lunes, 5 de marzo de 2018

Concierto VIP

Imagen sacada del Facebook de MondoInsonoro



Los últimos rayos de sol inciden sobre el manto de calvas que inunda el fórum, en alguna hace un destello precioso que me incita a sacar una foto Instagram y ponerle un par de hashtags #Reflections #PS #lighting #Like4Like. Entradas incipientes y coronillas llenan las escaleras, señores con pantalones tobilleros y tote-bags han pedido vacaciones para estos tres días. Algunos han dicho que tenían una boda, han simulado una gastroenteritis o una gripe incapacitante, incluso que tenían al niño enfermo –ese mismo niño que este año no ha recibido la Play Station 4 por Navidad porque los Arctic Monkeys “sonaban” y como buen forero, ha comprado la entrada porsiacaso con la paga especial de enero-. 

Es mi primer Primavera Sound y me siento un poco fuera de lugar, un patito feo. ¿Por qué hay tantas chicas con purpurina en la cara y vestidas casi de gala? Miro mis zapatillas Decathlon llenas de barro y me deprimo. Pienso que deberían poner en el FAQ, junto al decálogo de conducta, un código de vestimenta. Un fotógrafo capta con su cámara de tres mil euros los streetstyle de algunos asistentes. No hace fotos a ningún feo. Ese es el gran truco de los festivales, sacar solo a chicas y chicos despampanantes pasándoselo genial en los conciertos. Las calvas y yo seguimos en el anonimato, aceptando que nunca seremos un buen gancho para el festival. 

Mi outfit también se debe a que me he chupado tres horas y media en un incomodísimo autobús ALSA para poder ver a Nick Cave. Tenía mis dudas, pero cuando gané el concurso del abono VIP, me sentí en la obligación de cumplir mi sueño millenial y ver a una de las pocas caras del punk-rock que no ha muerto (todavía) por las drogas. Pienso que ser joven y tener gustos de cuarentón es bastante caro. Desde que me he metido en esto de los festivales y malgasto mis escasos ingresos en hacerme la ruta del Bakalao indie, cuento cada mínimo gasto en horas trabajadas. El billete de ida me ha costado cinco horas trabajando como repartidora de flyers de una empresa de muebles sueca -you know what I mean-; el alojamiento en un zulo a seis paradas de metro del recinto, suponen unas cincuenta horas de fingir una sonrisa e informar sobre los nuevos cepillos eléctricos en el centro comercial de mi barrio; estos veinte centilitros de cerveza caliente que sujeto en la mano, media hora de dolores de espalda montando una torre de pañales en promoción. 

Me llega un mensaje privado por Foroexiliados. Me dice que han quedado para ver a las Hinds. No me sorprendo. No entiendo la devoción que sienten por el grupo de la Cosials. Da igual dónde toquen, siempre habrá un Exiliado entre el público en cualquiera de sus conciertos. A mí me hacen gracia, pero nada más, así que me acerco a verles. Cuando llego nadie hace ademán de saludar. Tengo que decir “Hola, soy MissMonster” para que me reconozcan, nadie conoce ni mi nombre real, y hasta ahora, mi aspecto. Entonces exclaman un “Aaaah” y se acercan a darme dos besos. Empiezo a ponerles cara a la mitad de los usuarios con los que interacciono diariamente en los distintos hilos, con los que he discutido y con los que he bromeado en más de una ocasión. Les pregunto sobre su ruta del día, planificada e impresa en cuadrículas a color por horas y escenarios. Dicen que hasta que no salga Björk estarán en un bar de la zona cenando. Me indigno un poco. 

¿En serio os vais a perder a Nick Cave?

Qué pesadita con Nick Cave, me dicen silenciosamente algunas miradas.

«Ya lo he visto en otro Primavera, en el Glastonbury y en un festival de nombre impronunciable de un país que no sé situar en el mapa.» 

«Es que este disco es para escucharlo en sala, en directo se pierden los vibratos y los graves.» 

«Prefiero ver a (introducir nombre de un grupo que está en la última línea del cartel y que no ha oído en la vida), es lo mejor de este año. De hecho, yo solo vengo a ver grupos pequeños.» 

Sonrío y digo que yo sí que voy a verlo. A él y a The War on Drugs. Oigo un resoplido de buff, mierda mainstream. Me despido y les digo que me voy ya a coger buen sitio, que aún no sé por dónde se entra a la zona preferente del VIP. Queda todavía una hora para el inicio y decido comprarme un Redbull porque estoy muerta de sueño, llevo desde las cinco y media en pie por la emoción, el cansancio comienza a hacer mella. Conforme me acerco a la barra, veo a una chica con unos tacones altísimos caerse al suelo tras resbalarse con una de las baldosas sueltas del RayBan. Me río para mis adentros y agradezco millones llevar unas zapatillas feas pero cómodas. 

