No sé qué decirte, Lucía. No lo sé. He tenido mil conversaciones contigo en mi cabeza a lo largo de estos tres años pero ahora que intento poner por escrito todo lo que quiero decirte no sé por dónde empezar. Me siento muy imbécil y ridículo escribiendo esto, como si esperara que me leyeras en algún momento. Tecleo sin saber muy bien qué poner, teniendo la seguridad de que cuando suelte toda esta bilis acabaré borrándolo todo y olvidando esta tarde, haciendo ver que nunca he tenido la tonta necesidad de sentarme frente al ordenador y llorar como un niño mientras te escribo.
Gaia, tu gata, sigue conmigo. Está ya viejecita y se pasa el día durmiendo, sobre todo ahora que se acerca el invierno. A veces creo que te busca, se sube al sillón en el que solías sentarte a leer y se pone a maullar mirando a la nada. Los dos te echamos de menos pero nos hemos hecho a la idea de que no volverás. Nos lamemos las heridas mutuamente.
Aunque por casa todo sigue tal cual lo dejaste, las cosas fuera han cambiado muchísimo. El barrio se está vaciando cada vez más, la gente está huyendo a zonas más céntricas. Yo tal vez lo haga ahora que me han ascendido. Por fin tengo un despacho propio, sabes. Después de tanto tiempo cobrando como si fuera un becario y compartiendo mesa con otro compañero al fin me han dado el cargo que merecía. No es que cobre muchísimo más pero al menos es un sueldo digno y me permite un apartamento menos alejado del trabajo. Me dará mucha lástima dejar este piso después de estar aquí casi siete años. Por cierto, el vecino del primero, aquel chico que iba en silla de ruedas, se ha casado. Han sido padres hace unas pocas semanas. Se ve que era una niña que esperaban con mucha ilusión y están que se mueren con ella, incluso le han comprado un carro especial para que él pueda empujarlo. Tu amiga Irene también ha sido mamá, me la encontré la semana pasada llevando un cochecito gemelar. Después de tanto tiempo me costó reconocerla, está muy cambiada. Nos paramos unos minutos a charlar. Pude hablar de ti sin que se me encogiera el corazón demasiado, ayudó que ella se mostrara cercana y atenta, que no fuera muy intrusiva con sus preguntas.
Acordarme de ti, en general, duele cada vez menos pero hoy ha sido un día de mierda, un día en el que me ha costado no desmoronarme. Me ha llamado tu madre, es ya una costumbre anual. Me ha preguntado cómo me iba todo, el trabajo, la casa, Gaia... Hemos intentado hablar de todo, incluso del tiempo, pero era imposible disimular el motivo de la llamada. Con una voz triste y entrecortada me ha preguntado si iba a hacer “algo” hoy. Le he dicho que no, que sabía que tú no creías en eso y que tras tres años tenía que intentar vivir sin ti. He notado su llanto al otro lado del auricular. Ha colgado tras pedirme perdón por molestarme, que no volvería a llamarme. Sé que miente, que el año que viene volverá a marcar mi número para sentir que hay algo que la acerca a ti, que no te has ido del todo.
Hoy hubieras cumplido veintinueve años y eso me destroza. Me duele no porque no estés conmigo, sino porque nunca sabrás lo que es tener más de veintiséis años. Porque nunca sentirás una vida en tu vientre, porque nunca viajarás a Asia como querías, ni tampoco verás morir a tu madre. Porque nunca acabarás esa novela en la que tanto trabajaste, ni llorarás si no te la hubiera aceptado la editorial. Porque nunca te arrepentirás de cortarte el pelo, de hacerte un tatuaje o te escayolarán un brazo. Porque nunca nadie volverá a darte un beso ni a hacerte el amor. Porque nadie más volverá a hacerte reír, porque nunca más volverás a abrir los ojos. Porque no querías nada de esto.
Joder, Lucía. Nadie merece ser enterrado con la piel aún tersa, sin canas y con todos los dientes intactos. No sabes todo el dolor que me causa pensar que ya no existes, que decidiste que tu futuro no valía la pena. Durante estos tres años he intentado omitir esa parte, intentando llevar el duelo lo mejor posible. Estoy todavía perdonándote, perdonándome a mí también. Por no haber prestado atención a las señales, por pensar que esa mala época pasaría, que yo era suficiente para sacarte del pozo. Estoy empezando a entender que aunque yo podría haber hecho más, la decisión fue tuya. No puedo evitar enfadarme contigo por todo el dolor que nos has dejado pero poco a poco va disipándose porque como te decía, es ahora cuando empiezo a entenderte. No querías seguir con tu vida y aunque me queme la rabia, lo respeto. O al menos lo intento.
De la misma manera, tengo que respetarme a mí también. Y aunque te haya querido como no he querido a nadie en la vida, no puedo seguir así, esperando a que vuelvas, rechazando a otras mujeres porque siento que te engaño, guardando todavía tu ropa en el armario. Por eso, Lucía, es la última vez que hablaré contigo. No es que te vaya a olvidar, siempre vas a estar en mi vida. Pero, mi amor, tienes que empezar a formar parte de mi pasado, de mis recuerdos y aunque me cueste, tengo que seguir sin ti. Tú decidiste ponerle fin a todo y no te culpo. Por favor, no me culpes por querer tener un futuro.
