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miércoles, 5 de julio de 2017

Última noche en Chernóbil

Nunca supe que aquella noche fue la más importante de mi vida hasta muchos años después. De verdad que no. Si lo hubiera sabido... Entonces era valiente, pero ya no. Ya no.

Mi madre me contó que Oleg la despertó y le dijo que volvería pronto, que había un incendio en la central. Al día siguiente su cama seguía desecha. Si ya han apagado el fuego, por qué no viene, repetía. 
Hasta ahí recuerdo con claridad. Luego es todo gris y confuso. Sé que me levanté y tenía náuseas. Estaba agotada. Siempre he sufrido del estómago pero esta vez era diferente. Lo noté. Lo supe. Cada vez más cansada. No paraba de vomitar. 
Por la tarde nos avisaron de que estaba en el hospital. No nos dijeron qué le había pasado, solo que estaba allí. Dejamos todo en Prípiat. No cogimos nada. Si lo hubiera sabido tampoco me hubiera llevado nada, pero hubiera sido mejor saber que era la última vez que estaría en casa.
Cuando llegamos nos dijeron que tenía quemaduras por todo el cuerpo. No nos dejaban pasar. Estudio enfermería, repetía, puedo ayudar. Después de insistir me dejaron entrar. Lo que vi no lo había causado el fuego. ¿Qué ha pasado?, preguntaba pero nadie quería contestarme, nadie lo sabía. 
Cuando salí mi madre lloraba en la puerta. No la habían dejado entrar. Anya, tienes que ayudarle. Tienes que salvar a mi Oleshka. Ayúdale, por favor. 
No puedo, repetía. 

Murió de los primeros. Nadie nos dio una explicación. Simplemente murió. Se lo llevaron y no nos dejaron enterrarlo junto a mi padre. Trasladaron su cuerpo a Chernóbil. Allí reposaría para siempre.
En la cama de al lado había un chico, era tan joven… No paraba de sollozar y gritar. No lo sabíamos. No nos dijeron nada. Nadie le hacía caso. Nos está matando. Levantaba los brazos, tenía unas manchas negras poblando la piel que ya empezaba a despegarse de la carne y caerse a tiras. Está dentro. ¡Está dentro!
¿El qué?, le pregunté.
La radiación. 

Nunca acabé enfermería. Si no pude ayudar a mi hermano qué sentido tenía seguir. Después de aquello me fui con mis tíos a Suecia. Mi madre no quería dejar Bielorrusia, dijo que toda su vida estaba allí. Sé que murió hace un par de años pero no fui a su entierro. No puedo. De verdad. ¿Acaso es un delito querer olvidar, no querer morir? Si lo hubiera sabido me habría quitado la vida entonces, pero ahora... ¿para qué? Ya morí aquella noche. No puedo ser madre. La radiación se instauró en mi útero y lo marchitó. Dejé de ser mujer y persona aquella noche. Anya murió allí. Ahora solo soy Anna S. 
A nadie le importa ya Chernóbil. Nos llaman los supervivientes de Chernóbil pero yo me pregunto si realmente lo somos, si alguien sobrevivió a aquella noche.



Inspirado en la novela de Svetlana Aleksiévich Voces de Chernóbil.

viernes, 24 de marzo de 2017

Diario de ansiedad




Querido diario,

esto es lo más honesto que puedo escribir a estas alturas. No es ficción, tampoco corresponde a la realidad. Todo lo que acabo plasmando en el papel queda a medio camino, lleno de lirismo para que me sea más fácil vomitarlo.

Despierto por la mañana y la habitación baila como si estuviera muy colocado, como si tuviera una resaca continua. Después de una hora en la cama y luchar contra la fuerza de la gravedad, consigo levantarme. Desayuno lo que mi esófago deja pasar, está lleno de nudos que impiden que el bolo alimenticio descienda. Los malos pensamientos habitan en mi cuerpo, escarban los órganos y se implantan en ellos; parece que los que han anidado en el estómago se han reproducido y han ocupado todo su volumen, impidiendo que quepa algo más. Siento náuseas y saciedad casi todo el día, así que, semana tras semana veo como la báscula baja. Los agujeros del cinturón ya no son suficientes para aguantarme los pantalones.

Miro el reloj. Las horas pasan lentas, el tiempo ha dejado de tener sentido. Estoy tan aburrido. No puedo leer, no puedo escribir, no puedo estudiar. Ocupo mi cabeza viendo series basura de trama plana. Los ojos me escuecen de tanta televisión, de tanta mierda que no consigue hacerme sentir nada.

Mi happy hour llega. Toca medicarse, ganas de vivir divididas en unidosis de diez miligramos, toda mi fuerza resumida en un blíster.

En cuatro semanas la ansiedad desaparecerá. Aún no han pasado ni tres días pero ya he decidido ponerme bien. A partir de ahora, en este mismo instante, mientras escribo esto, pego carpetazo a todo lo que no me deja vivir tranquilo, lo que me impide experimentar la calma.

Me miro al espejo. Las manos me tiemblan y tengo la boca llena de arena. Trago la pastilla y le hago una mueca a mi reflejo.

Esta sonrisa está patrocinada por Escitalopram.