Con bebida cargada, me acerco a la zona VIP. Enseño mi pulserita como si fuera un billete dorado y me dejan pasar a la parte de la gente rica e importante. Sigo sintiéndome un poco fuera de lugar. Veo a Carlitos de Cuéntame, a Jorge Cremades y demás influencers hablando entre ellos. Me pongo en una esquina y bebo a sorbos mi Redbull. Cuando me lo acabo en lo que me parece una hora miro el reloj y solamente han pasado diez minutos. Resoplo, me siento inquieta. No conozco a nadie y no sé qué hacer. Rebusco en los bolsillos y saco un par de tickets. Tal vez si bebo un poco se me quite la vergüenza y me anime a hablar con alguien. Una tras otra, noto como van desinhibiéndome, intoxicándome el hígado y llenando mi vejiga. Necesito ir al baño. 

Los baños de un festival son como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar, si el que eliges incluye una desagradable sorpresa. Como hay varios vacíos, elijo el menos sucio, el que está al final de la fila. Entro, cierro y adopto la posición de la grulla para intentar tocar lo mínimo posible. Como era de esperar, no hay papel, pero una es precavida y en su mochila siempre lleva un kit de emergencias. Preparada para irme, mochila a la espalda y vejiga vacía, intento abrir la puerta. 

Socorro.

Dios mío.

Siento que me falta el aire.

Noto que el espacio se reduce cada segundo que pasa y el calor me inunda hasta casi la asfixia. Aporreo la puerta al borde del llanto. El seguro se ha quedado atascado y no abre. Quedarme encerrada dentro de un Poly Klyn es junto a morir aplastada contra las vallas de la primera fila, uno de mis temores festivaleros. De repente me siento sucia, llena de orín y demás fluidos ajenos. La taquicardia bestial que sacude mi pecho acompaña a la batería del grupo que está tocando en este momento. Sí que es cierto que el sonido es mejor en esta zona, lo es tanto que mis gritos se ahogan entre los acordes de una guitarra eléctrica. Saco el móvil y desbloqueo la pantalla con los dedos temblorosos. Busco en la agenda el único contacto de los Exiliados que tengo. Llamo. No hay cobertura. Joder. Joder. Joder. Miro las rayitas del 4G, tampoco llega bien el internet. Vuelvo a aporrear la puerta con la esperanza de que alguna vejiga inquieta se aproxime a los baños y me oiga. El Redbull y las cinco cervezas que llevo en el cuerpo empiezan a hacer efecto sinérgico con la ansiedad descontrolada que me invade. Noto que la cabeza me da vueltas. Pienso que me siento y me relajo o me desmayaré y me abriré el cráneo contra el orinal sucio del baño. Inspiro. Espiro. Alguien me tiene que encontrar en algún momento, eso es seguro. Porque limpian los baños, ¿no? Consigo controlar la agitación respiratoria y el espacio diminuto vuelve a recuperar sus medidas reales. La música para de repente. Es mi momento. Cuando me levanto para volver a golpear la puerta, el sonido del exterior me aturde. 

El piano y sintonizador de Anthrocene me desgarra. Acaba de empezar el concierto de Nick Cave. Me lo estoy perdiendo. Después de gastarme varios cientos de euros en viaje y alojamiento, ganar un abono y ajustarme el horario de exámenes para asistir al concierto del año, acabo sentada en un puto Poly Klyn en medio del show. Mientras vuelvo a vaciar la vejiga lloro afónicamente. Nick Cave acaba la canción y se hace el silencio. No sé si son las cervezas o mi afán de buscar entre la miseria algo de luz que me digo, oye, voy a disfrutarlo. ¿Qué más puedo hacer sino? Bajo la tapa del váter, me siento y vuelvo a controlar la respiración, dejo de notar los pitidos en los oídos y me concentro en la siguiente canción, Jesus Alone

Pienso que, dentro de lo malo, la acústica del Poly Klyn está de puta madre y consigo captar bien cada palabra del barítono hasta los vibratos y los graves. Que posiblemente esté más cómoda y espaciosa que la gente del Fórum, y al menos estoy sentada. 

Pienso que, dentro de lo malo, estoy en un sitio VIP.

sábado, 6 de enero de 2018

Meditación del ahora

Para qué coño me sirve el mindfulness, me pregunto. Tengo la espalda pegada al respaldo de plástico rojo de la silla. Estiro las vértebras, noto como van haciendo crac al ponerme totalmente recta. No llego bien al suelo por lo que los pies me cuelgan a tres centímetros del piso, lo suficiente para empezar a notar incomodidad y con ello, el agobio que me acompaña 24/7.