Te quiero, mi vida.
Siempre tuyo,
M.
Gaia, tu gata, sigue conmigo. Está ya viejecita y se pasa el día durmiendo, sobre todo ahora que se acerca el invierno. A veces creo que te busca, se sube al sillón en el que solías sentarte a leer y se pone a maullar mirando a la nada. Los dos te echamos de menos pero nos hemos hecho a la idea de que no volverás. Nos lamemos las heridas mutuamente.
Aunque por casa todo sigue tal cual lo dejaste, las cosas fuera han cambiado muchísimo. El barrio se está vaciando cada vez más, la gente está huyendo a zonas más céntricas. Yo tal vez lo haga ahora que me han ascendido. Por fin tengo un despacho propio, sabes. Después de tanto tiempo cobrando como si fuera un becario y compartiendo mesa con otro compañero al fin me han dado el cargo que merecía. No es que cobre muchísimo más pero al menos es un sueldo digno y me permite un apartamento menos alejado del trabajo. Me dará mucha lástima dejar este piso después de estar aquí casi siete años. Por cierto, el vecino del primero, aquel chico que iba en silla de ruedas, se ha casado. Han sido padres hace unas pocas semanas. Se ve que era una niña que esperaban con mucha ilusión y están que se mueren con ella, incluso le han comprado un carro especial para que él pueda empujarlo. Tu amiga Irene también ha sido mamá, me la encontré la semana pasada llevando un cochecito gemelar. Después de tanto tiempo me costó reconocerla, está muy cambiada. Nos paramos unos minutos a charlar. Pude hablar de ti sin que se me encogiera el corazón demasiado, ayudó que ella se mostrara cercana y atenta, que no fuera muy intrusiva con sus preguntas.
Acordarme de ti, en general, duele cada vez menos pero hoy ha sido un día de mierda, un día en el que me ha costado no desmoronarme. Me ha llamado tu madre, es ya una costumbre anual. Me ha preguntado cómo me iba todo, el trabajo, la casa, Gaia... Hemos intentado hablar de todo, incluso del tiempo, pero era imposible disimular el motivo de la llamada. Con una voz triste y entrecortada me ha preguntado si iba a hacer “algo” hoy. Le he dicho que no, que sabía que tú no creías en eso y que tras tres años tenía que intentar vivir sin ti. He notado su llanto al otro lado del auricular. Ha colgado tras pedirme perdón por molestarme, que no volvería a llamarme. Sé que miente, que el año que viene volverá a marcar mi número para sentir que hay algo que la acerca a ti, que no te has ido del todo.
Hoy hubieras cumplido veintinueve años y eso me destroza. Me duele no porque no estés conmigo, sino porque nunca sabrás lo que es tener más de veintiséis años. Porque nunca sentirás una vida en tu vientre, porque nunca viajarás a Asia como querías, ni tampoco verás morir a tu madre. Porque nunca acabarás esa novela en la que tanto trabajaste, ni llorarás si no te la hubiera aceptado la editorial. Porque nunca te arrepentirás de cortarte el pelo, de hacerte un tatuaje o te escayolarán un brazo. Porque nunca nadie volverá a darte un beso ni a hacerte el amor. Porque nadie más volverá a hacerte reír, porque nunca más volverás a abrir los ojos. Porque no querías nada de esto.
Joder, Lucía. Nadie merece ser enterrado con la piel aún tersa, sin canas y con todos los dientes intactos. No sabes todo el dolor que me causa pensar que ya no existes, que decidiste que tu futuro no valía la pena. Durante estos tres años he intentado omitir esa parte, intentando llevar el duelo lo mejor posible. Estoy todavía perdonándote, perdonándome a mí también. Por no haber prestado atención a las señales, por pensar que esa mala época pasaría, que yo era suficiente para sacarte del pozo. Estoy empezando a entender que aunque yo podría haber hecho más, la decisión fue tuya. No puedo evitar enfadarme contigo por todo el dolor que nos has dejado pero poco a poco va disipándose porque como te decía, es ahora cuando empiezo a entenderte. No querías seguir con tu vida y aunque me queme la rabia, lo respeto. O al menos lo intento.
De la misma manera, tengo que respetarme a mí también. Y aunque te haya querido como no he querido a nadie en la vida, no puedo seguir así, esperando a que vuelvas, rechazando a otras mujeres porque siento que te engaño, guardando todavía tu ropa en el armario. Por eso, Lucía, es la última vez que hablaré contigo. No es que te vaya a olvidar, siempre vas a estar en mi vida. Pero, mi amor, tienes que empezar a formar parte de mi pasado, de mis recuerdos y aunque me cueste, tengo que seguir sin ti. Tú decidiste ponerle fin a todo y no te culpo. Por favor, no me culpes por querer tener un futuro.
Te quiero, mi vida.
Siempre tuyo,
M.