El norte se quema. Lenguas de fuego lamen ramas de eucalipto y abedul, reduciendo la vida a un cementerio de troncos negros. Ochenta incendios en pocos días, hijos de puta armados con cerillas y gasolina han asesinado uno de los pulmones verdes de esta tierra. Señalas con el dedo al pirómano que cada año deja estéril un trozo de monte; sientes en tu pecho la soberbia mientras desperdicias lágrimas implorando un poco de lluvia. Treinta grados un quince de octubre, qué maravilla es bañarse en otoño en la mar. Somos cómplices de este homicidio. El dinero no reduce las llamas.
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domingo, 15 de octubre de 2017
miércoles, 5 de julio de 2017
Última noche en Chernóbil
Nunca supe que aquella noche fue la más importante de mi vida hasta muchos años después. De verdad que no. Si lo hubiera sabido... Entonces era valiente, pero ya no. Ya no.
Mi madre me contó que Oleg la despertó y le dijo que volvería pronto, que había un incendio en la central. Al día siguiente su cama seguía desecha. Si ya han apagado el fuego, por qué no viene, repetía.
Hasta ahí recuerdo con claridad. Luego es todo gris y confuso. Sé que me levanté y tenía náuseas. Estaba agotada. Siempre he sufrido del estómago pero esta vez era diferente. Lo noté. Lo supe. Cada vez más cansada. No paraba de vomitar.
Por la tarde nos avisaron de que estaba en el hospital. No nos dijeron qué le había pasado, solo que estaba allí. Dejamos todo en Prípiat. No cogimos nada. Si lo hubiera sabido tampoco me hubiera llevado nada, pero hubiera sido mejor saber que era la última vez que estaría en casa.
Cuando llegamos nos dijeron que tenía quemaduras por todo el cuerpo. No nos dejaban pasar. Estudio enfermería, repetía, puedo ayudar. Después de insistir me dejaron entrar. Lo que vi no lo había causado el fuego. ¿Qué ha pasado?, preguntaba pero nadie quería contestarme, nadie lo sabía.
Cuando salí mi madre lloraba en la puerta. No la habían dejado entrar. Anya, tienes que ayudarle. Tienes que salvar a mi Oleshka. Ayúdale, por favor.
No puedo, repetía.
Murió de los primeros. Nadie nos dio una explicación. Simplemente murió. Se lo llevaron y no nos dejaron enterrarlo junto a mi padre. Trasladaron su cuerpo a Chernóbil. Allí reposaría para siempre.
En la cama de al lado había un chico, era tan joven… No paraba de sollozar y gritar. No lo sabíamos. No nos dijeron nada. Nadie le hacía caso. Nos está matando. Levantaba los brazos, tenía unas manchas negras poblando la piel que ya empezaba a despegarse de la carne y caerse a tiras. Está dentro. ¡Está dentro!
¿El qué?, le pregunté.
La radiación.
Nunca acabé enfermería. Si no pude ayudar a mi hermano qué sentido tenía seguir. Después de aquello me fui con mis tíos a Suecia. Mi madre no quería dejar Bielorrusia, dijo que toda su vida estaba allí. Sé que murió hace un par de años pero no fui a su entierro. No puedo. De verdad. ¿Acaso es un delito querer olvidar, no querer morir? Si lo hubiera sabido me habría quitado la vida entonces, pero ahora... ¿para qué? Ya morí aquella noche. No puedo ser madre. La radiación se instauró en mi útero y lo marchitó. Dejé de ser mujer y persona aquella noche. Anya murió allí. Ahora solo soy Anna S.
A nadie le importa ya Chernóbil. Nos llaman los supervivientes de Chernóbil pero yo me pregunto si realmente lo somos, si alguien sobrevivió a aquella noche.
Inspirado en la novela de Svetlana Aleksiévich Voces de Chernóbil.
domingo, 24 de julio de 2016
Cuídate
El cielo ennegrece mientras seguimos cogidos de la mano. No nos decimos nada. Ni tan siquiera nos miramos. Ambos contemplamos como el Sol baja para esconderse. Podríamos haber aprovechado esta última tarde para estar en mi cama, pero aquí estamos, en las rocas de esta playa, viendo como atardece. Viendo como los minutos se nos acaban sin poder hacer nada.
¿Qué podría decirte? Ya da igual lo que quiera decirte. No va a cambiar nada. Solo va a producirnos más daño. Solo serán palabras de dolor. Prefiero ver el mar donde refractan los últimos rayos de sol, el último reflejo de nosotros dos.