Cierro los ojos.

Me dice mi psicóloga que me relaje y haga consciente mi respiración, que me centre donde la note más. Pongo un marcador imaginario en mi caja torácica e intento centrarme en él.

Ahora insiste en que note qué dice mi cuerpo, las sensaciones físicas que me invaden. Noto la opresión del pecho, tan constante ya que a veces se me olvida que existe. Noto la espalda contracturada de estar en tensión, ardor en la boca del estómago, dolor en los maseteros de tensarlos continuamente. Me dice que no juzgue lo que siento, que sea consciente de ello y me ponga en la posición más cómoda posible.

Sigo respirando.

Ahora habla sobre la sala en la que estamos. La biblioteca de salud mental en la que nos vemos cada jueves desde hace tres meses. Soy consciente de mis compañeros. X e Y se sientan cada uno en un lado, dejando una silla vacía entre nosotros. Pienso que es curioso que las personas que más conocen mis miserias marquen esta separación física. X tiene agorafobia. Y sufre TOC. Sé prácticamente en qué trabajan, cómo se llaman sus padres, cuándo les diagnosticaron y a qué atribuyen su ansiedad. Pero nunca nos tocamos. Dejamos desde el primer día esta separación sin cuestionarla, no invadimos el espacio de los demás.  

La imagen de la habitación cada vez se difumina más. Imágenes geométricas comienzan a dibujarse en mi cabeza. Triángulos, rombos, cuadrados. Empiezan a llover rectángulos y pentágonos. Recuerdo pintar pentágonos en clase de plástica cuando iba al instituto, trazar líneas uniendo los puntos que había dibujado con el compás. Recuerdo que en esa misma asignatura una “amiga” me tiró encima un bote de café instantáneo delante de toda la clase. Recuerdo aún las lágrimas acumulándose mientras ella se reía y me decía que era una broma. Qué hija de puta. Ahora es profesora. Es curioso que las personas que se dedicaron a acosar a otros niños acaben haciendo magisterio. ¿Con quién comenté eso? Ah sí, con mi novio. Fue una mañana en su casa mientras veíamos la televisión. ¿Fue en invierno o en verano? Creo que verano porque llevaba camiseta de manga corta. Además, ya estaba tratándome de la depresión. Joder, hace ya casi un año que estoy en tratamiento. Recuerdo una noche que lloré porque no quiso enseñarme qué llevaba en el bolsillo. Me doy vergüenza, me puse como una loca. No sé cómo me aguantó. No sé cómo me aguanta. Si me puse así ese día por una tontería si un día pasa algo serio no sé cómo reaccionaré. Porque me va a dejar. Porque no valgo nada.

La psicóloga nos recuerda que dejemos pasar los pensamientos, que no juzguemos, que no alimentemos la bola. Qué fácil es decirlo. Vuelvo a la respiración.

Inspiro.

Espiro.

Sigo notando la opresión en el pecho. Solo noto eso. Los brazos y las piernas se han derretido y mimetizado con el plástico rojo de la silla. Ya no forman parte de mi cuerpo. Solo soy ese bocado en el corazón que me mantiene despierta, rígida.

Vuelven las formas geométricas. También caras de conocidos. De nuevo los juicios atacan. Pero no les dejo. No esta vez. Todos mis pensamientos llevan adheridos una crítica que no puedo despegar. Si quiero evitar la crítica he de evitar el pensamiento. No sigo las instrucciones de la psicóloga y me esfuerzo por poner la mente en blanco. Que le follen al mindfulness.

Después de cinco minutos abro los ojos. Miro a X e Y, siguen con los párpados cerrados. X tiene los puños tensos sobre el regazo.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Carta de despedida

No sé qué decirte, Lucía. No lo sé. He tenido mil conversaciones contigo en mi cabeza a lo largo de estos tres años pero ahora que intento poner por escrito todo lo que quiero decirte no sé por dónde empezar. Me siento muy imbécil y ridículo escribiendo esto, como si esperara que me leyeras en algún momento. Tecleo sin saber muy bien qué poner, teniendo la seguridad de que cuando suelte toda esta bilis acabaré borrándolo todo y olvidando esta tarde, haciendo ver que nunca he tenido la tonta necesidad de sentarme frente al ordenador y llorar como un niño mientras te escribo.

