domingo, 6 de noviembre de 2016

Nada



Me siento en dirección contraria a la que circula el autobús. Apoyo la mejilla en la ventanilla y noto la vibración del motor. Miro cómo dejamos atrás la parada, los cruces, los semáforos, las calles, la gente. No puedo evitar cuestionarme si es así cómo concibo la vida, en dejar pasar el tiempo y observar. Mi mirada siempre está puesta en todo lo que dejo marchar y no me giro —ni me apetece hacerlo— para ver el camino que estoy recorriendo. No es por miedo, simplemente es falta de interés. No hay nada en él que despierte mi curiosidad. Pero lo que dejamos atrás sí que me importa. 

Veo a la gente caminar de aquí para allá y me preguntó qué les impulsará a hacerlo. ¿Qué les hace despertarse día tras día y seguir? ¿Qué les hace escoger un camino —y no otro— y no salirse de él?

No les entiendo y eso me apena.

Me apena porque no encuentro un solo motivo para levantarme otra mañana más e intentar progresar. Cada trayecto que creo escoger me parece aburrido y tedioso y, finalmente, lo abandono. No hay nada en este mundo que me empuje a hacer un solo movimiento. Nada me produce la suficiente ilusión. Incluso las sensaciones más primarias han desaparecido. Ni tan siquiera el hambre o el sueño me empujan a avanzar. Solo siento cansancio de dar pasos en falso, de pensar que nada vale la pena, que estoy estancada en arenas movedizas y que acabo hundiéndome por mucho que intente salir.

Observo la cara de los transeúntes, ajenos a los demás, tan inmersos en sus propias vidas que el resto solo somos extras completando la escena. Busco en sus ojos la respuesta a mis propias preguntas, ¿qué les hace tener tanta prisa? ¿tan valioso es su tiempo? Y si es así, ¿por qué el mío no vale nada? ¿qué nos hace tan diferentes?

Pero no encuentro contestación.

Todo son sombras negras que no paran de avanzar a mi alrededor. Supongo que ese es mi problema, el haberme parado. Porque cuando paras empiezas a notar que las piernas duelen, que la senda está llena de desniveles y no tienes ni la equipación ni la preparación adecuada para completarla. Empiezas a preguntarte si ha valido la pena empezarla.

Y me planteo por primera vez que morirme en este momento no me importaría, que no hay nada que pueda ofrecerme el futuro que me haga cambiar de idea.

Pero que no me importe morir no significa que quiera matarme. Tras ella solo hay un montón de nada. Y la nada me agobia, me entristece. ¿Qué hay peor que la sensación de vacío?

La muerte no me libra de ella. Pero la vida tampoco.