jueves, 21 de mayo de 2020

Lo que escribí



El reloj de cuco de las vecinas va con dos minutos de retraso marcando la una de la madrugada. Llueve con fuerza tras las persianas bajadas. A mi espalda oigo el balcón encharcarse porque los canalones estén obstruidos de hojas secas, arena y alguna colilla. Resulta que viene una ola de frío polar durante esta semana y volverán a bajar las temperaturas, a llover desenfrenadamente hasta nuevo aviso. El cese de producción en China, Italia y ahora España, junto al claro descenso de movilizaciones y con ello la reducción de emisiones de gases derivados de combustiones que realmente no entiendo pero que sé que se quedan suspendidos entre capas de nubes, ennegreciendo el cielo, ha contribuido a que vuelva a llover de una forma más desenfadada sin esos tres días continuos de gota fría que provocaba que los alcantarillados colapsaran y el agua saliera a borbotones como un géiser. Los animales parece que también vuelven a ocupar zonas urbanas. Me llegan sus imágenes vía Whatsapp: pandillas de monos acosan a las pocas personas que quedan en las calles de Tailandia para que les lancen cualquier cosa comestible, jabalíes descienden de la montaña para rebuscar en las bolsas de basura, gaviotas graznan en los tejados a más de cinco o seis kilómetros de la costa. 

Sigue pareciendo todo un poco distópico, esta supuesta lucha en la que nos hacen creer que tenemos un papel. Recluirme en casa no me supone tampoco un esfuerzo terrible siendo sincera. Realmente lo que me agobia son los plazos más que el acto en sí, el tiempo de espera que precede a cualquier conflicto y como en este caso, el tiempo es indeterminado, no hay plazos.

Los gatos también están muy pesados por las noches. El pelirrojo brama, que no maúlla, cada vez que decido pasarme a la habitación de al lado para no molestar. Comienzan a correr, atacándose y saltando por todo mueble en esta casa. Les chisto y enseguida callan, parece que es un sonido universal. De normal, si me mantengo en la cama no suelen pelearse de esta manera, se quedan bajo la colcha o encima de ella, en peso muerto, ocupando justo el espacio donde yo debería estirar las piernas. Al principio esquivaba esos huecos, retorciéndome al buscar una postura que no los molestara. Ahora estiro ambas piernas delimitando mi territorio, marcando las normas que deben respetar si quieren dormir aquí. No me hacen caso porque son gatos y es menos frustrante y productivo amoldarte a sus manías que intentar reeducarlos. Así pues la distribución de muebles y decoración cumplen no solo el cometido de belleza y armonía, sino el requisito de no ser accesibles a las pezuñas traviesas de mis gatos kinkis.

Me hago una pelota bajo la manta y hago click en últimas noticias sobre la COVID-19. Fantaseo sobre un periodo post-cuarentena y sé que mentiremos, que haremos de esto una falacia conjunta. Narraremos de una forma naive, casi vainilla, que veinte mil personas murieron en el silencio de habitaciones aisladas mientras nosotros fuimos héroes de forma pasiva. Queremos ser protagonistas de cualquier tragedia, buscar ese punto de inflexión. Me da pánico aceptar que mi transcendencia equivaldrá a la nada, a una tumba en una de esas columnas que recuerdan a celdillas de Excel y que acabarán vaciando dentro de unos 50 años si nadie paga una prórroga.

martes, 17 de marzo de 2020

Poesía de cuarentena



Las manos como recurso poético, las manos como algo prohibido. 
Lávalas hasta la sangre, no te las lleves a la boca, al coño, al pecho. 
Las manos en marcha mientras encharcamos.
Acercándose, alejándose, rompiendo el silencio, fundiéndose.
Las manos en rezo. Las manos-arma. Las manos enguantadas.
Las manos para conectar, saludar a las manos que aparecen en pantalla.
Las manos en la calle temblorosas, inquietas frente a la mesa.
Animales que reclaman manos, cuerpos que buscan su tacto.

Entrelazar los dedos como acto subversivo, apocalíptico.



martes, 10 de marzo de 2020

Certeza del colapso

Cojo el título de este poemario de Bibiana Collado y lo hago mío. Todavía no lo he leído pero el nombre describe a la perfección la angustia residente en mi tórax. Es ese vértigo sentido en el asiento de un coche a toda velocidad que no reduce en un cambio de rasante, esos pocos centímetros que las ruedas despegan del suelo y quedas a merced de la fuerza de aceleración que te permite avanzar hacia adelante, esperando el impacto y su correspondiente salto contra el arcén.

Esperar el colapso mental es una sensación terrible porque el cuerpo se prepara para ello, el maldito cabrón te mantiene en taquicardia un viernes a las dos de la madrugada y en uno de los cientos de despertares nocturnos en los que aprovechas para visitar el baño te preguntas ¿es este mi cuerpo? ¿esta soy yo? ¿por qué noto mi vivencia como si no formara parte de ella? La despersonalización es un término dificultoso de explicar si nunca lo has sentido, es algo que vives o no vives, no definible. Ante ese cajón de-sastre de síntomas y signos que vas enlazando mientras juegas ininterrumpidamente a juegos online en solitario para mantenerte totalmente abstraída hasta que la medicación de rescate hace su efecto, reconoces estos pródromos, posiblemente olvidados, porque la falsa sensación de estabilización de una medicación crónica te hace no dar demasiada importancia al hecho de que por ahora no puedes no colapsar sin ese plus molecular exógeno. Ante estas mini certezas de posible hecatombe siempre señalo hacia mí misma, a mi nula capacidad de adaptarme a este juego de falsas cortesías y espiral capitalista donde solo se espera de ti que produzcas sin hacer mucho ruido, en este aséptico entorno que supone la asistencia sanitaria en algunos ambientes: ser una persona altamente sensible —uno de los pocos títulos oficiales que por ahora tengo— significa eliminar el romanticismo y la esperanza por el ser humano, ser tachada de floja e infantil cuando atorada por una rapidez exigida por el consenso de unos pocos tiendes a agrietarte, a temblar la voz cuando una figura de autoridad se muestra claramente desagradable contigo. Pero venga, va, que es para hoy, apremian mientras el sofoco sube desde los dedos de los pies hasta mejillas y en un hilo de voz me disculpo por ser así, ansiosa de nacimiento. Continuamente disculpándome por no poder seguir este ritmo sin caer exhausta nada más cruzar el portón y querer dormir durante el resto del día.

