martes, 30 de julio de 2019

Sobre coños, menstruación, aborto y demás parafernalia ginecológica

Recuerdo la primera vez que menstrué. No sabía que había sangre en mis bragas, solo noté un líquido denso, pegajoso y asqueroso que no sabía de dónde aparecía. Una escucha historias de viejas de trapos manchados de sangre roja, fresca, líquida y no imagina que la menarquia es una pasta marrón, más parecida al vómito o a esa palabra que todos sabemos pero no queremos nombrar que a la sangre. Volví a manchar un par de meses después, sin saber que menstruaba, solamente teniendo consciencia de que algo no iba bien allí abajo. Avergonzada digo que pasó más tiempo del necesario para por fin confesar a mi madre que creía que me había bajado la regla. La confirmación de la experta y a empezar el ritual de la vergüenza: compresas escondidas como poyos de coca, nada de blanco durante esos días, pánico de mancharte, mancharle a él si algún día me venía mientras estábamos follando.
Desconocí el funcionamiento de mi vulva hasta una charla en cuarto de la ESO, donde me hablaron del clítoris por primera vez. Había intentado masturbarme pero no sabía muy bien qué hacer hasta que en una de esas charlas que ciertos partidos de extrema derechas (perdón, CENTRO-derecha) califican de innecesarias me abrieron los ojos y guiaron metafóricamente mis manos. A los casi dieciséis años conocía cómo poner un condón, sobre la eyaculación masculina o las tropecientas ITS que puedes coger si juegas sin seguir las reglas, pero desconocía cómo masturbarme porque tenía pánico de preguntar a mis amigas. Las chicas no se masturban hasta que una decide contarlo y entre tímidas intervenciones acabamos confesando que nos hemos rozado con almohadas, que nuestros novios solo nos hacen el mete-saca y que andan más perdidos que nosotras. Las RRSS y cumplir años nos salvaron. Todas hablamos de los Satisfyer, de los descuentos en bolas chinas, vibradores, anillos, el secreto de los caramelos Halls negros. Ahora ya no te pones colorada si te preguntan qué te gusta, indicas claramente el qué, cómo y a qué ritmo.
Aun así, aunque el tabú de la regla y la masturbación femenina haya desaparecido en ciertos círculos, no tenemos ni idea de abortos, ciclos menstruales —que no menstruación— y cómo funcionan las pastillas anticonceptivas. Siguen metiéndonos el miedo en el cuerpo, imaginando que ir a abortar es el proceso traumático en el que te meten una aspiradora industrial por la vagina mientras tiemblas del dolor y del shock hemorrágico. ¿Cuántas de nosotras no hemos disfrutado del sexo por el miedo al embarazo? ¿Cuántas hemos oído hablar de las pastillas anticonceptivas como si fueran veneno? ¿Cuántas...? Muchas, todas.
La información es el mejor bálsamo del miedo. Compartamos experiencia, hagamos visible lo molesto, reduzcamos los bulos al absurdo y sobre todo, acompañemos a quien no ha podido recibir una educación sexual digna para que decida libremente y sufra lo mínimo posible.

miércoles, 3 de julio de 2019

Quiero escribir

Apunto pensamientos totalmente intrascendentes en los huecos en blanco que voy encontrando. Necesito hacer de mi existencia algo social y no desperdiciarla en privado, sentir que tengo algo que compartir. Escribo en Twitter que me siento agotada tras otra semana de exámenes, de dormir poquísimo por las peleas de mis gatos acrecentadas por el calor, sobre la impotencia que me causa no tener un sueldo que me permita comprarme unas zapatillas de más de cincuenta euros sin que me tiemblen las manos al copiar el número secreto de la tarjeta. Quiero escribir pero no tengo nada por lo que escribir. He cambiado de casa y de medicación este año y lo más relevante que puedo contar es que la abstinencia de los antidepresivos me provocan náuseas y calambres que descienden hasta las plantas de los pies. También escribí un poemario donde me abrí el tórax para expulsar todo el odio que sentía por mi madre —la real y la imaginada—, lo presenté a un concurso y nunca más me volvieron a contestar. En este tiempo sumo además un intento infructuoso de dejar los ansiolíticos cuando se me acabó la caja de Alprazolam 1mg. A pesar de luchar con medidas de higiene del sueño, meditación, dos sobres de valeriana cada noche o suprimir los máximos estímulos posibles, mi pastillero vuelve a estar lleno.

De vez en cuando pienso en ideas locas sobre relatos basados en hechos reales, cogiendo esas conversaciones en las que soy una oyente infiltrada o los desvaríos de algún profesor hasta las gónadas del resto de compañeros de su departamento. Quiero darles forma, escribir la gran novela española, estar en las listas de las mejores escritoras de mi generación. Pero  siendo sincera, nunca lo hago y acabo vomitando más contenido en la red formando un cardumen de opiniones e insultos anónimos de gente que siempre cree saber más que tú.

Mañana anotaré aquella idea de una niña enviando polvos de talco en un sobre cerrado con destino Congreso de los Diputados, un burdo intento de amenaza terrorista por parte de una adolescente de catorce años. Río con los ojos cerrados imaginando la escena mientras intento conciliar el sueño, evocando el momento exacto donde el sobre es depositado en un buzón y la divertida espera hasta que los centros de análisis y diagnóstico microbiológico determinan que no hay esporas de bacterias potencialmente mortales en los pliegues de la carta.

Los hierros de los brackets se clavan en la mucosa de mi boca mientras aguanto una carcajada. R duerme a mi lado con sus tapones perfectamente encajados en los conductos auditivos. A mí me sobresalen porque tengo las orejas muy pequeñas, así que cualquier ruido se cuela entre el milímetro que queda entre mi piel y la espuma del tapón, impidiendo que caiga en un sueño profundo. Me desespera no poder dormir, escuchar el reloj de cuco de las vecinas dando cada cuarto de hora. Vuelvo a las viejas costumbres y salgo a hurtadillas de la cama de uno cincuenta para engullir una pastilla azulita que me proporcione al menos algo de sueño Delta.

Otra noche la misma sensación de vacío. Posiblemente mañana nunca llegue a anotar nada.