viernes, 31 de enero de 2020

Diario de viaje. Budapest: Visita al Memento Park


Fotografía obtenida de la web mediopenique.com


Lleva lloviendo desde anoche, parando unos minutos pero no lo suficiente para que los charcos sean reabsorbidos por el alcantarillado. El autobús se ha metido por la carretera nacional. Apoyada en el vidrio empañado observo el paisaje, pasando del centro de Budapest a las casas de las afueras hasta llegar a un polígono. Nos apeamos del autobús en un borde de la carretera. El conductor arranca tan rápido que apenas habíamos dejado el segundo pie en tierra. Google Maps marca que estamos a dos minutos de nuestro destino.

Tenemos que cruzar al otro lado de la carretera. Los coches pasan veloces, la sensación de rapidez y caos se multiplica por la lluvia. Hay un paso de zebra junto a un semáforo. Aprieto el botón para que cambie de color. La luz del semáforo de los vehículos se torna roja pero hacen caso omiso; dos coches incluso aceleran al pasar junto a nosotros.

Llegamos a un muro de ladrillo rojo. Buscamos la entrada, localizándose en una cabina oscura que se ilumina por un sensor de movimiento. Una radio vieja se enciende automáticamente y suena música soviética, supongo que el himno de la URSS. Una señora pequeñita y vieja con cara aburrida, puede que hasta enfadada, aparece al otro lado del cristal de la cabina. Souvenirs del ejército rojo quedan perfectamente iluminados gracias a unos leds: pins, chapas, imanes, sobres e incluso pasaportes comunistas. Compramos dos entradas por un precio demasiado elevado para lo que ofrece: una vuelta a un parque de poca extensión sin audioguía ni explicaciones. Es la nada o un libro en húngaro sobre el Memento Park por mil quinientos florines.

No hay ningún tipo de control. A mano derecha un típico coche comunista con la puerta totalmente abierta y la tapicería empapada. Una cabina de teléfono con los mandos arrancados. Entramos al parque y la mayoría de las esculturas están rompiéndose por el escaso cuidado, ni tan siquiera hay cartelería decente. Algunas llevan un número pintado con rotulador, otras un papel plastificado; las más afortunadas un cartel metálico cuyas letras están en proceso de borrado. Hay otras que existen sin nombre. No hay explicación de ningún tipo bajo las estatuas soviéticas retiradas de la ciudad de Budapest a este parque ubicado a una hora del centro. El Memento Park es un lugar terriblemente descuidado como todo monumento de origen soviético que podemos encontrar en cualquier lugar de Europa. Tiene ese aire gris y ruinoso que envuelve todo aquello que tiene que ver con la URSS.

Al salir decidimos meternos por propia iniciativa en uno de los barracones cercanos a la entrada, existe una pequeña sala de cine totalmente desierta donde se emite una película ininterrumpidamente y una pequeña exposición del periodo oscuro —como ellos dicen— de la Hungría ocupada. Desde la puerta desvencijada de este lugar contemplamos los pies de la única estatua de Stalin que no consiguieron hacer desaparecer durante la revuelta del 56: quedan sus botas militares. Allí bajo hay otro búnker sin señalizar. El único cartel no descolorido de todo el parque te avisa que meterte allí es bajo tu propia decisión, que no pueden asegurarte que salgas ileso. La humedad y el suelo encharcado son fieles compañeros de bustos de mármol de los líderes más famosos del comunismo. Descansan sobre una base irregular de palets. De vuelta al cielo encapotado a mano izquierda quedan todavía más estatuas envueltas en bolsas de basura desperdigadas sobre el barro de la parte trasera de otro barracón cerrado al público.

Deshacemos camino por la carretera. Me giro para echar un último vistazo a la entrada del Memento Park y las botas de piedra de Stalin. El anuncio de un negocio de jardinería ocupa gran parte del vallado de la zona, claramente más grande que el propio cartel del parque.

domingo, 12 de enero de 2020

Cóctel Molotov a la RAE

Escribo la mayor parte del tiempo de cabeza. Hilo historias mientras las manos están ausentes en tareas como fregar o tender. No imagino la escena sino las palabras, por eso digo que escribo y no imagino. Escribir es menos íntimo que imaginar pero a mi parecer tiene esa connotación personal, casi imperceptible, de la elección de las palabras para describir una misma escena.

No sé si tú que me estás leyendo ahora mismo has acudido en alguna ocasión a un curso, taller o lo-que-sea de escritura. Creo que uno de los ejercicios de primero de tallerista es coger una noticia del periódico y reescribirla. Partimos de un texto objetivo, si es que aceptamos la premisa de que se puede serlo al escribir, y cada uno la interpreta a su manera. Leer tu escrito es además doblemente interpretable dependiendo de tu juego con la voz, ritmo y tono. Aquí podríamos hablar de que un texto en la garganta de dos personas puede ser radicalmente distinto. Nuestro vocabulario dice más de nosotras que los zapatos que calzamos. Puede ser un acto subversivo cuestionarlo, malutilizarlo o reinventarlo.