La certeza del colapso se siente en las manos hormigueantes, en un vientre parlanchín que solo hace brrrr mientas el nudo te estruja desde el esófago, en una cabeza con el CPU desbordado y con los ventiladores claramente funcionando a toda leche. Lucho contra la fuerza más grande del universo: la entropía; aquella que me empuja a dejarme llevar, a la autodestrucción tan placentera que supondría meterme en la cama después de tragarme un blíster de ansiolíticos y dormir 48 horas, no comer en días, emborracharme hasta casi el coma, quedarme con este moño deshecho y mi pijama lleno de lamparones y sobaqueras porque total, ¿para qué?

La certeza del colapso es la hipomanía asociada a las mini-recuperaciones de esos estados hiperansioso, a la desinhibición tras una media pinta de cerveza, al leerme en los criterios diagnósticos de una bipolaridad y cagarme en esos genes cabrones que parecen haber sido la única herencia que recibiré en vida.

La certeza del colapso es estar segura de que tu cerebro cada vez se rompe más rapido y que tras el primer impacto hay un defecto de por vida que aniquila a tu yo anterior y queda un frágil ser que evita estresores por puro terror a resbalar de nuevo en esa escalera, quedándome siempre a las puertas.

La certeza del colapso aparece cuando todo el mundo duerme y te sientes totalmente sola ante un insomnio crónico en el que nunca encontrarás compañero. Lees en redes sociales comentarios de gente desgraciada como tú porque la gente feliz no está un viernes de madrugada haciendo scrolling en Twitter e Instagram. Juegas interminables partidas al Solitario queriendo tumbar un antiguo récord que justamente conseguiste en otro periodo parecido mientras notas como manos y mente ya no coordinan: maravilloso efecto de ansiolíticos de efecto rápido.

Certeza del colapso es escribir antes de que la amnesia anterógrada típica de estos fármacos haga tabla rasa y nunca acabes este texto; tal vez ni lo empieces. Le des a guardar y mañana, tras pasar la somnolencia diurna, decidas releer y decirte madre mía, qué mal me encontraba pero al final hoy estoy aquí y no es para tanto.

miércoles, 5 de febrero de 2020

Sobrevivir a la psicosis

Las crisis de bostezos son efectos secundarios de algunos antidepresivos. En el autobús de vuelta a casa me ha entrado una que ha durado casi media hora. Es algo incómodo, incontrolable y en algunas ocasiones no puedo evitar que incluso un poco de baba se me resbale por la comisura de los labios. A veces los pródromos de un episodio de ansiedad comienzan así. Hoy ha sido un día bastante emocional para mí; lo está siendo durante estas semanas que estoy acudiendo como estudiante en prácticas a la unidad de salud mental de mi centro de salud. He tenido la suerte —y la desgracia— de caer en este lugar en vez de consultas de urgencia o corta estancia. Suerte porque mi tutora asignada es una psiquiatra fenomenal, empática, docente, accesible y comprensiva con la que he sentido esa sensación de compartir la misma visión de lo que una como médica puede aportar en el cuidado del paciente de salud mental. Desgracia porque la unidad de primeros episodios psicóticos me provoca algo de malestar que acabo arrastrando silenciosamente, escondido bajo la rigidez mantenida de los músculos de la mandíbula y  exteriorizándose a media tarde con dolores inespecíficos de abdomen, inapetencia, taquicardia e imposibilidad de conciliar el sueño si no es a base de un chutazo de benzodiacepinas. Este malestar no es para nada causado por los y las pacientes, que por ahora han sido casi todos encantadores y muy dispuestos a contestar mis torpes preguntas de médico en prácticas. He sentido esa ternura y preocupación, a veces lástima, por las personas que luchan casi desde la sombra por recuperarse de su primer episodio psicótico. El problema es que, al igual que propone la Teoría del Soplo, mi interés por el mundo de la psiquiatría viene por ese “soplo” que es mi madre.

Esta noche llevo ya dos pastillas de Alprazolam, esperando el dichoso efecto de tranquilidad química mientras escribo frenéticamente antes de que esto caiga en el olvido porque, a diferencia de los antidepresivos, los bostezos aquí no van por crisis sino que la dichosa reacción secundaria es una leve amnesia y descoordinación mental y física. Mientras estaba en todas las posiciones de decúbito posible, imaginaba metáforas que escribir en un futuro poema que posiblemente nunca materializaría. Quería, necesitaba, cerrar con dos llaves todos los recuerdos infantiles sobre los episodios psicóticos de mi madre y su torpe recuperación posterior, con una conciencia de enfermedad nula por lo que, a grandes rasgos, el funcionamiento tras las temidas crisis fue tórpido. Afirmo una y otra vez que el sufrimiento que guardo tras esas compuertas que me dan pánico abrir no fueron causadas intencionadamente por mi madre, que en aquel entonces era todo enfermedad y no quedaba ni un ápice de ella. No puedo culparla pese a que durante muchos años fue mi manera de concentrarlo todo en algo y alguien y querer quemarla en la hoguera, esperando que el sufrimiento se transformara también en cenizas. Hay alguna fuga de vez en cuando entre las compuertas de esta presa, escapes de imágenes tontas que aparecen obsesivamente en mi mente en momentos concretos y es difícil achicarlos de esta torpe cabeza: ser la única en no celebrar nunca un cumpleaños infantil y por tanto, jamás tener una fiesta para mí; el secuestro por parte de mi madre durante unas dos semanas de mi hermano y de mí cuando teníamos apenas 9 y 7 años y pasamos todo ese tiempo dormitando en hoteles, el coche y algunos lugares públicos de diferentes puntos de España; castigos físicos; visualizar intentos autolíticos; ser receptora de algún delirio e incluso arrastrar, creo yo, ese pensamiento obsesivo del que tengo una clara crítica de realidad pero del que no puedo deshacerme.

