sábado, 6 de enero de 2018

Meditación del ahora

Para qué coño me sirve el mindfulness, me pregunto. Tengo la espalda pegada al respaldo de plástico rojo de la silla. Estiro las vértebras, noto como van haciendo crac al ponerme totalmente recta. No llego bien al suelo por lo que los pies me cuelgan a tres centímetros del piso, lo suficiente para empezar a notar incomodidad y con ello, el agobio que me acompaña 24/7.

Cierro los ojos.

Me dice mi psicóloga que me relaje y haga consciente mi respiración, que me centre donde la note más. Pongo un marcador imaginario en mi caja torácica e intento centrarme en él.

Ahora insiste en que note qué dice mi cuerpo, las sensaciones físicas que me invaden. Noto la opresión del pecho, tan constante ya que a veces se me olvida que existe. Noto la espalda contracturada de estar en tensión, ardor en la boca del estómago, dolor en los maseteros de tensarlos continuamente. Me dice que no juzgue lo que siento, que sea consciente de ello y me ponga en la posición más cómoda posible.

Sigo respirando.

Ahora habla sobre la sala en la que estamos. La biblioteca de salud mental en la que nos vemos cada jueves desde hace tres meses. Soy consciente de mis compañeros. X e Y se sientan cada uno en un lado, dejando una silla vacía entre nosotros. Pienso que es curioso que las personas que más conocen mis miserias marquen esta separación física. X tiene agorafobia. Y sufre TOC. Sé prácticamente en qué trabajan, cómo se llaman sus padres, cuándo les diagnosticaron y a qué atribuyen su ansiedad. Pero nunca nos tocamos. Dejamos desde el primer día esta separación sin cuestionarla, no invadimos el espacio de los demás.  

La imagen de la habitación cada vez se difumina más. Imágenes geométricas comienzan a dibujarse en mi cabeza. Triángulos, rombos, cuadrados. Empiezan a llover rectángulos y pentágonos. Recuerdo pintar pentágonos en clase de plástica cuando iba al instituto, trazar líneas uniendo los puntos que había dibujado con el compás. Recuerdo que en esa misma asignatura una “amiga” me tiró encima un bote de café instantáneo delante de toda la clase. Recuerdo aún las lágrimas acumulándose mientras ella se reía y me decía que era una broma. Qué hija de puta. Ahora es profesora. Es curioso que las personas que se dedicaron a acosar a otros niños acaben haciendo magisterio. ¿Con quién comenté eso? Ah sí, con mi novio. Fue una mañana en su casa mientras veíamos la televisión. ¿Fue en invierno o en verano? Creo que verano porque llevaba camiseta de manga corta. Además, ya estaba tratándome de la depresión. Joder, hace ya casi un año que estoy en tratamiento. Recuerdo una noche que lloré porque no quiso enseñarme qué llevaba en el bolsillo. Me doy vergüenza, me puse como una loca. No sé cómo me aguantó. No sé cómo me aguanta. Si me puse así ese día por una tontería si un día pasa algo serio no sé cómo reaccionaré. Porque me va a dejar. Porque no valgo nada.

La psicóloga nos recuerda que dejemos pasar los pensamientos, que no juzguemos, que no alimentemos la bola. Qué fácil es decirlo. Vuelvo a la respiración.

Inspiro.

Espiro.

Sigo notando la opresión en el pecho. Solo noto eso. Los brazos y las piernas se han derretido y mimetizado con el plástico rojo de la silla. Ya no forman parte de mi cuerpo. Solo soy ese bocado en el corazón que me mantiene despierta, rígida.

Vuelven las formas geométricas. También caras de conocidos. De nuevo los juicios atacan. Pero no les dejo. No esta vez. Todos mis pensamientos llevan adheridos una crítica que no puedo despegar. Si quiero evitar la crítica he de evitar el pensamiento. No sigo las instrucciones de la psicóloga y me esfuerzo por poner la mente en blanco. Que le follen al mindfulness.