Las alteraciones del lenguaje son comunes en gran parte de los trastornos mentales donde hay una perturbación del yo. Las personas con esquizofrenia pueden presentar un fenómeno de neologismo; algunos bastante sugerentes como la unión de dos términos en una sola palabra o conceptos nuevos que experimentan vía sensorial o emocional y necesitan nombrar. Tenemos en mente las típicas pinturas de artistas clasificados como enfermos mentales pero no traemos a la memoria los garabatos de alguien que sufre esta afección ni cómo es su discurso. Quienes hemos estado en contacto con personas que padecen algún trastorno de este tipo muchas veces captamos que X persona lo sufre, sin conocer previamente su diagnóstico, solamente al leer qué y cómo escribe.

El lenguaje nos define, es un distintivo frente a desconocidos. Desde la utilización del plural mayestático hasta las coletillas de nano, acho o illo y sus respectivos acentos, el lenguaje y más concretamente nuestro vocabulario informa de nuestra clase social o procedencia. Desde pequeñas intentan moldearnos para caber todas en un registro estándar demasiado aséptico y aburrido. La corrección no solo la recibimos de parte del profesorado sino que es una constante en cualquier situación de tu vida. Puede que estés a punto de de entrar a tu primera intervención quirúrgica, estés acojonada hasta la médula y mientras te están pinchando la anestesia raquídea digas que tienes náuseas y si pueden darte “pimperan” y pese a que se te ha entendido perfectamente, alguno tenga la necesidad de decir “primperan” para corregirte.

No entiendo por qué infringir una norma tan tonta como la manera estándar de hablar o escribir moleste tanto que tan pocas veces se cuestione que el hecho de hacerlo sea tan llamativo que enseguida detectemos que hay algo “mal” o “raro” en esa persona. La corrección de la manera de hablar de alguien me suele parecer bastante maleducado si no es en un entorno puramente académico y en relación con el léxico en sí mismo. El acto de decirle a alguien al que perfectamente has entendido que tal palabra se dice de esta manera y no como ha dicho ella no tiene un fin didáctico. Al hacerlo marcas un distanciamiento invisible, subes un escalón para mirar con soberbia y señalar que es menos inteligente que tú. Esto se pone de manifiesto cuando alguien para contrargumentar algo cae casi en el insulto personal al señalar faltar ortográficas y errores del discurso de otra persona.

La RAE y Fundéu son figuras casi opresoras del lenguaje. Pese a que su función es recoger y plasmar el uso del castellano, que como cualquier otra lengua viva está en constante cambio y adaptación, a veces parecen jueces de lo que está bien y está mal. Pongo de ejemplo cuando se posicionaron en contra de la «e» para hablar de alguien de género no binario, hacer distinción de géneros cuando hablamos en plural (diputados y diputadas en lugar de solamente «diputados») o la x para hablar en un género neutro (niñxs en lugar de niños). La posición política detrás del uso del vocabulario está ahí, ya lo nombraron en cientos de distopías como 1984 de George Orwell y lo siguen discutiendo filósofas, psicólogas… ¿Pensamos como hablamos o hablamos como pensamos?

Volviendo al campo personal, a mí me encantan esas pequeñas subversiones del lenguaje que suelen contar mucho más que su sinónimo dentro de la norma. El otro día en urgencias vinieron dos mujeres a consulta porque una de ellas tenía hipermenorrea y dismenorrea. En lenguaje médico es tremendamente aburrido y frío pero ella me lo contó como «tengo un dolor muy fuerte y tiro cuajarones enormes». Enseguida mi compañero le quiso corregir con «coágulos» a pesar de que «cuajarón» está aceptado. Además, cuajarón hace referencia al «cuajo» y al verbo «cuajar», siendo mucho más visual ese proceso por el cual un líquido se convierte en sólido pero queda de aspecto baboso.

Comunicarse es más que utilizar las palabras correctas. De hecho, puede que utilizando los vocablos más específicos para afirmar algo —y posiblemente caer en ese elitismo pedante que huele que apesta— no cumplamos el fin último por el que hablamos: que el receptor te entienda. Da igual que pronuncies una palabra mal, que tu gramática no sea perfecta; si se te entiende ¿qué más da?, ¿qué necesidad hay de corregir a nadie?

Escribo esto después de haber redactado mentalmente todo lo que quería decir, de visualizar una botella de vidrio llena de gasolina con la mecha prendida estallando contra la sede de la RAE.