Sobrevivir a la psicosis propia, por lo que he experimentado como simple voyeur de este programa, es una tarea ardua y costosa de la que puede que no se llegue jamás al estado basal anterior. Cuando existe clínica positiva y negativa psicótica es que el daño cerebral ya esta presente y eso pasa factura en la recuperación más pronta: estupor, embotación, desconexión, escaso control del cuerpo, problemas de concentración, rememoración y una capacidad de discurso bastante empobrecida. 

Lo esperanzador viene cada martes de la semana siguiente, donde el o la paciente comienza a mostrar los primeros signos de conexión emocional: una ligera sonrisa ante un comentario jocoso sobre cualquier tontería y la leve recuperación de temblores residuales y la catatonia. El nexo comienza a establecerse, él o ella confía en mí, en cómo siendo clara y comprensiva vas manejando pautas de medicación para quitar efectos que pueden parecer una tontería a priori pero merman la calidad de vida: no poder dormir del tirón, la rigidez muscular, somnolencia diurna, dificultad para excitarse o eyacular, aumento de acné, pérdida de cabello, aumento de peso... Me fastidia cuando algún psiquiatra no toma en cuenta estas preocupaciones de la paciente que ha perdido el total control de su yo y que posiblemente, cualquier pequeñez física de la que le gustaría mantener bajo su mando al menos, se tachan de tonterías y no se les propone un cambio de pauta. María, mi tutora, siempre escucha y media con los pacientes para solucionar aquella cosa que los preocupa pese a lo pequeño que pueda ser el problema. Supongo que entiende que es importante para la autoestima del paciente solucionar estos baches que aparecen durante los casi dos años de este proceso de prevención de recaídas. 

María también trata con las familias, atiende sus dudas e intenta mediar los conflictos que aparecen muchas veces cuando el «yo» reaparece y choca con el resto de parientes. Mi madre desde que la recuerdo como tal siempre ha presentado esa dualidad: mi madre “sana” y mi madre loca. En ese sentido he acabado asimilando que he sido criada por la psicosis intermitente de mi madre y todo lo que aquello conlleva, el nunca acabar de estar segura de si estaba protegida y qué me depararía mañana, si podría dormir sin tener que atrancar la puerta de mi cuarto para que la psicosis de mi madre no entrara por las noches a acusarme de querer conspirar contra ella o por otro lado, despertarme a las 4 de la mañana tras notar bajo el quicio de la puerta como la luz del pasillo seguía encendida y estaba ella allí, tirada en el suelo bajo los efectos de los antipsicóticos. Pese a que pueda interpretarse esto como un reproche no lo es para nada, tampoco es un relato lastimero para justificar cómo el último abrupto me acabó rompiendo al verme sola, sin acompañamiento familiar y bajo el chantaje de ratas con las que comparto algún apellido que solo aparecieron a destripar todavía más la bolsa de basura en la que yo me había convertido.

Mi Teoría del Soplo es esta: sobrevivir a la psicosis de mi madre me ha costado y tiene su pequeño interés emocional que debo pagar continuamente: cerrar a cal y canto esa cascada que golpea en el pecho y que sé que en algún momento debería dejar fluir. Este soplo ha hecho que tenga unos valores y virtudes que me hacen enorgullecerme: resiliencia, empatía, deseo de cuidar, dar amor, educación, cierto idealismo y luchar por lo que considero justo.

viernes, 31 de enero de 2020

Diario de viaje. Budapest: Visita al Memento Park


Fotografía obtenida de la web mediopenique.com


Lleva lloviendo desde anoche, parando unos minutos pero no lo suficiente para que los charcos sean reabsorbidos por el alcantarillado. El autobús se ha metido por la carretera nacional. Apoyada en el vidrio empañado observo el paisaje, pasando del centro de Budapest a las casas de las afueras hasta llegar a un polígono. Nos apeamos del autobús en un borde de la carretera. El conductor arranca tan rápido que apenas habíamos dejado el segundo pie en tierra. Google Maps marca que estamos a dos minutos de nuestro destino.

Tenemos que cruzar al otro lado de la carretera. Los coches pasan veloces, la sensación de rapidez y caos se multiplica por la lluvia. Hay un paso de zebra junto a un semáforo. Aprieto el botón para que cambie de color. La luz del semáforo de los vehículos se torna roja pero hacen caso omiso; dos coches incluso aceleran al pasar junto a nosotros.

Llegamos a un muro de ladrillo rojo. Buscamos la entrada, localizándose en una cabina oscura que se ilumina por un sensor de movimiento. Una radio vieja se enciende automáticamente y suena música soviética, supongo que el himno de la URSS. Una señora pequeñita y vieja con cara aburrida, puede que hasta enfadada, aparece al otro lado del cristal de la cabina. Souvenirs del ejército rojo quedan perfectamente iluminados gracias a unos leds: pins, chapas, imanes, sobres e incluso pasaportes comunistas. Compramos dos entradas por un precio demasiado elevado para lo que ofrece: una vuelta a un parque de poca extensión sin audioguía ni explicaciones. Es la nada o un libro en húngaro sobre el Memento Park por mil quinientos florines.

No hay ningún tipo de control. A mano derecha un típico coche comunista con la puerta totalmente abierta y la tapicería empapada. Una cabina de teléfono con los mandos arrancados. Entramos al parque y la mayoría de las esculturas están rompiéndose por el escaso cuidado, ni tan siquiera hay cartelería decente. Algunas llevan un número pintado con rotulador, otras un papel plastificado; las más afortunadas un cartel metálico cuyas letras están en proceso de borrado. Hay otras que existen sin nombre. No hay explicación de ningún tipo bajo las estatuas soviéticas retiradas de la ciudad de Budapest a este parque ubicado a una hora del centro. El Memento Park es un lugar terriblemente descuidado como todo monumento de origen soviético que podemos encontrar en cualquier lugar de Europa. Tiene ese aire gris y ruinoso que envuelve todo aquello que tiene que ver con la URSS.

