miércoles, 25 de mayo de 2016

Sociedad XX

Habíamos quedado a las tres pero yo llegaba tarde, como de costumbre.
J, K y L me esperaban en el callejón. K tenía la rodilla flexionada y apoyaba una de sus botas militares en la pared de ladrillo. En cuanto me vio tiró la pava que tenía entre los labios. Estaban fumándose un canuto. No pude verlo porque se deshizo de él antes de que estuviera lo suficientemente cerca, pero su olor no había desaparecido. K tenía una mueca de pavor; sabían lo que opinaba de las drogas y lo tajante que había sido respecto a su consumo. Sabían que posiblemente les caería una buena tunda por haberme desobedecido y apretaban el culo esperándola. Pero esta vez no fue así, me limité a levantar el mentón en señal de saludo. Ver sus caras de miedo esperando mis golpes era una delicia, pero el desconcierto de no recibirlos era aún mejor.

— ¿Has traído lo que te pedí?

L asintió. Sacó de su bolsillo un cilindro metálico de no más de diez centímetros. Cuando lo tuve en la mano palpé su peso y forma. Era ligero y liso, aparentemente inofensible. Entonces, con un movimiento rápido, desplegué el cachibache. Era una porra extensible preciosa. No pude evitar la tentación de llevármela a la boca y lamer su superficie fría.

— Perfecta, perfecta. Buen trabajo.

Miré el reloj, las tres y media. Era la hora. Hice un gesto con la cabeza y entendieron que empezaba la caza. Nos pusimos los antifaces y salimos del callejón. No hizo falta indicar la dirección, sabíamos dónde teníamos que ir.

Aquella noche, después de cinco años, vengaríamos su muerte. No solo iríamos a por los culpables, pagarían todos aquellos que habían hecho posible esta sociedad desigual e injusta que había provocado la muerte de M. Pero no solo era por M, sino por todos los alienados: transexuales, homosexuales, mujeres y niños que no eran más que esos juguetes de trapo con los que los hombres juegan cuando se aburren de su vida —supuestamente— ejemplar, con los que se despachan a golpes y escupitajos, señalándoles con el dedo y riéndose de ellos mientras aún tienen la polla dentro de alguno de sus agujeros.

Cuando llegamos al prostíbulo les dije que se callaran. Nos paramos en la esquina y esperamos en silencio.
Oímos unos pasos acompañados de carcajadas. Por el tono de sus voces y el contenido de la conversación supuse que iban borrachos.
Eran dos hombres de poco más de cuarenta años. Se movían a trompicones mientras gritaban como orangutanes en celo. La tenue luz de la farola no nos alumbraba así que no se percataron de que estábamos allí. Salí yo primero y me aseguré de que no había nadie más en la calle.

 Eh, vosotros.

Los orangutanes se giraron y empezaron a reírse aún más fuerte cuando me vieron.

— No estamos en carnaval, ¿de qué vas disfrazado? —dijo el calvo entre carcajadas.

J, K y L salieron de las sombras y se pusieron a mi lado. Agitaban sus armas, todas nuevas para la ocasión. El calvo reparó en ello y dejó de reírse. El otro, intentando parecer calmado, intervino:

— Tíos, no queremos gresca. No hemos hecho nada.

Incliné la cabeza y sonreí. Entonces me quité el antifaz y les miré.

— No somos tíos.

Que fuéramos mujeres les tranquilizó. Una sonrisita estupida apareció en sus caras, como si se sintieran aliviados porque nosotras no éramos capaces de hacerles daño. No me ofendió en absoluto, estaba acostumbrada a ese tipo de prejuicios, a que no me tuvieran miedo. Parecía que ser XX te hacía inofensiva. Qué equivocados estaban.
Me puse de nuevo el antifaz y desplegué mi juguete nuevo. Pegué repetidamente con el extremo de la porra en la palma de mi mano.

— No os hemos hecho nada —dijo el calvo, poniéndose ahora un poco más nervioso.

— Pero a otras sí. Esto es un adelanto, como una especie de justicia divina por lo que vosotros, los hombres, nos habéis hecho pasar.

Echaron a correr. Nosotras fuimos detrás.


lunes, 9 de mayo de 2016

Insomnio I

"AIRE...ABRÁZAME" / "AIR...HOLD ME"
Pintura de NURIA MESEGUER
http://nuriameseguer.blogspot.com.es


Llevo seis días sin dormir. 
El cansancio se acuna bajo dos medias lunas violetas que oscurecen cada minuto que sigo despierta. Rodillas y codos se resienten, el estómago cerrado y la piel cenicienta.
El cuerpo lucha contra la mente, pero ella es más fuerte. A veces le da una prórroga, los párpados caen y consigo descansar un momento. Pero al poco tiempo acabo volviendo. 
Llevo seis días observando la cama, memorizando cada pliegue de las sábanas mientras el segundero del reloj martillea mis tímpanos. Las retinas me arden, recriminándome que haya gastado todas las lágrimas que podía almacenar. 

Me ha invitado a su casa porque no nos hemos visto desde aquel día. 
No has comido nada, señala mi plato. 
Estoy indispuesta, respondo. 
Me ofrece su cama, dice que se me ve agotada.