Después de cinco minutos abro los ojos. Miro a X e Y, siguen con los párpados cerrados. X tiene los puños tensos sobre el regazo.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Carta de despedida

No sé qué decirte, Lucía. No lo sé. He tenido mil conversaciones contigo en mi cabeza a lo largo de estos tres años pero ahora que intento poner por escrito todo lo que quiero decirte no sé por dónde empezar. Me siento muy imbécil y ridículo escribiendo esto, como si esperara que me leyeras en algún momento. Tecleo sin saber muy bien qué poner, teniendo la seguridad de que cuando suelte toda esta bilis acabaré borrándolo todo y olvidando esta tarde, haciendo ver que nunca he tenido la tonta necesidad de sentarme frente al ordenador y llorar como un niño mientras te escribo.

Gaia, tu gata, sigue conmigo. Está ya viejecita y se pasa el día durmiendo, sobre todo ahora que se acerca el invierno. A veces creo que te busca, se sube al sillón en el que solías sentarte a leer y se pone a maullar mirando a la nada. Los dos te echamos de menos pero nos hemos hecho a la idea de que no volverás. Nos lamemos las heridas mutuamente.

Aunque por casa todo sigue tal cual lo dejaste, las cosas fuera han cambiado muchísimo. El barrio se está vaciando cada vez más, la gente está huyendo a zonas más céntricas. Yo tal vez lo haga ahora que me han ascendido. Por fin tengo un despacho propio, sabes. Después de tanto tiempo cobrando como si fuera un becario y compartiendo mesa con otro compañero al fin me han dado el cargo que merecía. No es que cobre muchísimo más pero al menos es un sueldo digno y me permite un apartamento menos alejado del trabajo. Me dará mucha lástima dejar este piso después de estar aquí casi siete años. Por cierto, el vecino del primero, aquel chico que iba en silla de ruedas, se ha casado. Han sido padres hace unas pocas semanas. Se ve que era una niña que esperaban con mucha ilusión y están que se mueren con ella, incluso le han comprado un carro especial para que él pueda empujarlo. Tu amiga Irene también ha sido mamá, me la encontré la semana pasada llevando un cochecito gemelar. Después de tanto tiempo me costó reconocerla, está muy cambiada. Nos paramos unos minutos a charlar. Pude hablar de ti sin que se me encogiera el corazón demasiado, ayudó que ella se mostrara cercana y atenta, que no fuera muy intrusiva con sus preguntas.

Acordarme de ti, en general, duele cada vez menos pero hoy ha sido un día de mierda, un día en el que me ha costado no desmoronarme. Me ha llamado tu madre, es ya una costumbre anual. Me ha preguntado cómo me iba todo, el trabajo, la casa, Gaia... Hemos intentado hablar de todo, incluso del tiempo, pero era imposible disimular el motivo de la llamada. Con una voz triste y entrecortada me ha preguntado si iba a hacer “algo” hoy. Le he dicho que no, que sabía que tú no creías en eso y que tras tres años tenía que intentar vivir sin ti. He notado su llanto al otro lado del auricular. Ha colgado tras pedirme perdón por molestarme, que no volvería a llamarme. Sé que miente, que el año que viene volverá a marcar mi número para sentir que hay algo que la acerca a ti, que no te has ido del todo.

Hoy hubieras cumplido veintinueve años y eso me destroza. Me duele no porque no estés conmigo, sino porque nunca sabrás lo que es tener más de veintiséis años. Porque nunca sentirás una vida en tu vientre, porque nunca viajarás a Asia como querías, ni tampoco verás morir a tu madre. Porque nunca acabarás esa novela en la que tanto trabajaste, ni llorarás si no te la hubiera aceptado la editorial. Porque nunca te arrepentirás de cortarte el pelo, de hacerte un tatuaje o te escayolarán un brazo. Porque nunca nadie volverá a darte un beso ni a hacerte el amor. Porque nadie más volverá a hacerte reír, porque nunca más volverás a abrir los ojos. Porque no querías nada de esto.

