domingo, 18 de junio de 2017

El río

La ciudad está dividida por un río, una frontera natural que separa dos mundos totalmente distintos. Solo nos une un puente que nadie suele cruzar.

En este lado del río nos infestan las ratas, que son tan grandes como gatos. Por la noche, en las calles poco iluminadas, puedes ver miles de puntos rojos entre los arbustos. Oyes cómo las ramas crujen bajo su peso, cómo se pelean entre ellas, cómo emiten chillidos agudos que te erizan el vello. 
Los círculos de roedores son algo común, el pan de cada día. Cada mañana encuentras algún cadáver en la acera, medio devorado por sus compañeras, que clavan sus hocicos sangrientos en las tripas del animal y tiran de ellas para llevarse el mejor trozo. Escarban y desgarran con sus patas hasta que borran cualquier rastro de vida anterior y, en los adoquines, quedan jirones de piel y una mancha oscura y viscosa.
Los niños exhiben los mordiscos de las ratas con honor; tatuajes que han costado noches de fiebre y congestión y ahora son expuestos en sus pieles curtidas por el sol. 

En este lado del río somos recolectores de basura. Pasamos los días entre plástico, chatarra y demás desperdicios que los de la otra orilla lanzan. Somos el vertedero del lado bueno de la ciudad. Somos la mierda que sus blancos y pulcros váteres tragan. Aquí acaba todo lo que no tiene cabida en sus ostentosas vidas. 
Levantan la barbilla cuando hablan de sus colegios bilingües, de sus clases de piano, de los partidos de pádel. Nos llaman ineptos, analfabetos. Pero no lo somos. ¿De qué nos sirve aquí saber integrar, contar en francés o conocer las capitales de Europa? No saberlo no nos hace idiotas. Pregúntale a cualquier chiquillo a qué temperatura se funde el cobre y te lo dirá, pídele a cualquier mujer que te cambie el motor del coche y tardará menos de cinco minutos, consulta a cualquier abuelo remedios para las quemaduras y en dos días las ampollas habrán desaparecido. El hambre es el mejor maestro.

jueves, 1 de junio de 2017

Sobre leer a más mujeres

Quien más, quien menos tiene una pequeña biblioteca en su casa. Sea humilde u ocupe las cuatro paredes de una habitación, estoy segura de que todas comparten una misma característica: la mayoría de los libros están escritos por hombres.

Pongo mi ejemplo.

En mi habitación tendré unos 100 libros y de ellos, aproximadamente, solo el 20% está escrito por mujeres. Estos libros no son heredados, quiero decir que conscientemente he ido a la librería y los he escogido uno a uno. Y me pregunto ahora, ¿por qué escogí en su mayoría autores masculinos?
Si soy sincera, no lo sé. Simplemente ocurrió, compré y leí lo que me iba apeteciendo hasta que un día me di cuenta de que apenas había leído mujeres.

Habrá quien piense que el valor literario no tiene nada que ver con el género, que cada uno lee lo que le place, que de la misma manera que leemos pocas mujeres tal vez leamos pocos autores camboyanos, nigerianos o iranís. Estoy de acuerdo. Pero eso no resuelve mi duda. Me pregunto qué nos hace escoger entre un extenso catálogo de títulos los escritos por hombres. ¿Tienen un estilo diferente? ¿Los temas que tratan son más interesantes? ¿Hay menos cantidad de mujeres escritoras? ¿Es cuestión de publicidad?
Es algo que me gustaría descubrir y sobre lo que escribiré a final de año.

Lo que sí que tengo claro es que esto va a cambiar. He empezado a leer autoras, a interesarme por ellas. Este año, de los cinco libros que he leído, estos han sido escritos por mujeres.






Aún no tengo una idea formal sobre la literatura femenina, me queda mucho que investigar pero aun así me gustaría decir que, a diferencia de la literatura escrita por hombres, la mayoría de los personajes en estos libros son mujeres. Puede parecer algo trivial pero creo importante leer qué tienen que decir las mujeres sobre las de su mismo género.
Yo, acostumbrada a leer lo que los hombres opinan de nosotras, veo que me interesa mucho más la perspectiva femenina. Compartimos experiencias, vivencias, monstruos, etc. No caen en los mismos tópicos de inteligente-fea-amable, guapa-tonta-malvada, poderosa-egoísta-rica, etc. He encontrado un abanico de personalidades con las que me he podido identificar más o menos, pero que al fin y al cabo me han resultado creíbles y reales. Cada una con intereses diferentes, nunca cortadas por el mismo patrón, que más allá de ser mujeres eran personas con inquietudes.