Al salir decidimos meternos por propia iniciativa en uno de los barracones cercanos a la entrada, existe una pequeña sala de cine totalmente desierta donde se emite una película ininterrumpidamente y una pequeña exposición del periodo oscuro —como ellos dicen— de la Hungría ocupada. Desde la puerta desvencijada de este lugar contemplamos los pies de la única estatua de Stalin que no consiguieron hacer desaparecer durante la revuelta del 56: quedan sus botas militares. Allí bajo hay otro búnker sin señalizar. El único cartel no descolorido de todo el parque te avisa que meterte allí es bajo tu propia decisión, que no pueden asegurarte que salgas ileso. La humedad y el suelo encharcado son fieles compañeros de bustos de mármol de los líderes más famosos del comunismo. Descansan sobre una base irregular de palets. De vuelta al cielo encapotado a mano izquierda quedan todavía más estatuas envueltas en bolsas de basura desperdigadas sobre el barro de la parte trasera de otro barracón cerrado al público.

Deshacemos camino por la carretera. Me giro para echar un último vistazo a la entrada del Memento Park y las botas de piedra de Stalin. El anuncio de un negocio de jardinería ocupa gran parte del vallado de la zona, claramente más grande que el propio cartel del parque.

domingo, 12 de enero de 2020

Cóctel Molotov a la RAE

Escribo la mayor parte del tiempo de cabeza. Hilo historias mientras las manos están ausentes en tareas como fregar o tender. No imagino la escena sino las palabras, por eso digo que escribo y no imagino. Escribir es menos íntimo que imaginar pero a mi parecer tiene esa connotación personal, casi imperceptible, de la elección de las palabras para describir una misma escena.

No sé si tú que me estás leyendo ahora mismo has acudido en alguna ocasión a un curso, taller o lo-que-sea de escritura. Creo que uno de los ejercicios de primero de tallerista es coger una noticia del periódico y reescribirla. Partimos de un texto objetivo, si es que aceptamos la premisa de que se puede serlo al escribir, y cada uno la interpreta a su manera. Leer tu escrito es además doblemente interpretable dependiendo de tu juego con la voz, ritmo y tono. Aquí podríamos hablar de que un texto en la garganta de dos personas puede ser radicalmente distinto. Nuestro vocabulario dice más de nosotras que los zapatos que calzamos. Puede ser un acto subversivo cuestionarlo, malutilizarlo o reinventarlo.

Las alteraciones del lenguaje son comunes en gran parte de los trastornos mentales donde hay una perturbación del yo. Las personas con esquizofrenia pueden presentar un fenómeno de neologismo; algunos bastante sugerentes como la unión de dos términos en una sola palabra o conceptos nuevos que experimentan vía sensorial o emocional y necesitan nombrar. Tenemos en mente las típicas pinturas de artistas clasificados como enfermos mentales pero no traemos a la memoria los garabatos de alguien que sufre esta afección ni cómo es su discurso. Quienes hemos estado en contacto con personas que padecen algún trastorno de este tipo muchas veces captamos que X persona lo sufre, sin conocer previamente su diagnóstico, solamente al leer qué y cómo escribe.

El lenguaje nos define, es un distintivo frente a desconocidos. Desde la utilización del plural mayestático hasta las coletillas de nano, acho o illo y sus respectivos acentos, el lenguaje y más concretamente nuestro vocabulario informa de nuestra clase social o procedencia. Desde pequeñas intentan moldearnos para caber todas en un registro estándar demasiado aséptico y aburrido. La corrección no solo la recibimos de parte del profesorado sino que es una constante en cualquier situación de tu vida. Puede que estés a punto de de entrar a tu primera intervención quirúrgica, estés acojonada hasta la médula y mientras te están pinchando la anestesia raquídea digas que tienes náuseas y si pueden darte “pimperan” y pese a que se te ha entendido perfectamente, alguno tenga la necesidad de decir “primperan” para corregirte.

No entiendo por qué infringir una norma tan tonta como la manera estándar de hablar o escribir moleste tanto que tan pocas veces se cuestione que el hecho de hacerlo sea tan llamativo que enseguida detectemos que hay algo “mal” o “raro” en esa persona. La corrección de la manera de hablar de alguien me suele parecer bastante maleducado si no es en un entorno puramente académico y en relación con el léxico en sí mismo. El acto de decirle a alguien al que perfectamente has entendido que tal palabra se dice de esta manera y no como ha dicho ella no tiene un fin didáctico. Al hacerlo marcas un distanciamiento invisible, subes un escalón para mirar con soberbia y señalar que es menos inteligente que tú. Esto se pone de manifiesto cuando alguien para contrargumentar algo cae casi en el insulto personal al señalar faltar ortográficas y errores del discurso de otra persona.

La RAE y Fundéu son figuras casi opresoras del lenguaje. Pese a que su función es recoger y plasmar el uso del castellano, que como cualquier otra lengua viva está en constante cambio y adaptación, a veces parecen jueces de lo que está bien y está mal. Pongo de ejemplo cuando se posicionaron en contra de la «e» para hablar de alguien de género no binario, hacer distinción de géneros cuando hablamos en plural (diputados y diputadas en lugar de solamente «diputados») o la x para hablar en un género neutro (niñxs en lugar de niños). La posición política detrás del uso del vocabulario está ahí, ya lo nombraron en cientos de distopías como 1984 de George Orwell y lo siguen discutiendo filósofas, psicólogas… ¿Pensamos como hablamos o hablamos como pensamos?

Volviendo al campo personal, a mí me encantan esas pequeñas subversiones del lenguaje que suelen contar mucho más que su sinónimo dentro de la norma. El otro día en urgencias vinieron dos mujeres a consulta porque una de ellas tenía hipermenorrea y dismenorrea. En lenguaje médico es tremendamente aburrido y frío pero ella me lo contó como «tengo un dolor muy fuerte y tiro cuajarones enormes». Enseguida mi compañero le quiso corregir con «coágulos» a pesar de que «cuajarón» está aceptado. Además, cuajarón hace referencia al «cuajo» y al verbo «cuajar», siendo mucho más visual ese proceso por el cual un líquido se convierte en sólido pero queda de aspecto baboso.

Comunicarse es más que utilizar las palabras correctas. De hecho, puede que utilizando los vocablos más específicos para afirmar algo —y posiblemente caer en ese elitismo pedante que huele que apesta— no cumplamos el fin último por el que hablamos: que el receptor te entienda. Da igual que pronuncies una palabra mal, que tu gramática no sea perfecta; si se te entiende ¿qué más da?, ¿qué necesidad hay de corregir a nadie?

