
El reloj de cuco de las vecinas va con dos minutos de retraso marcando la una de la madrugada. Llueve con fuerza tras las persianas bajadas. A mi espalda oigo el balcón encharcarse porque los canalones estén obstruidos de hojas secas, arena y alguna colilla. Resulta que viene una ola de frío polar durante esta semana y volverán a bajar las temperaturas, a llover desenfrenadamente hasta nuevo aviso. El cese de producción en China, Italia y ahora España, junto al claro descenso de movilizaciones y con ello la reducción de emisiones de gases derivados de combustiones que realmente no entiendo pero que sé que se quedan suspendidos entre capas de nubes, ennegreciendo el cielo, ha contribuido a que vuelva a llover de una forma más desenfadada sin esos tres días continuos de gota fría que provocaba que los alcantarillados colapsaran y el agua saliera a borbotones como un géiser. Los animales parece que también vuelven a ocupar zonas urbanas. Me llegan sus imágenes vía Whatsapp: pandillas de monos acosan a las pocas personas que quedan en las calles de Tailandia para que les lancen cualquier cosa comestible, jabalíes descienden de la montaña para rebuscar en las bolsas de basura, gaviotas graznan en los tejados a más de cinco o seis kilómetros de la costa.
Sigue pareciendo todo un poco distópico, esta supuesta lucha en la que nos hacen creer que tenemos un papel. Recluirme en casa no me supone tampoco un esfuerzo terrible siendo sincera. Realmente lo que me agobia son los plazos más que el acto en sí, el tiempo de espera que precede a cualquier conflicto y como en este caso, el tiempo es indeterminado, no hay plazos.
Los gatos también están muy pesados por las noches. El pelirrojo brama, que no maúlla, cada vez que decido pasarme a la habitación de al lado para no molestar. Comienzan a correr, atacándose y saltando por todo mueble en esta casa. Les chisto y enseguida callan, parece que es un sonido universal. De normal, si me mantengo en la cama no suelen pelearse de esta manera, se quedan bajo la colcha o encima de ella, en peso muerto, ocupando justo el espacio donde yo debería estirar las piernas. Al principio esquivaba esos huecos, retorciéndome al buscar una postura que no los molestara. Ahora estiro ambas piernas delimitando mi territorio, marcando las normas que deben respetar si quieren dormir aquí. No me hacen caso porque son gatos y es menos frustrante y productivo amoldarte a sus manías que intentar reeducarlos. Así pues la distribución de muebles y decoración cumplen no solo el cometido de belleza y armonía, sino el requisito de no ser accesibles a las pezuñas traviesas de mis gatos kinkis.
Me hago una pelota bajo la manta y hago click en últimas noticias sobre la COVID-19. Fantaseo sobre un periodo post-cuarentena y sé que mentiremos, que haremos de esto una falacia conjunta. Narraremos de una forma naive, casi vainilla, que veinte mil personas murieron en el silencio de habitaciones aisladas mientras nosotros fuimos héroes de forma pasiva. Queremos ser protagonistas de cualquier tragedia, buscar ese punto de inflexión. Me da pánico aceptar que mi transcendencia equivaldrá a la nada, a una tumba en una de esas columnas que recuerdan a celdillas de Excel y que acabarán vaciando dentro de unos 50 años si nadie paga una prórroga.