domingo, 24 de julio de 2016

Cuídate

El cielo ennegrece mientras seguimos cogidos de la mano. No nos decimos nada. Ni tan siquiera nos miramos. Ambos contemplamos como el Sol baja para esconderse. Podríamos haber aprovechado esta última tarde para estar en mi cama, pero aquí estamos, en las rocas de esta playa, viendo como atardece. Viendo como los minutos se nos acaban sin poder hacer nada. 

¿Qué podría decirte? Ya da igual lo que quiera decirte. No va a cambiar nada. Solo va a producirnos más daño. Solo serán palabras de dolor. Prefiero ver el mar donde refractan los últimos rayos de sol, el último reflejo de nosotros dos. 

Tu labio inferior tiembla al ritmo de las olas. Tu ceño se frunce y me sueltas para limpiarte la tímida lágrima que resbala por tu mejilla. Y vuelves a cogerme de la mano, esta vez más fuerte, más sincera. Pero sigues sin hablar. Y yo sigo sin poder estar a la altura de la situación.

Son las nueve. Te tienes que ir pero te suplico que me hagas un favor: quédate hasta que anochezca. 

Cumples mi último deseo. Te miro de reojo. Qué tristes tus ojos esta noche. Qué tristes.

Andamos hasta el punto donde nuestros caminos se separan en todos los sentidos. Uno enfrente del otro y seguimos sin poder articular palabra. Entonces estiras tu mano para coger la mía. Esta vez de una manera suave, tierna, ligera, como el amor de verano. Deslizas el pulgar de arriba a abajo, como diciéndome en código morse que me quieres. Te doy un último beso en la mejilla. 

Y aunque tu mano aún sostenga la mía, ya siento que te has ido.

Cuídate.






martes, 19 de julio de 2016

A veces te mataría

A veces, cuando te agachas para atarte los zapatos, pienso en reventarte el cráneo. 
Me imagino que cojo esa figura horrorosa que te regaló tu hermana y te la estampo en la cabeza. Te daría un único golpe, sabes que soy de un solo movimiento. Puedo oír el sonido que haría tu hueso occipital al quebrarse y cómo se astillaría en tu cerebro.

A lo mejor así se te borrarían todas las memeces que tienes en la cabeza. Porque solo sueltas tonterías. Porque eres estúpido.

A lo mejor así me libro de ti y de tu odiosa familia. 

Sois todos igual de insoportables, desde la asquerosa de tu madre hasta los monstruos de tus sobrinos. Sois insufribles. 

Tu madre siempre tiene algo que decir de todo lo que hago: que si he engordado, que si el pollo está seco, que si la casa está desordenada, que a ver cuando tenemos hijos que se me pasará el arroz... Parece que viva para criticar todo lo que me rodea. Pero siempre será mejor que tu hermana. 

Tu hermana es un ser pusilánime a la sombra de su marido. Solo vive para criar a sus hijos, que a lo único que se dedican es a mirar el móvil y quejarse. Mamá, tengo hambre. Mamá, quiero irme a casa. Mamá, esto no me gusta. Mamá. Mamá. Mamá. Arghh. Alguna vez me ha tentado el darles un bofetón y quitarles la tontería de encima. Te juro que lo haría encantada pero sé que tendría problemas con su marido. 

Y qué decir de su marido. Su único interés es el dinero. Todo el día hablando de herencias, propiedades o sueldos. Me lo imagino rezando cada noche para que tus padres se mueran pronto y pueda quedarse con su piso, la casa de Pontevedra y el bajo que tienen en Madrid. Además, es un agarrado y un jodido machista. En su vida se ha gastado un solo céntimo en alguien que no sea él. Y tú tan idiota siempre invitándoles a cenar, que si el vino lo pongo yo, que si las estrenas para tus sobrinos las damos nosotros. ¿Y ellos qué? Una insulsa batidora nos regalaron por la boda. Una batidora que sigue en la caja de cartón. Es un insulto que el día —supuestamente— más importante de nuestras vidas tu familia decida regalarme una batidora. ¿Eso piensan que soy? ¿A eso me resumo? ¿Al sujeto que pone en marcha un cacharro para triturar comida?

