recinto donde tienen a las vacas y los mansos. El ruido de los cencerros me ha erizado el vello de todo el cuerpo. Hacía tanto tiempo que no lo escuchaba. De pequeña me encantaba acariciar las vacas y sus terneros, recorrer con las yemas de los dedos el contorno de sus manchas como si yo misma las dibujara.

He vuelto a la carretera y la he seguido hasta el final. Allí se alzaba la casa, tan acogedora como recordaba. La pareja que vivía allí cuando yo era pequeña cuidaba la fuente. La mujer decoró con mucho mimo cada detalle de aquel sitio, llenó el suelo de mosaicos de azulejos de colores y todos los días llevaba vasos limpios cerca del surtidor para que los visitantes bebieran.
El hombre, en cambio, tenía un ganso que se encargaba de vigilar las gallinas y asustar a los extraños. Pepe, que era su nombre, estaba amaestrado. Era un animal listísimo. Me daba muchísimo miedo cuando desplegaba las alas y graznaba. Me escondía tras las faldas de mamá y el viejo se reía. Nos contaba que aunque Pepe tuviera muy mal humor era muy bueno, que incluso le traía las zapatillas de ir por casa, que se creía un poco perro.
Hoy ya no había gallinas y Pepe tampoco estaba. Ni la pareja. El hombre enfermó de Alzheimer hacía un par de años y tuvieron que vender la casa para trasladarse a la capital. Ahora vivía allí un matrimonio inglés.
He bebido agua directamente del grifo, ya no había vasos. He subido la rampa y he vuelto a la calzada. Tocaba deshacer camino.

Cuando he llegado a casa un humo gris ascendía desde el paellero. Papá estaba dándole la vuelta a la carne.
— Enseguida estará lista. ¿Vas preparando la ensalada?
En mis manos ha dejado un par de tomates y cebollas, recién cogidas de nuestro huerto.