Tu labio inferior tiembla al ritmo de las olas. Tu ceño se frunce y me sueltas para limpiarte la tímida lágrima que resbala por tu mejilla. Y vuelves a cogerme de la mano, esta vez más fuerte, más sincera. Pero sigues sin hablar. Y yo sigo sin poder estar a la altura de la situación.
Son las nueve. Te tienes que ir pero te suplico que me hagas un favor: quédate hasta que anochezca.
Cumples mi último deseo. Te miro de reojo. Qué tristes tus ojos esta noche. Qué tristes.
Cumples mi último deseo. Te miro de reojo. Qué tristes tus ojos esta noche. Qué tristes.
Andamos hasta el punto donde nuestros caminos se separan en todos los sentidos. Uno enfrente del otro y seguimos sin poder articular palabra. Entonces estiras tu mano para coger la mía. Esta vez de una manera suave, tierna, ligera, como el amor de verano. Deslizas el pulgar de arriba a abajo, como diciéndome en código morse que me quieres. Te doy un último beso en la mejilla.
Y aunque tu mano aún sostenga la mía, ya siento que te has ido.
Cuídate.
martes, 28 de junio de 2016
Buenas noches
Sus ojos se apagaron el día que Greta nació.
La sujetó en el pecho y le acarició la nariz con uno de sus dedos finos y temblorosos hasta acabar en sus labios.
— Será una niña habladora, como su abuela.
Hacía meses que no rebosaba tanta vitalidad. Había aguantado con actitud estoica los dolores hasta que Blanca dio a luz; dijo que no podía irse sin ver a su bisnieta, que en realidad sería su nieta porque a mí siempre me había considerado su hijo. Esperaría hasta que ella naciera y pudiera darle un beso de bienvenida.
Greta se retorcía en sus brazos.
— Qué inquieta es. Seguro que será tan curiosa como tú.
Me reí y agaché la cabeza. Se suponía que tenía que ser el día más feliz de mi vida pero a veces la teoría falla. No era la tristeza lo que me invadía, sino el miedo. El terror me punzaba en el estómago y hacía que me escocieran los ojos. ¿Cómo podría seguir? Me sentía abandonado a mi suerte con una familia recién nacida. ¿Qué narices iba a hacer yo? Estaba perdido, descolocado. La única persona que podía guiarme se consumía entre las sábanas blancas del hospital.
Dejó de acariciar la cara de Greta y me miró.
— ¿Qué te preocupa?
Iba a decirle que nada pero él sabría que le estaba mintiendo. Abrí la boca buscando las palabras exactas para expresar todas las emociones que estaban empezando a colapsar dentro de mí, pero no surgió ni un sonido. Un grito ahogado en mi laringe. ¿Cómo pedirle que no se fuera ahora? ¿Cómo explicarle que no podía con todo? ¿Cómo suplicarle que aguantara un poco más? Simplemente no podía. No era capaz de decirle que era un egoísta y que quería que me acompañara unos meses más a pesar de los insoportables dolores que le consumían. Tenía miedo de ser un marido pésimo, un padre nefasto y una persona horrible. Si moría, lo mejor de mí se iría con él. Yo no era nadie, todo lo había aprendido de él. Pero, por encima de todo, tenía miedo de estar solo de nuevo.
Noté su mano fría sobre la mía. La estrechó con la poca fuerza que le quedaba.
— Abuelo…
Apretó más fuerte y las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos. Me sentí avergonzado, no recordaba la última vez que había llorado.
La enfermera se llevó a Greta, se había quedado dormida. Estuvimos con los dedos entrelazados el resto de la tarde sin mediar palabra. Cuando vinieron a sedarlo tampoco dijimos nada. Simplemente esperé en silencio hasta que su mano dejó de apretar la mía. La coloqué en su costado y me levanté. Le di un beso en la frente, como él solía hacer cuando yo era pequeño.
Buenas noches, abuelo. Descansa por fin.
miércoles, 22 de junio de 2016
Ramas negras
Alguien plantó una semilla en mi estómago. No sé quién, cuándo, o cómo.
Nunca la noté pero ha estado allí siempre.
Ahora que ha crecido noto su contorno bajo el ombligo, hace presión contra el abdomen. Las ramas punzan mis órganos y sangran. Es un dolor tan seguido y constante que a veces me olvido de que sigue ahí. Pero en ocasiones es tan intenso que sobresale por encima del hambre, la razón o el amor. Lloro y señalo el punto exacto donde la rama se clava, donde ha ido perforando para hacerse paso. Pero nadie la veía aunque me desgarrara por dentro. Me obligué a creer que el dolor no era cierto, que no existía tal planta, que nadie sembró la semilla. Que nada era verdad.
Pero hoy un tallo ha aparecido en mi vientre. Es tan negro que incluso los ojos más blancos pueden corroborar su existencia.
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