Me tumbo pero no consigo vaciar la cabeza. Cuanto más esfuerzo dedico por mantenerla en blanco, más pensamientos tintan mi mente. Aprieto los párpados.
Entonces el colchón se hunde a mis espaldas con un leve crujido. Protesto pero no me muevo. Vete, musito, pero no me hace caso. 
Me pasa el brazo por encima de la cintura y lo intento apartar de un manotazo, pero insiste tanto que me doy por vencida, dejando que caiga sobre mí. Los muelles vuelven a crujir y noto ahora su mejilla sobre la mía. Su piel es cálida, siempre lo ha sido, y poco a poco la mía va acostumbrándose a su temperatura. Entonces vuelve a mover la cabeza, separando su cara para apoyarla de nuevo en otro punto. El borde de su oreja roza la mía y se deja caer encima. Durante unos segundos no oigo nada por el oído derecho, pero enseguida vuelve a aparecer el sonido.

¿Es el mar lo que oigo?

Escucho las olas acercándose a la costa y el burbujeo cuando rompen sobre ella. 
Voy acompasando inconscientemente la respiración con el ritmo del mar que surge de su oreja, siendo ésta más tranquila y profunda. Su respiración también se une, subimos y bajamos el pecho a la vez. El sonido de la playa va haciéndose más intenso, tanto que puedo sentirme allí. Puedo oler el salitre. 
Siento que el nudo del estómago va deshaciéndose, las extremidades ya no están entumecidas ni los músculos contraídos. Estoy flotando en medio del océano, y poco a poco voy hundiéndome. La luz se hace menos intensa, lejana. 
Hasta que desaparezco, al fin, después de seis días sin dormir.

lunes, 2 de mayo de 2016

Abel mató a Caín

Cuando vi a mi hermano esparcir el contenido de mi maletín nuevo de pintura sobre el sillón del abuelo supe que me odiaba, que nadie llegaría a sentir por mí algo tan fuerte como lo hacía él.

Su cara no era la que suelen tener los niños cuando hacen una travesura, no mostraba la típica sonrisa torcida que ponen cuando saben que los van a castigar, ni la ingenuidad de hacer algo sin saber que está mal. No. Sus manos gorditas y minúsculas recorrían la tapicería con rabia, arañando el asiento y el respaldo mientras apretaba los dientes con fuerza. Tenía la mirada ida, parecía enajenado. Estaba tan concentrado en estropear todo lo posible aquel sillón que no se dio cuenta de que yo estaba allí, mirando como sus manos dibujaban el inicio de una guerra que, a día de hoy, sigo sin saber por qué me declaró.

Paró de golpe y volvió suavemente a su posición neutral con la lentitud de un depredador. El vello de la nuca se me erizó y tuve mucho miedo, pensé que se había dado cuenta de que estaba observándole desde detrás de la puerta. Pero no giró la cabeza, dirigió su mirada a su obra unos segundos mientras permanecía quieto y silencioso.

 La pintura había calado tanto que, cuando se subió al sillón, empezaron a salir borbotones de colores por los costados y ensuciaron el suelo. Volvió a quedarse quieto mientras observaba, ahora desde otra perspectiva, el gran destrozo. Se bajó. Se limpió las manos con la cortina con tanta meticulosidad que parecía un adulto mas que un niño de cinco años; primero quitándose el exceso de pintura de las palmas y después, dedo a dedo, hasta que la tela chupó todo el color de éstos. Se quitó los calcetines sucios, los enrolló en una bola y los lanzó debajo del enorme aparador de madera, deshaciéndose así de la última prueba.

Antes de volverse a la habitación de mis abuelos, que era donde supuestamente estaba durmiendo, echó un último vistazo al sillón. Entonces giró su cabecita y miró donde yo estaba. Lanzó una de esas miradas que siempre me ponen los pelos de punta. Sus ojos marrones se clavaron en los míos pero no expresaban nada, como si el que me mirara fuera un cadáver. No sonrió ni movió un solo músculo de la cara. Se giró de nuevo y se fue, dejándome allí muerto de miedo. Él sabía que aquel sillón quedaría inservible, que mi abuela le tenía un especial cariño y que me acusarían a mí de haberlo hecho.
Antes de que pudiera moverme, mi abuela ya había entrado en el salón y había lanzado un grito de horror.

Me di cuenta entonces de que me había meado encima.


DECLARACIÓN DE INTENCIONES

Escribo esto para dar la bienvenida al espacio donde, a partir de ahora, escribiré. 

El empujón lo he dado gracias al taller de escritura creativa que he terminado hoy. Desde febrero he tenido que presentar un texto por semana y leerlo delante de mis compañeros. Esto ha supuesto ir desdibujando la vergüenza que me provocaba mostrar mis textos originales y enfrentarme a las críticas de los lectores. Sé que mis escritos tenían (y siguen teniendo) muchos errores y no son brillantes, pero de eso se trata, de aprender y corregir. Ellos opinaban con palabras amables y educadas, haciendo de la valoración un intercambio de ideas y sugerencias que anotar para próximos intentos.

Ha sido una experiencia que he intentado aprovechar al máximo y de la que me llevo muchos ánimos para seguir adelante. Cada lunes he vuelto a casa con una sonrisa en los labios y las pilas cargadas, dispuesta a escribir sin miedo. Por eso agradezco todas las críticas positivas y no tan positivas que me han dedicado estas sesiones, aumentándome la autoestima y las ganas de enseñar a más gente las ideas locas, que de vez en cuando, plasmo en el papel.

Por último, hago una mención especial a mis amigos más cercanos, que me acompañaron y acompañarán en todo esto.

Así que gracias, gracias y mil gracias.

Agradecería mucho que si alguien se molesta en leer lo que publico y quiere mostrar su opinión, crítica o lo que sea, haga servir los comentarios.

Estáis todos invitados: amigos, enemigos y desconocidos.