Mostrando entradas con la etiqueta Locura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Locura. Mostrar todas las entradas

domingo, 4 de diciembre de 2016

Las voces

Las dos voces aparecieron mientras veía el telediario, tan agudas al principio que pensó que era un simple pitido localizado a ambos lados de la cabeza.
La voz de la sien derecha fue la primera en articular algo entendible. Fue durante el repaso de la cartelera, cuando anunciaban las películas que estrenaban aquella semana.
Concha, paralizada por el miedo, escuchaba sin saber qué hacer.  La voz iba comentando cada película, aportando datos sobre el director de cada film, repasando las críticas que diferentes medios habían realizado y, finalmente, exponiendo qué era lo que esperaba de cada una de ellas.
Concha no entendía por qué aquella voz había aparecido en lo más hondo de su cerebro, pero lo que más le inquietaba era el porqué le hablaba de cine. 
Y se lo preguntó.
— Porque eres una ignorante. No entiendes nada de cine y deberías empezar a interesarte por él.
La voz comenzó a enumerarle los grandes clásicos del cine y recalcó la necesidad de conocerlos. Desde la horripilante ‘La parada de los monstruos’ hasta la dulce obra de ‘El apartamento’.
Aquella voz era una experta sobre el cine de primera mitad de siglo.
Entonces, la segunda voz apareció.
— El cine de los 50 está desfasado. Las mejores producciones son las de finales de siglo — contestó notablemente enfadada.
Las voces comenzaron a discutir entre ellas sobre qué periodo, película o director era el mejor.
— Casablanca — exclamó la voz de la sien derecha.
— ¡Sobrevaloradísima! —gritó la de la sien izquierda—. Es la trilogía de El Padrino, sin duda.
Concha seguía escuchando la batalla que estaba teniendo lugar en su cabeza sin ser ella partícipe.
— Que opine ella —sugirió la voz izquierda.
Concha abrió la boca temerosa y musitó que no las había visto.
Las voces empezaron a reprenderla al unísono, como si fuera un delito no conocerlas.
Las voces continuaron discutiendo toda la noche y parte del día siguiente. Concha ya se había acostumbrado a ellas y no les hacía caso, pero la continua charlatanería le empezaba a provocar un intenso dolor frontal.

Aquel martes había bajado a Valencia para realizar unas compras. Había recorrido todas las tiendas de la calle Colón y el Bulevar, estaba agotada. Se le habían hecho las nueve y media de la noche y decidió volverse a casa. Esperaba en la parada del autobús cuando una de las voces gritó:
— ¡Casablanca!
Concha dirigió la mirada a los paneles luminosos del cine de la acera de enfrente.
— No, no. Me duele la cabeza. Quiero irme a descansar.
Las voces empezaron a gritar de nuevo. ¿Cómo podía desaprovechar la oportunidad de ver Casablanca en pantalla grande? Insistieron hasta que ella aceptó. Concha accedió con la condición de que se callaran hasta el día siguiente.
Se sentó en las filas de detrás con las bolsas de la compra. Comenzó la proyección.
El silencio de las voces cinéfilas no duró más de diez minutos. Se levantó enfadada aunque le ordenaron que se quedara.
— ¡Callad! ¡Callad!
Abrió la primera puerta que encontró, se metió y cuando iba descendiendo las escaleras se dio cuenta de que se había dejado las bolsas en la butaca. Corrió hacia arriba para intentar que la puerta de emergencia no se cerrara pues no podría abrirla desde fuera.
Entonces resbaló.
Descendió toda la escalera. Cuando llegó al final, las voces habían desaparecido. Las tres.



_________________
Relato basado en esta noticia:

lunes, 6 de junio de 2016

La mirada del loco



La luz que capturan tus pupilas es la misma que capturan las mías, pero no vemos lo mismo. 
Aunque te sujete la cara y te obligue a dirigir la vista hacia el punto correcto, no notas nada; has perdido la mirada.
Te pregunto qué es lo que ves porque tus ojos son dos centinelas que me impiden el paso. El reflejo que se forma en ellos ha cambiado: las líneas, círculos y cuadrados se vuelven deformes bajo su prisma. 

Entonces, cuando tu boca se abre, las palabras se desparraman por la habitación como un huracán. Son tan afiladas que me arañan en los brazos y las mejillas y, aunque no sangre, el corte ha dejado cicatriz. Algunas han caído encima de la mesa. 
Aunque intentes recogerlas para esconderlas de nuevo, se deshacen en tus manos.
Aunque las barras, siempre quedará algún grano de arena.

No dejas entrar el Sol para que ilumine esas cuatro paredes grises donde ahora vives. Fuera hace un buen día, te lo juro, yo nunca te miento. 
Por favor, abre las ventanas, sube las persianas. Deja que la brisa levante todo el polvo y se lo lleve.
Deja que la tormenta se disperse, por favor.
Déjala salir.
Porque está empezando a llover dentro de mí.