Ayer celebramos nuestro quinto aniversario y me sentí
totalmente fuera de lugar. Los regalos, la cena, el hotel… Un escenario lleno de atrezzo para darle sentido a esta obra con un pésimo guión. Me
compraste la Nespresso que nos hacía falta, yo te regalé un móvil nuevo.
Follamos y nos fuimos a dormir sin desearnos las buenas noches.
¿Por qué de repente me siento diferente a tu lado?
Empiezo a reflexionar y sé que no es algo nuevo, que es una
verdad que ha estado latente durante mucho tiempo. Cuando estoy contigo ya no
siento nada, ni amor, ni deseo, ni ganas. Que nos besamos y siento que tu boca
no está conectada a tu persona, que solo me inspiras neutralidad. Cuando esto
ocurre siento que es algo mutuo, que nuestras bocas se mueven por inercia y tenemos
sexo para matar el tiempo. El interés entre los dos ha disminuido, es un hecho. Desde
hace un par de meses ya no me miras igual, no hablamos nunca de nada. La
necesidad de estar juntos en todo momento ha desaparecido. Hacemos mil planes
con nuestros amigos porque no queremos aceptar que ya no nos sentimos a gusto los
dos solos. Creo que nos hemos acomodado en esta relación porque no queremos
estar solos de nuevo, que nos da miedo levantarnos cada mañana en una cama fría,
cocinar para uno mismo o pasear por una casa vacía.
Me aterroriza no ponerle nombre a esta sensación que ha
anidado en mi pecho.
Si pienso en que toda mi vida va a ser igual, conformándome con
tu compañía, me echo a temblar. Siento que nunca volveré a tener momentos
especiales, ni a excitarme, ni a morirme por quitarte la ropa y comerte a besos. Pero
pensar en tu ausencia también me asusta. Te echo en falta cuando no estás, te
aborrezco cuando vuelves. ¿Es esto el amor adulto?
En algún momento nos amamos como lo hacen los niños. Ahora no sé si despedirme con un te quiero, si terminarlo con una interrogación o un punto.