Pero tu padre sí que es un misógino de manual. Aunque tu madre se suba mucho cuando estamos delante, él es quien la domina. Haz esto. Haz lo otro. Mientras, él sienta su enorme culo en el sofá y desde su sitio privilegiado empieza a darnos órdenes a todos. Incluso a mí. ¿Quién se cree él para mandarme? ¿Y cuando te dice que me tienes muy suelta? Como si yo fuera un perro al que amaestrar. 

Pero sin duda lo que más detesto es esa horrible manía que tiene tu familia de pensar que las personas somos objetos que pueden usar a su gusto. Me horroriza. 
Por eso decidí hace tiempo que no traería al mundo un hijo mío con tu apellido. Me niego a darle la vida a otro ser despreciable. 

Por eso, a veces, cuanto te agachas, pienso en deshacerme de ti y de todo lo que te rodea. Porque si no lo hago la que acabará matándose seré yo. Porque no aguanto más. 

Te daría un único golpe, sentirías un intenso dolor, pero sería muy breve. Te lo juro. Tengo buena puntería.

A veces acerco la mano y sostengo la figura pero el brazo me tiembla. La levanto en el aire unos segundos pero enseguida empieza a pesar cientos de kilos, toneladas, y tengo que dejarla en su sitio. El corazón empieza a latirme tan rápido y con tanta fuerza que me ametralla. Palidezco y sudo. 
Entonces siempre te levantas y me dices que me notas extraña. Y me das un beso. Uno de tus besos que me saben a mierda.

martes, 28 de junio de 2016

Buenas noches

Sus ojos se apagaron el día que Greta nació.
La sujetó en el pecho y le acarició la nariz con uno de sus dedos finos y temblorosos hasta acabar en sus labios.

—  Será una niña habladora, como su abuela.

Hacía meses que no rebosaba tanta vitalidad. Había aguantado con actitud estoica los dolores hasta que Blanca dio a luz; dijo que no podía irse sin ver a su bisnieta, que en realidad sería su nieta porque a mí siempre me había considerado su hijo. Esperaría hasta que ella naciera y pudiera darle un beso de bienvenida.
Greta se retorcía en sus brazos.

—  Qué inquieta es. Seguro que será tan curiosa como tú.

Me reí y agaché la cabeza. Se suponía que tenía que ser el día más feliz de mi vida pero a veces la teoría falla. No era la tristeza lo que me invadía, sino el miedo. El terror me punzaba en el estómago y hacía que me escocieran los ojos. ¿Cómo podría seguir? Me sentía abandonado a mi suerte con una familia recién nacida. ¿Qué narices iba a hacer yo? Estaba perdido, descolocado. La única persona que podía guiarme se consumía entre las sábanas blancas del hospital.
Dejó de acariciar la cara de Greta y me miró.

— ¿Qué te preocupa?

Iba a decirle que nada pero él sabría que le estaba mintiendo. Abrí la boca buscando las palabras exactas para expresar todas las emociones que estaban empezando a colapsar dentro de mí, pero no surgió ni un sonido. Un grito ahogado en mi laringe. ¿Cómo pedirle que no se fuera ahora? ¿Cómo explicarle que no podía con todo? ¿Cómo suplicarle que aguantara un poco más? Simplemente no podía. No era capaz de decirle que era un egoísta y que quería que me acompañara unos meses más a pesar de los insoportables dolores que le consumían. Tenía miedo de ser un marido pésimo, un padre nefasto y una persona horrible. Si moría, lo mejor de mí se iría con él. Yo no era nadie, todo lo había aprendido de él. Pero, por encima de todo, tenía miedo de estar solo de nuevo.

Noté su mano fría sobre la mía. La estrechó con la poca fuerza que le quedaba. 

— Abuelo…

Apretó más fuerte y las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos. Me sentí avergonzado, no recordaba la última vez que había llorado. 
La enfermera se llevó a Greta, se había quedado dormida. Estuvimos con los dedos entrelazados el resto de la tarde sin mediar palabra. Cuando vinieron a sedarlo tampoco dijimos nada. Simplemente esperé en silencio hasta que su mano dejó de apretar la mía. La coloqué en su costado y me levanté. Le di un beso en la frente, como él solía hacer cuando yo era pequeño.

Buenas noches, abuelo. Descansa por fin.