Escribo esto después de haber redactado mentalmente todo lo que quería decir, de visualizar una botella de vidrio llena de gasolina con la mecha prendida estallando contra la sede de la RAE.

lunes, 28 de octubre de 2019

Una banda de chicas

Quiero montar una banda de chicas
ser la más punk
las cuerdas de nylon llenas de sangre
beber tercios en el impasse de cada canción

Quiero maquillarnos con smokey fantasía
labios burgundy
hacernos camisetas con el logo del grupo
pegatinas en la caja de la guitarra

Quiero escribir sobre el desamor en inglés
estribillos tontos
nos pagarán hoteles frente a la playa
acabaremos la noche en casa de algún random

¿Qué nombre usaríamos, quién será la frontwoman?
¿Nuestro gran featuring?
¿Primera entrevista?
Hola, buenos días, somos una banda de chicas
y pese a ser chicas, no tocamos solo para chicas
aunque sí hacemos música de chicas

Nos llamarán para festivales por aquello de la cuota
pero los cabezas siempre serán los chicos
nos quejaremos en directo y no querrán invitarnos más
hasta que volvamos con un hit del que nos cansaremos


¡Tocad «Misery in the dressing room»!



Al final del bolo tipos calvos nos darán clases gratuitas de música
Menuda chapa, solo quieren oírse a ellos mismos
huirán rápido al saber que nos van las chicas 
comentarán en sus webs y foros sobre quién la más guapa, buenorra, simpática
UFF yo melasfo pero menudo par de lesbianas

Seremos una banda de chicas
hasta que alguna nos deje porque su madre está enferma,
necesita prepararse esa oposición o dar a luz a una pequeña bestia
ya no podremos montar esa gira, dormir en la furgo,
ensayar en un bajo alquilado

Yo estuve en una banda de chicas
era súper punk
callos en los dedos de rasgar las cuerdas
me metía eme y xanax antes de encenderse los focos


lunes, 23 de septiembre de 2019

Prácticas en la sala de pediatría

mira cariño donde señala mi mano
quiero ver cómo respiras cómo
tus pequeños músculos se marcan cómo
la boquita se te pone azulada
no llores pequeña no puedo escuchar
los silbiditos aéreos
el lloro hecho cápsula
tienes los ojos acomillados
de tanto apretar el ceño
ningún cuerpo tan diminuto
debería almacenar Enfermedad
sollozas porque la aguja se ha hecho tu amiga
y no entiendes qué has hecho
para estar castigada tantos días
anclada a un gotero
unas gafas nasales
que no dejan de ahogarte




domingo, 1 de septiembre de 2019

Jamás he parido pero nací siendo madre



Jamás he parido pero nací siendo madre

Nadie me enseñó a alimentar a una cría y aún así las acuné hasta calmar el hambre

En mi pecho no se forma calostro pero es cobijo de cada ser indefenso, maltratado y abandonado

Fui el Sol al que siguen los tallos, creciendo altos y robustos, hasta terminar en hoja

He acogido en la madriguera a todos los niños perdidos, regándolos, curándolos

He mojado el pulgar para borrar la mancha

cepillar el pelo

cortar la hemorragia

quedándome sin saliva en cada beso que acontece la despedida

Lloré cuando silenciosos se marcharon

y con mis manos todavía temblorosas

cavé sus tumbas

limpié sus nichos




Podrán decir de mí muchas cosas pero jamás que no los cuidé lo mejor que supe

Siempre repartí la mejor parte entre ellos

alimentándome yo de migas

y como buena nodriza

traté a todos mis hijos por igual

martes, 30 de julio de 2019

Sobre coños, menstruación, aborto y demás parafernalia ginecológica

Recuerdo la primera vez que menstrué. No sabía que había sangre en mis bragas, solo noté un líquido denso, pegajoso y asqueroso que no sabía de dónde aparecía. Una escucha historias de viejas de trapos manchados de sangre roja, fresca, líquida y no imagina que la menarquia es una pasta marrón, más parecida al vómito o a esa palabra que todos sabemos pero no queremos nombrar que a la sangre. Volví a manchar un par de meses después, sin saber que menstruaba, solamente teniendo consciencia de que algo no iba bien allí abajo. Avergonzada digo que pasó más tiempo del necesario para por fin confesar a mi madre que creía que me había bajado la regla. La confirmación de la experta y a empezar el ritual de la vergüenza: compresas escondidas como poyos de coca, nada de blanco durante esos días, pánico de mancharte, mancharle a él si algún día me venía mientras estábamos follando.
Desconocí el funcionamiento de mi vulva hasta una charla en cuarto de la ESO, donde me hablaron del clítoris por primera vez. Había intentado masturbarme pero no sabía muy bien qué hacer hasta que en una de esas charlas que ciertos partidos de extrema derechas (perdón, CENTRO-derecha) califican de innecesarias me abrieron los ojos y guiaron metafóricamente mis manos. A los casi dieciséis años conocía cómo poner un condón, sobre la eyaculación masculina o las tropecientas ITS que puedes coger si juegas sin seguir las reglas, pero desconocía cómo masturbarme porque tenía pánico de preguntar a mis amigas. Las chicas no se masturban hasta que una decide contarlo y entre tímidas intervenciones acabamos confesando que nos hemos rozado con almohadas, que nuestros novios solo nos hacen el mete-saca y que andan más perdidos que nosotras. Las RRSS y cumplir años nos salvaron. Todas hablamos de los Satisfyer, de los descuentos en bolas chinas, vibradores, anillos, el secreto de los caramelos Halls negros. Ahora ya no te pones colorada si te preguntan qué te gusta, indicas claramente el qué, cómo y a qué ritmo.
Aun así, aunque el tabú de la regla y la masturbación femenina haya desaparecido en ciertos círculos, no tenemos ni idea de abortos, ciclos menstruales —que no menstruación— y cómo funcionan las pastillas anticonceptivas. Siguen metiéndonos el miedo en el cuerpo, imaginando que ir a abortar es el proceso traumático en el que te meten una aspiradora industrial por la vagina mientras tiemblas del dolor y del shock hemorrágico. ¿Cuántas de nosotras no hemos disfrutado del sexo por el miedo al embarazo? ¿Cuántas hemos oído hablar de las pastillas anticonceptivas como si fueran veneno? ¿Cuántas...? Muchas, todas.
La información es el mejor bálsamo del miedo. Compartamos experiencia, hagamos visible lo molesto, reduzcamos los bulos al absurdo y sobre todo, acompañemos a quien no ha podido recibir una educación sexual digna para que decida libremente y sufra lo mínimo posible.