Gaia, tu gata, sigue conmigo. Está ya viejecita y se pasa el día durmiendo, sobre todo ahora que se acerca el invierno. A veces creo que te busca, se sube al sillón en el que solías sentarte a leer y se pone a maullar mirando a la nada. Los dos te echamos de menos pero nos hemos hecho a la idea de que no volverás. Nos lamemos las heridas mutuamente.

Aunque por casa todo sigue tal cual lo dejaste, las cosas fuera han cambiado muchísimo. El barrio se está vaciando cada vez más, la gente está huyendo a zonas más céntricas. Yo tal vez lo haga ahora que me han ascendido. Por fin tengo un despacho propio, sabes. Después de tanto tiempo cobrando como si fuera un becario y compartiendo mesa con otro compañero al fin me han dado el cargo que merecía. No es que cobre muchísimo más pero al menos es un sueldo digno y me permite un apartamento menos alejado del trabajo. Me dará mucha lástima dejar este piso después de estar aquí casi siete años. Por cierto, el vecino del primero, aquel chico que iba en silla de ruedas, se ha casado. Han sido padres hace unas pocas semanas. Se ve que era una niña que esperaban con mucha ilusión y están que se mueren con ella, incluso le han comprado un carro especial para que él pueda empujarlo. Tu amiga Irene también ha sido mamá, me la encontré la semana pasada llevando un cochecito gemelar. Después de tanto tiempo me costó reconocerla, está muy cambiada. Nos paramos unos minutos a charlar. Pude hablar de ti sin que se me encogiera el corazón demasiado, ayudó que ella se mostrara cercana y atenta, que no fuera muy intrusiva con sus preguntas.

Acordarme de ti, en general, duele cada vez menos pero hoy ha sido un día de mierda, un día en el que me ha costado no desmoronarme. Me ha llamado tu madre, es ya una costumbre anual. Me ha preguntado cómo me iba todo, el trabajo, la casa, Gaia... Hemos intentado hablar de todo, incluso del tiempo, pero era imposible disimular el motivo de la llamada. Con una voz triste y entrecortada me ha preguntado si iba a hacer “algo” hoy. Le he dicho que no, que sabía que tú no creías en eso y que tras tres años tenía que intentar vivir sin ti. He notado su llanto al otro lado del auricular. Ha colgado tras pedirme perdón por molestarme, que no volvería a llamarme. Sé que miente, que el año que viene volverá a marcar mi número para sentir que hay algo que la acerca a ti, que no te has ido del todo.

Hoy hubieras cumplido veintinueve años y eso me destroza. Me duele no porque no estés conmigo, sino porque nunca sabrás lo que es tener más de veintiséis años. Porque nunca sentirás una vida en tu vientre, porque nunca viajarás a Asia como querías, ni tampoco verás morir a tu madre. Porque nunca acabarás esa novela en la que tanto trabajaste, ni llorarás si no te la hubiera aceptado la editorial. Porque nunca te arrepentirás de cortarte el pelo, de hacerte un tatuaje o te escayolarán un brazo. Porque nunca nadie volverá a darte un beso ni a hacerte el amor. Porque nadie más volverá a hacerte reír, porque nunca más volverás a abrir los ojos. Porque no querías nada de esto.

Joder, Lucía. Nadie merece ser enterrado con la piel aún tersa, sin canas y con todos los dientes intactos. No sabes todo el dolor que me causa pensar que ya no existes, que decidiste que tu futuro no valía la pena. Durante estos tres años he intentado omitir esa parte, intentando llevar el duelo lo mejor posible. Estoy todavía perdonándote, perdonándome a mí también. Por no haber prestado atención a las señales, por pensar que esa mala época pasaría, que yo era suficiente para sacarte del pozo. Estoy empezando a entender que aunque yo podría haber hecho más, la decisión fue tuya. No puedo evitar enfadarme contigo por todo el dolor que nos has dejado pero poco a poco va disipándose porque como te decía, es ahora cuando empiezo a entenderte. No querías seguir con tu vida y aunque me queme la rabia, lo respeto. O al menos lo intento.

De la misma manera, tengo que respetarme a mí también. Y aunque te haya querido como no he querido a nadie en la vida, no puedo seguir así, esperando a que vuelvas, rechazando a otras mujeres porque siento que te engaño, guardando todavía tu ropa en el armario. Por eso, Lucía, es la última vez que hablaré contigo. No es que te vaya a olvidar, siempre vas a estar en mi vida. Pero, mi amor, tienes que empezar a formar parte de mi pasado, de mis recuerdos y aunque me cueste, tengo que seguir sin ti. Tú decidiste ponerle fin a todo y no te culpo. Por favor, no me culpes por querer tener un futuro.

Te quiero, mi vida.

Siempre tuyo,

                              M.