viernes, 24 de marzo de 2017

Diario de ansiedad




Querido diario,

esto es lo más honesto que puedo escribir a estas alturas. No es ficción, tampoco corresponde a la realidad. Todo lo que acabo plasmando en el papel queda a medio camino, lleno de lirismo para que me sea más fácil vomitarlo.

Despierto por la mañana y la habitación baila como si estuviera muy colocado, como si tuviera una resaca continua. Después de una hora en la cama y luchar contra la fuerza de la gravedad, consigo levantarme. Desayuno lo que mi esófago deja pasar, está lleno de nudos que impiden que el bolo alimenticio descienda. Los malos pensamientos habitan en mi cuerpo, escarban los órganos y se implantan en ellos; parece que los que han anidado en el estómago se han reproducido y han ocupado todo su volumen, impidiendo que quepa algo más. Siento náuseas y saciedad casi todo el día, así que, semana tras semana veo como la báscula baja. Los agujeros del cinturón ya no son suficientes para aguantarme los pantalones.

Miro el reloj. Las horas pasan lentas, el tiempo ha dejado de tener sentido. Estoy tan aburrido. No puedo leer, no puedo escribir, no puedo estudiar. Ocupo mi cabeza viendo series basura de trama plana. Los ojos me escuecen de tanta televisión, de tanta mierda que no consigue hacerme sentir nada.

Mi happy hour llega. Toca medicarse, ganas de vivir divididas en unidosis de diez miligramos, toda mi fuerza resumida en un blíster.

En cuatro semanas la ansiedad desaparecerá. Aún no han pasado ni tres días pero ya he decidido ponerme bien. A partir de ahora, en este mismo instante, mientras escribo esto, pego carpetazo a todo lo que no me deja vivir tranquilo, lo que me impide experimentar la calma.

Me miro al espejo. Las manos me tiemblan y tengo la boca llena de arena. Trago la pastilla y le hago una mueca a mi reflejo.

Esta sonrisa está patrocinada por Escitalopram.

viernes, 3 de febrero de 2017

Supongo que te sonará Schopenhauer

Supongo que te sonará Schopenhauer.

Sí, claro.

Hay una cita suya muy famosa que dice algo así como que quien es cruel con los animales no puede ser buena persona.

Sí, sí. Sé a cual te refieres.

Me parece una reflexión muy buena, todo aquello de que el cómo tratas a un ser inferior denota la clase de persona que eres. No sé, me marcó bastante. Creo que tiene que ver con que siempre me hayan gustado los animales y que les haya prestado más atención a ellos que a las personas. A pesar de lo que muchos digan de ellos, me parecen unos seres muy sinceros. Si les caes bien siempre estarán allí para ti, jugando, defendiéndote. Tienen una lealtad admirable. En cambio, si les caes mal no lo ocultarán, te gruñirán y te morderán si les acercas la mano. Con los animales no existe la hipocresía, no puedes fingir que te gustan porque ellos lo notan, sienten cuando no estás cómodos con ellos. Y lo mejor es que no les importa. No se pondrán pesados para que les hagas caso, simplemente te ignorarán porque le resultas indiferente. Con un animal no te vale el carisma, la labia o la simpatía. Ni tan siquiera te prestarán atención si le hablas de tus triunfos artísticos o deportivos. Toda tu inteligencia y razón les importa un pito, no puedes conquistar a un animal hablando del estilo irreverente de Bukowski, de la carrera en solitario de Paul Simon o el movimiento dogma 95. Puede que los idiotas que plagan los tugurios hipsters se caigan a tus pies cuando sueltas tanta pedantería por la boca. Pero los animales no. A un animal no se le conquista con la imagen que pintas, sino con el lienzo blanco que hay debajo.

Nunca lo había pensado.

Por eso me gusta esa cita, y por eso me gustan ellos. Nunca me han pedido nada que no les he podido dar, no me han exigido ser más cariñoso o atento de lo que ya era. Además, siempre se han conformado con lo poco que les podía ofrecer y siempre me lo han devuelto con creces.

¿Tienes alguna mascota?

No, aunque de pequeño quería un perro pero nunca me dejaron tenerlo. Mis padres no eran muy amantes de los animales, siempre me decían que un apartamento no era un sitio para ellos.

¿Y ahora por qué no? ¿No vives solo?

Supongo que tenían razón.

martes, 17 de enero de 2017

Crónica de un amor desgastado

Ayer celebramos nuestro quinto aniversario y me sentí totalmente fuera de lugar. Los regalos, la cena, el hotel… Un escenario lleno de atrezzo para darle sentido a esta obra con un pésimo guión. Me compraste la Nespresso que nos hacía falta, yo te regalé un móvil nuevo. Follamos y nos fuimos a dormir sin desearnos las buenas noches.

¿Por qué de repente me siento diferente a tu lado?

Empiezo a reflexionar y sé que no es algo nuevo, que es una verdad que ha estado latente durante mucho tiempo. Cuando estoy contigo ya no siento nada, ni amor, ni deseo, ni ganas. Que nos besamos y siento que tu boca no está conectada a tu persona, que solo me inspiras neutralidad. Cuando esto ocurre siento que es algo mutuo, que nuestras bocas se mueven por inercia y tenemos sexo para matar el tiempo. El interés entre los dos ha disminuido, es un hecho. Desde hace un par de meses ya no me miras igual, no hablamos nunca de nada. La necesidad de estar juntos en todo momento ha desaparecido. Hacemos mil planes con nuestros amigos porque no queremos aceptar que ya no nos sentimos a gusto los dos solos. Creo que nos hemos acomodado en esta relación porque no queremos estar solos de nuevo, que nos da miedo levantarnos cada mañana en una cama fría, cocinar para uno mismo o pasear por una casa vacía.

Me aterroriza no ponerle nombre a esta sensación que ha anidado en mi pecho.
Si pienso en que toda mi vida va a ser igual, conformándome con tu compañía, me echo a temblar. Siento que nunca volveré a tener momentos especiales, ni a excitarme, ni a morirme por quitarte la ropa y comerte a besos. Pero pensar en tu ausencia también me asusta. Te echo en falta cuando no estás, te aborrezco cuando vuelves. ¿Es esto el amor adulto?

En algún momento nos amamos como lo hacen los niños. Ahora no sé si despedirme con un te quiero, si terminarlo con una interrogación o un punto.