miércoles, 3 de julio de 2019

Quiero escribir

Apunto pensamientos totalmente intrascendentes en los huecos en blanco que voy encontrando. Necesito hacer de mi existencia algo social y no desperdiciarla en privado, sentir que tengo algo que compartir. Escribo en Twitter que me siento agotada tras otra semana de exámenes, de dormir poquísimo por las peleas de mis gatos acrecentadas por el calor, sobre la impotencia que me causa no tener un sueldo que me permita comprarme unas zapatillas de más de cincuenta euros sin que me tiemblen las manos al copiar el número secreto de la tarjeta. Quiero escribir pero no tengo nada por lo que escribir. He cambiado de casa y de medicación este año y lo más relevante que puedo contar es que la abstinencia de los antidepresivos me provocan náuseas y calambres que descienden hasta las plantas de los pies. También escribí un poemario donde me abrí el tórax para expulsar todo el odio que sentía por mi madre —la real y la imaginada—, lo presenté a un concurso y nunca más me volvieron a contestar. En este tiempo sumo además un intento infructuoso de dejar los ansiolíticos cuando se me acabó la caja de Alprazolam 1mg. A pesar de luchar con medidas de higiene del sueño, meditación, dos sobres de valeriana cada noche o suprimir los máximos estímulos posibles, mi pastillero vuelve a estar lleno.

De vez en cuando pienso en ideas locas sobre relatos basados en hechos reales, cogiendo esas conversaciones en las que soy una oyente infiltrada o los desvaríos de algún profesor hasta las gónadas del resto de compañeros de su departamento. Quiero darles forma, escribir la gran novela española, estar en las listas de las mejores escritoras de mi generación. Pero  siendo sincera, nunca lo hago y acabo vomitando más contenido en la red formando un cardumen de opiniones e insultos anónimos de gente que siempre cree saber más que tú.

Mañana anotaré aquella idea de una niña enviando polvos de talco en un sobre cerrado con destino Congreso de los Diputados, un burdo intento de amenaza terrorista por parte de una adolescente de catorce años. Río con los ojos cerrados imaginando la escena mientras intento conciliar el sueño, evocando el momento exacto donde el sobre es depositado en un buzón y la divertida espera hasta que los centros de análisis y diagnóstico microbiológico determinan que no hay esporas de bacterias potencialmente mortales en los pliegues de la carta.

Los hierros de los brackets se clavan en la mucosa de mi boca mientras aguanto una carcajada. R duerme a mi lado con sus tapones perfectamente encajados en los conductos auditivos. A mí me sobresalen porque tengo las orejas muy pequeñas, así que cualquier ruido se cuela entre el milímetro que queda entre mi piel y la espuma del tapón, impidiendo que caiga en un sueño profundo. Me desespera no poder dormir, escuchar el reloj de cuco de las vecinas dando cada cuarto de hora. Vuelvo a las viejas costumbres y salgo a hurtadillas de la cama de uno cincuenta para engullir una pastilla azulita que me proporcione al menos algo de sueño Delta.

Otra noche la misma sensación de vacío. Posiblemente mañana nunca llegue a anotar nada.

martes, 7 de mayo de 2019

Al intentar despegar los párpados

Al intentar despegar los párpados siento que pesan toneladas. Enraizo mi postura sobre el blanco suelo de gres y los calambrazos descienden hasta cada uno de los dedos. Miro los surcos de mis manos. Soy todavía joven pero la piel comienza a agrietarse, empeorando cada segundo que respiro. Tengo las uñas llenas de marcas verticales como corteza de árbol, cutículas ásperas que nunca retiré. Deseo tener quince años de nuevo. Entonces el mundo era distinto; más grande, infinito, menos hostil.

He soñado contigo, tenía quince años y te tocaba la cara. 

Antes de caer dormida imaginé rozar tus mejillas con la boca abierta, aspirando el olor de la típica colonia que todavía te compraba tu madre. He soñado que volvía a ser inexperta, que temblaba cuando alguien reposaba las manos en mi muslo sabiendo que ascendería hasta el punto de arco que formaban mis piernas. Me maquillaba para enmarcar una mirada furiosa de adolescente con las pupilas tan dilatadas que aseguraran fotografiar todos los colores de la escena.

Miro los surcos de mis manos que hace diez años todavía no existían. Una línea vital dibujada en las palmas que he intentado borrar decenas de veces. Me he oxidado sin oponer resistencia. Nunca más he vuelto a temblar de impaciencia.

viernes, 19 de abril de 2019

dónde está la Poesía

escucho Poesía en sus bocas
y quiero coserlas con gruesas puntadas.
escucho lamentos de aquellos
que jamás lloraron de pobreza.
escucho en su timbre
Plath, Sexton, Pizarnik, Machado, Lorca, Hernández.
no os pertenecen,
nunca fuisteis
Pueblo.

¿dónde está la Poesía
de las que tenemos herida la vida
y en la mano una raja
de trabajar para comer?

¿dónde está la Poesía
de las que nunca tuvimos
un cuarto propio
y escribíamos de oído
para garabatear en los descansos en el baño de la tienda?

