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domingo, 24 de julio de 2016

Cuídate

El cielo ennegrece mientras seguimos cogidos de la mano. No nos decimos nada. Ni tan siquiera nos miramos. Ambos contemplamos como el Sol baja para esconderse. Podríamos haber aprovechado esta última tarde para estar en mi cama, pero aquí estamos, en las rocas de esta playa, viendo como atardece. Viendo como los minutos se nos acaban sin poder hacer nada. 

¿Qué podría decirte? Ya da igual lo que quiera decirte. No va a cambiar nada. Solo va a producirnos más daño. Solo serán palabras de dolor. Prefiero ver el mar donde refractan los últimos rayos de sol, el último reflejo de nosotros dos. 

Tu labio inferior tiembla al ritmo de las olas. Tu ceño se frunce y me sueltas para limpiarte la tímida lágrima que resbala por tu mejilla. Y vuelves a cogerme de la mano, esta vez más fuerte, más sincera. Pero sigues sin hablar. Y yo sigo sin poder estar a la altura de la situación.

Son las nueve. Te tienes que ir pero te suplico que me hagas un favor: quédate hasta que anochezca. 

Cumples mi último deseo. Te miro de reojo. Qué tristes tus ojos esta noche. Qué tristes.

Andamos hasta el punto donde nuestros caminos se separan en todos los sentidos. Uno enfrente del otro y seguimos sin poder articular palabra. Entonces estiras tu mano para coger la mía. Esta vez de una manera suave, tierna, ligera, como el amor de verano. Deslizas el pulgar de arriba a abajo, como diciéndome en código morse que me quieres. Te doy un último beso en la mejilla. 

Y aunque tu mano aún sostenga la mía, ya siento que te has ido.

Cuídate.






lunes, 9 de mayo de 2016

Insomnio I

"AIRE...ABRÁZAME" / "AIR...HOLD ME"
Pintura de NURIA MESEGUER
http://nuriameseguer.blogspot.com.es


Llevo seis días sin dormir. 
El cansancio se acuna bajo dos medias lunas violetas que oscurecen cada minuto que sigo despierta. Rodillas y codos se resienten, el estómago cerrado y la piel cenicienta.
El cuerpo lucha contra la mente, pero ella es más fuerte. A veces le da una prórroga, los párpados caen y consigo descansar un momento. Pero al poco tiempo acabo volviendo. 
Llevo seis días observando la cama, memorizando cada pliegue de las sábanas mientras el segundero del reloj martillea mis tímpanos. Las retinas me arden, recriminándome que haya gastado todas las lágrimas que podía almacenar. 

Me ha invitado a su casa porque no nos hemos visto desde aquel día. 
No has comido nada, señala mi plato. 
Estoy indispuesta, respondo. 
Me ofrece su cama, dice que se me ve agotada.

Me tumbo pero no consigo vaciar la cabeza. Cuanto más esfuerzo dedico por mantenerla en blanco, más pensamientos tintan mi mente. Aprieto los párpados.
Entonces el colchón se hunde a mis espaldas con un leve crujido. Protesto pero no me muevo. Vete, musito, pero no me hace caso. 
Me pasa el brazo por encima de la cintura y lo intento apartar de un manotazo, pero insiste tanto que me doy por vencida, dejando que caiga sobre mí. Los muelles vuelven a crujir y noto ahora su mejilla sobre la mía. Su piel es cálida, siempre lo ha sido, y poco a poco la mía va acostumbrándose a su temperatura. Entonces vuelve a mover la cabeza, separando su cara para apoyarla de nuevo en otro punto. El borde de su oreja roza la mía y se deja caer encima. Durante unos segundos no oigo nada por el oído derecho, pero enseguida vuelve a aparecer el sonido.

¿Es el mar lo que oigo?

Escucho las olas acercándose a la costa y el burbujeo cuando rompen sobre ella. 
Voy acompasando inconscientemente la respiración con el ritmo del mar que surge de su oreja, siendo ésta más tranquila y profunda. Su respiración también se une, subimos y bajamos el pecho a la vez. El sonido de la playa va haciéndose más intenso, tanto que puedo sentirme allí. Puedo oler el salitre. 
Siento que el nudo del estómago va deshaciéndose, las extremidades ya no están entumecidas ni los músculos contraídos. Estoy flotando en medio del océano, y poco a poco voy hundiéndome. La luz se hace menos intensa, lejana. 
Hasta que desaparezco, al fin, después de seis días sin dormir.