Quiero seguir reflexionando sobre este tema, así que he hecho una lista sobre libros que me han parecido interesantes (y todavía no he leído) por si alguien busca más escritoras y no sabe por dónde empezar:

  • The power - Naomi Alderman
  • La guerra no tiene rostro de mujer - Svetlana Aleksiévich
  • Partir - Lucía Baskaran
  • Manual para mujeres de la limpieza - Lucia Berlin
  • Solterona: La construcción de una vida propia - Kate Bolick
  • La condición animal - Valeria Correa Fiz
  • Días sin hambre - Delphine De Vigan
  • Teoria King Kong - Virginie Despentes
  • Vernon Subutex - Virginie Despentes
  • Strangeland - Tracy Emin
  • 84, Charing Cross Road - Helene Hanff
  • La débil mental - Ariana Harwicz
  • Lo contrario de la soledad - Marina Keegan
  • Sé donde estás - Claire Kendal
  • La analfabeta - Agota Kristof
  • Demasiada felicidad - Alice Munro
  • El vino de la soledad - Irène Nemirovsky
  • Todos deberíamos ser feministas - Chimamanda Ngozie Adichie
  • Ni de Eva ni de Adán - Amélie Nothomb
  • Metafísica de los tubos - Amélie Nothomb
  • Biografía del hambre - Amélie Nothomb
  • Estupor y temblores - Amélie Nothomb
  • Cuentos completos - Flannery O’connor 
  • El embarazo de mi hermana - Yoko Ogawa
  • El museo del silencio - Yoko Ogawa
  • El papel pintado de amarillo - Charlotte Perkins
  • La campana de cristal - Sylvia Plath
  • Arte - Yasmina Reza
  • En el trineo de Schopenhauer - Yasmina Reza
  • Tú no eres como otras madres - Angelika Schrobsdorff
  • Poemas de amor - Anne Sexton
  • El mundo después del cumpleaños - Lionel Shriver
  • Los Mandible - Lionel Shriver
  • Éramos unos niños - Patti Smith
  • Los hombres me explican cosas - Rebecca Solnit
  • Mi vida en la carretera - Gloria Steinem
  • Nada - Janne Teller
  • Kitchen - Banana Yoshimoto
  • Sueño Profundo - Banana Yoshimoto



He leído en varios blogs, twitter y demás sobre iniciativas de este estilo.
Dejo algunos enlaces de interés:




viernes, 12 de mayo de 2017

Calma

La gente no llega a entender qué es estar enfermo. Se hace una idea, ligera, superficial, de lo que es cargar diariamente con ello. Funcionar a base de pastillas, técnicas de relajación, contención y, sobre todo, poner la mente en blanco para no romperse. La depresión no es pasarse el día llorando ni la ansiedad es estar nervioso por un examen. Es más complicado.
Las personas nos apropiamos de las palabras y distorsionamos su significado, quitándole sentido, devaluando así todo lo que sale por nuestra boca. No hablo en nombre de un colectivo, hablo por mí, aunque a veces me cueste tanto. Escribo esto porque estoy harta. Harta de que me juzguen, de que me describan con el vocabulario que ellos creen correcto. Siento la culpa cruzando mis arterias. Me dicen, silenciosamente, que yo he elegido estar así, que es algo que puedo controlar, como si volver a funcionar bien fuera tan fácil como reiniciar un ordenador que se ha quedado pillado.
En el fondo sé que no lo hacen con mala intención, pero me cansa. Me cansan sus voces y me cansa la mía, que también me repite que soy yo la autora de todo.
Soy lo que siento, pero sobre todo, soy cómo siento. Y estoy agotada de tener que justificarme por ello, de pedir perdón repetidamente por no funcionar como el resto. Estoy agotada de la filosofía Mister Wonderful donde todo se consigue si se quiere, que las emociones se dividen en buenas y malas y no estar feliz constantemente es un delito.
Siento no estar brincando de alegría. Siento quejarme. Siento estar descontenta, triste, desilusionada, apática.
Siento tener este problema y tener que explicar a todo el mundo el porqué de ello. Pues no lo sé. Solo sé que forma parte de mí, de mi día a día, de mi manera de ver el mundo. Quien no lo ha sufrido no sabe de qué hablo, de cómo me he llegado a sentir, cómo he notado que me iba hundiendo sin saber la razón. Lo llega a ocupar todo, hasta se apodera de tu autonomía y empiezas a vivir por inercia. Tu existencia comienza a pesar. Insomnio, náuseas, vómitos, disnea, palpitaciones, temblores, artralgia, cefalea… Un abanico de síntomas físicos que te acaban de joder, que te encierran más.
Y aguantas hasta que sientes que la piedra que te hunde el pecho es demasiado pesada, que ya no puedes respirar por ti misma.
Yo no pido que carguen con ella, ni que me salven. Solo deseo que me entiendan. El problema es que nadie quiere escuchar. Solo suponen, piensan, creen. Nadie pregunta, por tanto, no existen respuestas.