¿dónde está la Poesía
de las que crecimos compartiendo libros,
bolígrafos,
cucharas
y cuadernos?

la Poesía no os pertenece,
nunca fue vuestra.

miércoles, 20 de marzo de 2019

Cuestiones banales

Recorro la lista de contactos de Whatsapp observando fotos de perfil y estados de mucha gente con la que no cruzo palabra desde hace años. Paro en la tuya. Clico, un chat se abre. Un mensaje que nunca contesté. Una hora de última conexión que jamás cambiará.
Pienso en ti y en toda la gente que fallece sin avisar. ¿Cuando eres consciente de que vas a morir borras tus redes sociales? Me invade esta cuestión tan tonta que sé que no tiene respuesta. 
Imagino a cientos de usuarios de Facebook e Instagram que fallecieron en la vida real pero en esta, donde somos capaces de entender la infinitud o viajar atrás en el tiempo, todavía existen. ¿Qué diferencia hay entre estar incomunicado y estar muerto? 
En internet siempre seremos inmortales.

domingo, 10 de marzo de 2019

Cada jueves aprieto la mano de mi abuela



Cada jueves aprieto la mano de mi abuela

acaricio sus uñas gruesas mientras cuece el puchero

durante el único momento que no tiembla

me besa en la mejilla y

susurra



Cuando muera enterradme con tu abuelo

meted sus huesos en una caja

colocadlos a mis pies

poned mi nombre

abrazado al suyo



Como última mujer de esta familia

seré yo

quien cada víspera de todos-santos

recuerde a sus hermanas

padres

marido

hijo no-nato

compre jacintos blancos

lave las sábanas donde reposó su cabello

y encienda una vela

por cada persona

que vivió en esta casa



Heredaré las fotos de las tías que nunca conocí

para llorarlas cada aniversario

y en blanco y negro

contaré a mis hijas

la historia de los anillos que visten mis manos



Escribiré las recetas de infancia

que asomada a la encimera aprendí

y aquellos trucos de vieja bruja

para no engrisecer la ropa blanca

y doblar las sábanas bajeras



Adoptaré sus plantas

para que vistan mi fachada

esperando que hablen de ella

que huelan a ella

que me acaricien como ella



Y la beso

como besan las madres a sus hijos

cada mañana al comprobar que siguen respirando



Y espero

como esperan los niños

desconocedores de los tres estados del tiempo

que el próximo jueves

nunca sea el último

miércoles, 27 de febrero de 2019

CRÍTICA CARTEL DEL PS 2019


WE FEM THE FUTURE, DON’T MAKE IT WORSE

El line-up del Primavera Sound 2019 se desvela con un video donde mujeres jóvenes corren por un túnel y junto a las pintadas ya existentes “Ens volem vives”, “Machete al machito”, “La por ha canviat de bàndol”, plasman el lema de este año “THE NEW NORMAL”. El cartel más femenino de la península comparte imágenes de axilas femeninas peludas, pezones sin pixelar y culos bamboleando al ritmo de música latina.

Bajo mi punto de vista, el Primavera Sound ha presentado un cartel muy acertado, con propuestas frescas, variadas y potentes, apostando por primera vez por la paridad real sin olvidarse de los grandes nombres internacionales ni de la escena urbana nacional actual. Ha acogido entre sus filas a los artistas con mejores discos del 2018 según la biblia musical del indie básico a.k.a. Pitchfork: Snail Mail, Rosalía, CupcakKe, Pusha T, SOPHIE, Julia Holter, Christine and the Queens... Su propuesta diaria es ecléctica, dando la oportunidad de elegir una ruta interesante sean cuales sean tus intereses.

Aun así, las críticas no se hicieron esperar vía RRSS por parte de los hombres blancos heterosexuales, los eternamente castigados e infrarrepresentados en los espacios artísticos. Podríamos decir que el autodenominado indie es a la música lo que el “aliado” al feminismo, un pozo de misoginia y clasismo tapizado con supuesta sabiduría. Este falso cascarón de erudición se hizo añicos al conocer que artistas como Cardi B, J Balvin, Carly Rae Jepsen, Robyn, Charlie XCX o Ivy Queen encabezarían el festival. Los defensores de la música más actual, que orgullosos hablaban de la posibilidad de descubrir grupos desconocidos en el Parc del Fórum de Barcelona, ahora caen en el insulto gratuito al percatarse de que su música se ha convertido en la “norma” y que hay muchísima variedad en el panorama actual como para traer todos los años a los mismos grupos y caer en el eterno déjà vu del festival-campo de nabos-guitarritas.

Mi sorpresa se hace mayúscula al leer en los medios que el Primavera Sound no cuenta con grandes “cabezones” como otros festivales españoles. ¿Tener a la ganadora del Grammy al mejor disco de rap del año o que el cuarto artista con más streamings de 2018 cierre el último día de este festival no es una propuesta suficientemente sólida? Los mismos usuarios que piden novedades se quejan porque los nombres confirmados son muy dispares y no cuentan con tantas viejas glorias como antaño.

En conclusión, diría que este cartel se ajusta a lo que 2019 pide: adaptarse a las nuevas formas de entender la música independientemente de si es trap, reggaetón o pop; dar voz a propuestas jóvenes y sobre todo, demostrar que hay mujeres en la música capaces de encabezar un festival de 200.000 asistentes sin que les tiemble el pulso. 

lunes, 18 de febrero de 2019

Si los chavales camelan pegándole un poco a la lejía o camelan pegándole a la mandanga ¡pues déjalos!

