Fotografía obtenida de la web mediopenique.com
Lleva lloviendo desde anoche, parando unos minutos pero no lo suficiente para que los charcos sean reabsorbidos por el alcantarillado. El autobús se ha metido por la carretera nacional. Apoyada en el vidrio empañado observo el paisaje, pasando del centro de Budapest a las casas de las afueras hasta llegar a un polígono. Nos apeamos del autobús en un borde de la carretera. El conductor arranca tan rápido que apenas habíamos dejado el segundo pie en tierra. Google Maps marca que estamos a dos minutos de nuestro destino.
Tenemos que cruzar al otro lado de la carretera. Los coches pasan veloces, la sensación de rapidez y caos se multiplica por la lluvia. Hay un paso de zebra junto a un semáforo. Aprieto el botón para que cambie de color. La luz del semáforo de los vehículos se torna roja pero hacen caso omiso; dos coches incluso aceleran al pasar junto a nosotros.
Llegamos a un muro de ladrillo rojo. Buscamos la entrada, localizándose en una cabina oscura que se ilumina por un sensor de movimiento. Una radio vieja se enciende automáticamente y suena música soviética, supongo que el himno de la URSS. Una señora pequeñita y vieja con cara aburrida, puede que hasta enfadada, aparece al otro lado del cristal de la cabina. Souvenirs del ejército rojo quedan perfectamente iluminados gracias a unos leds: pins, chapas, imanes, sobres e incluso pasaportes comunistas. Compramos dos entradas por un precio demasiado elevado para lo que ofrece: una vuelta a un parque de poca extensión sin audioguía ni explicaciones. Es la nada o un libro en húngaro sobre el Memento Park por mil quinientos florines.
No hay ningún tipo de control. A mano derecha un típico coche comunista con la puerta totalmente abierta y la tapicería empapada. Una cabina de teléfono con los mandos arrancados. Entramos al parque y la mayoría de las esculturas están rompiéndose por el escaso cuidado, ni tan siquiera hay cartelería decente. Algunas llevan un número pintado con rotulador, otras un papel plastificado; las más afortunadas un cartel metálico cuyas letras están en proceso de borrado. Hay otras que existen sin nombre. No hay explicación de ningún tipo bajo las estatuas soviéticas retiradas de la ciudad de Budapest a este parque ubicado a una hora del centro. El Memento Park es un lugar terriblemente descuidado como todo monumento de origen soviético que podemos encontrar en cualquier lugar de Europa. Tiene ese aire gris y ruinoso que envuelve todo aquello que tiene que ver con la URSS.
Al salir decidimos meternos por propia iniciativa en uno de los barracones cercanos a la entrada, existe una pequeña sala de cine totalmente desierta donde se emite una película ininterrumpidamente y una pequeña exposición del periodo oscuro —como ellos dicen— de la Hungría ocupada. Desde la puerta desvencijada de este lugar contemplamos los pies de la única estatua de Stalin que no consiguieron hacer desaparecer durante la revuelta del 56: quedan sus botas militares. Allí bajo hay otro búnker sin señalizar. El único cartel no descolorido de todo el parque te avisa que meterte allí es bajo tu propia decisión, que no pueden asegurarte que salgas ileso. La humedad y el suelo encharcado son fieles compañeros de bustos de mármol de los líderes más famosos del comunismo. Descansan sobre una base irregular de palets. De vuelta al cielo encapotado a mano izquierda quedan todavía más estatuas envueltas en bolsas de basura desperdigadas sobre el barro de la parte trasera de otro barracón cerrado al público.
Deshacemos camino por la carretera. Me giro para echar un último vistazo a la entrada del Memento Park y las botas de piedra de Stalin. El anuncio de un negocio de jardinería ocupa gran parte del vallado de la zona, claramente más grande que el propio cartel del parque.