Joder, Lucía. Nadie merece ser enterrado con la piel aún tersa, sin canas y con todos los dientes intactos. No sabes todo el dolor que me causa pensar que ya no existes, que decidiste que tu futuro no valía la pena. Durante estos tres años he intentado omitir esa parte, intentando llevar el duelo lo mejor posible. Estoy todavía perdonándote, perdonándome a mí también. Por no haber prestado atención a las señales, por pensar que esa mala época pasaría, que yo era suficiente para sacarte del pozo. Estoy empezando a entender que aunque yo podría haber hecho más, la decisión fue tuya. No puedo evitar enfadarme contigo por todo el dolor que nos has dejado pero poco a poco va disipándose porque como te decía, es ahora cuando empiezo a entenderte. No querías seguir con tu vida y aunque me queme la rabia, lo respeto. O al menos lo intento.

De la misma manera, tengo que respetarme a mí también. Y aunque te haya querido como no he querido a nadie en la vida, no puedo seguir así, esperando a que vuelvas, rechazando a otras mujeres porque siento que te engaño, guardando todavía tu ropa en el armario. Por eso, Lucía, es la última vez que hablaré contigo. No es que te vaya a olvidar, siempre vas a estar en mi vida. Pero, mi amor, tienes que empezar a formar parte de mi pasado, de mis recuerdos y aunque me cueste, tengo que seguir sin ti. Tú decidiste ponerle fin a todo y no te culpo. Por favor, no me culpes por querer tener un futuro.

Te quiero, mi vida.

Siempre tuyo,

                              M.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Sueños lúcidos

Mis sueños están llenos de colores. También de olores, sabores y sensaciones. En ellos puedo notar el frío, los abrazos o un beso. En ocasiones soy dueña de mi destino, controlo mis acciones como si fuera un videojuego. Mis expediciones oníricas abarcan diferentes escenarios pero últimamente sueño con el futuro. 

Soy la jefa de una modesta librería. Allí vive mi (futuro) gato Lucifer. Es de pelaje largo y negro, ojos grandes y amarillos. Lucifer vigila la puerta, nadie sale o entra sin que él se entere. Es un gato curioso pero poco amistoso, solo se deja tocar por mi (futuro) marido, mi (futuro) hijo y por mí. Aunque solo cuando él quiere, no le gustan los mimos en exceso.

Atiendo en la caja, llevo el pelo recogido porque cuando estoy ocupada me molesta que caiga sobre mi cara. Mi marido aparece por la puerta y Lucifer se cruza con elegancia entre sus piernas, restriega su cabecita para darle la bienvenida. Mi hijo aparece detrás, arrastrando su mochilita de carro azul y amarilla. Viene poniendo morritos, se ha enfadado con papá. Se acerca mirando de reojo a mi marido y se abraza a mis piernas, hundiendo la cabeza en ellas. Paso una mano por su pelo. Es rubio, no sé a quién ha salido aunque mi abuela siempre me contaba que mi abuelo tenía el pelo lleno de tirabuzones dorados. Su papá lo coge en brazos y él reniega, quiere bajarse y estar con su mamá. Hace como si le mordiera los mofletes y él se revuelve, le pone sus manitas en la boca para apartarlo mientras grita “Párate, papá. Déjame. No, no, no. Paraaaa, jolín.” Su padre deja de morderle y lo lleva a la esquina de la librería, sentándole en una silla pequeña de plástico. Vuelve a por su mochila y saca los cuadernos del colegio. Se sienta a su lado en otra sillita de plástico. Conforme le va ayudando a hacer los deberes, su cara de enfado desaparece. Tranquilamente va dibujando sus aes y sus oes, aprendiendo la forma de diferentes letras.

Cada vez oscurece más pronto y eso se nota en la clientela, solo hay un señor mayor cotilleando varias contraportadas ante la atenta mirada de Lucifer. Mientras él se decide yo me acerco a la mesita donde están mi marido y mi hijo, le doy un beso en la coronilla al primero.