No me gusta despedirme ni las palabras inútiles de compromiso que dan a entender que los demás lamentan tu partida:
“Quédate, es una pena que te vayas ya”
“Vas a perderte lo mejor”
“Te echaremos de menos”
Sabía que no era así, que a todos les daba igual que me quedara o me fuera, que estaban tan drogados y concentrados en su propia existencia como para percatarse de la mía. Siempre me escabullía cuando nadie miraba, en un susurro. Cargué mi mochila repleta de ropa sucia de varios días y unas zapatillas llenas de tierra y restos pegajosos de garrafón. Empecé a andar antes de que alguien se diera cuenta de mi desaparición y, cuando ya estaba lo suficientemente lejos como para que nadie me viera, busqué en el Google Maps la estación más cercana. Envié mi ubicación en tiempo real a una amiga, me había acostumbrado a ese tipo de “precaución” cada vez que huía. Al marcharme sola se molestaban porque no avisaba, amenazando con que algún día me pasaría alguna desgracia por no decir nunca adónde me iba ni dónde estaba. En cierto modo tenían razón. Siempre quería desaparecer, pero durante un tiempo y en unas circunstancias muy concretas, volviendo como Lázaro en el plazo de días que me diera la gana.
Notaba la mucosa de la boca totalmente agrietada y herida, fruto de dos días sin beber algo que hidratara o comer algún alimento cocinado en más de cinco minutos. Mientras andaba, paseaba también la lengua por las paredes de mi boca, recorriendo los laberintos formados por las cicatrices de morderme los carillos. No me hizo falta emitir ningún sonido para saber que tendría disfonía la mañana siguiente. La sequedad de la garganta se extendía por todo el cuerpo, mi piel tenía el tacto de la polipiel vieja y mala de un sofá antiguo. Sentía haber envejecido diez años en menos de 48 horas.
El camino hasta la estación era una línea recta, un trayecto sumamente anodino, por lo que no pude evitar prender la mecha de aquella bomba.
Desperdicio mi tiempo con estas cosas y esta gente.
Somos tan aburridos que necesitamos beber hasta rozar el desmayo para sentir un poco de diversión.
No los aguanto cuando van drogados.
Cada paso equivalía a dos frases tajantes e hirientes en mi contra. Mi mente era una cabrona, pero una cabrona muy sincera. Sentenciaba que todas estas salidas eran un pésimo intento de olvidarme de quién era yo y de cómo era el mundo que me rodeaba. Como en un casino, las salas de fiestas no tenían ventanas que dieran al exterior y así, perder la noción del tiempo y del espacio; una caja de Schrödinger donde nada y todo existía mientras estuvieras entre esas cuatro paredes. A diferencia de mis compañeros, yo era demasiado consciente de ello, por lo que me asfixiaba saber que la vida corría fuera de nuestro espacio. Me sentía ridícula. Sentía que perdía mi tiempo en algo que no me gustaba con gente que no me importaba. Necesitaba salir de aquella caja pese a estar segura de que, una vez fuera, solo sería una tía patética, deprimida y llorica. Veía con ojos de ave nocturna aquella penosa escena: gente sudada y encocada bailando a destiempo un ritmo que nadie podría aguantar si todas sus funciones corticales estuvieran intactas; rituales de cortejo cutres para que alguien finja quererte durante un par de horas, veneno neurotóxico que te deje tan inconsciente como para descubrir que toda esa magia era en realidad un truco barato de aficionado.
Cuando aquello ocurría desaparecía sin despedirme porque no quería ser la niña cruel que desvelara al resto de compañeros que los Reyes Magos eran los padres. El peor título que una puede recibir es el de aguafiestas.

Esperé una hora en la estación hasta que el tren llegó. No contesté ningún mensaje. En casa me duché, arrastrando literal y metafóricamente toda la suciedad que cargaba mi cuerpo. Me prometí que no volvería a ser tan estúpida para meterme de nuevo en aquella caja negra, que hoy era domingo y se me perdonaban los pecados. Me hice aquella promesa siendo consciente de que la iba a romper, pero no hacérmela sería aceptar que me convertiría para siempre en un cadáver.

sábado, 16 de febrero de 2019

Estudio básico de la patología

Diagnóstico es el nombre de pila con el que te bautizan a los veinte años.

Lágrimas que te alimentan como si fueras un hongo.

La razón por la que te pones uñas de gel —a pesar de lo que diga C Tangana— y no dejarte cicatrices en el cuerpo.

La necesidad de saltar de un sexto piso porque un cráneo aplastado es más confortable que un cráneo lleno de eco.


Tratamiento es la diferencia entre el estar y el ser enferma. 

Destaparse de la tristeza para cubrirte de la más terrible anodinia.

Las náuseas y la confusión cuando olvidas la pildorita rosa.

Ir cada dos semanas a tu camello con título farmacéutico.





domingo, 10 de febrero de 2019

Siempre bajábamos al sótano del hospital

Siempre bajamos al sótano del hospital para comprar comida en las máquinas expendedoras, son más baratas que en el resto del edificio. Mientras disuelvo el azúcar con mi palito de plástico veo pasar decenas de cadáveres hacia la sala de autopsias. Pego entonces mi primer sorbo al café aguado observando este desfile fúnebre.

Me preguntan qué se siente al estar frente a un muerto como si fuera un estado distinto al de la vida, como si la muerte nos igualara a todos. No hay mentira más dolorosa que esa.

El olor de la sala de anatomía me colocaba como si se tratara de Ayahuasca, hablábamos en susurros para no despertar a los muertos. Mirar a la cara de los cadáveres me provocaba respeto, evitaba posar la mirada en aquellas canicas inertes por si alguno pestañeaba. Un cuerpo sin vida es muy parecido a uno con vida salvo por el apestoso formol que lo embadurna. A las ocho de la mañana entraba con mi bata y mis guantes y todavía somnolienta sobaba cada parte de un cuerpo que desconocía, palpando nervios, tendones y vísceras.

Me preguntan en ocasiones sobre ello, en cómo es convivir con la muerte. Hablo de ella y manos tontas buscan madera para evitar la mala suerte. ¿Es la muerte una cuestión de mala ventura? Cuando eres capaz de acariciar un neonato recién fallecido antes de meterlo en su ataúd minúsculo, la muerte no te da miedo. Es vivir lo que te aterra. 

El gran terror es vivir. Morir es pincharse el dedo con el huso de una rueca con la seguridad de que ningún príncipe desconsiderado aparezca. Por tanto, aprendí con ojos brillantes como circonitas los fármacos que podría escoger para acabar con mi vida de una forma indolora y apacible. Sin saltos al vacío. Sin desgarros de arterias. Sin ahorcamientos torpes desde la barra de una bañera.

No pude decidir sobre mi llegada, dejadme al menos escoger mi no-existencia.



jueves, 24 de enero de 2019

Grita afónica la herida

Grita afónica la herida
en el muslo que apoyo sobre otro muslo
queja silenciosa
ya no la oigo
arde la sangre
para ahogar esta voz

No estoy orgullosa de las hijas que he parido
pero nadie sabe lo que duele
cargar con esta piel
ellas me ayudan
mientras dura la vergüenza
—lo que tarda en desaparecer la cicatriz—
algunas se despiden
otras me acompañan toda la vida

Grita afónica la herida
que entre mis dedos estrangulo
no quiero que nadie la escuche
solo dice cosas horribles
así que secciono su aorta
para que desangre en segundos
brillantes palabras
manchan la carne

No hay nada más monstruoso
que una herida malcurada
los puntos ya no la cierran
sobresale la pus
por eso
para olvidarme de ella
rajo otras heridas
de bordes perfectos
de vidas cortas
que no derraman
perlas infectas